Cine en serie: "La orquesta", o cuando la música perfecta depende de gente bastante imperfecta

Cine en serie: "La orquesta", o cuando la música perfecta depende de gente bastante imperfecta

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Querido Teo:

Hay una broma de fondo en "La orquesta" que funciona porque contiene bastante verdad: cuanto más sublime es lo que suena en un auditorio, más mezquino puede ser lo que ocurre en sus pasillos. Federico Fellini ya lo señaló con su estruendosa imaginación en "Ensayo de orquesta" (1978), aquella película en la que los músicos convierten un ensayo en una sucesión de quejas, enfrentamientos y rebeliones. La música promete armonía; quienes deben producirla llevan consigo todo el desorden de la condición humana.

La segunda temporada de esta comedia nórdica regresa precisamente a ese territorio donde la música clásica se escucha como una promesa de perfección y la vida laboral aparece como una partitura llena de tachones. Nos reímos, sí, pero lo hacemos con esa risa que reconoce algo próximo: todos hemos conocido lugares de trabajo donde la excelencia convive con la vanidad, la inseguridad, el resentimiento y el miedo a perder el puesto.

El centro de la historia vuelve a estar ocupado por Bo, el segundo clarinetista, un hombre de talento, resentimiento y fragilidad encapsulada en mala educación; Jeppe, el directivo que intenta mantener en pie la institución mientras su vida personal se llena de desafinaciones; Simon, el primer clarinete, que combina encanto, solvencia profesional y una capacidad casi involuntaria para convertirse en rival; y Gertrud, una figura de mando que administra la presión y la culpa con una naturalidad casi burocrática. Frederik Cilius Jørgensen, Rasmus Bruun, Caspar Phillipson y Lise Baastrup los interpretan sin preocuparse demasiado por hacerlos simpáticos. Lo importante no es que nos gusten, sino que reconozcamos en ellos comportamientos que hemos visto muchas veces, aunque no llevasen un clarinete entre las manos.

La segunda temporada comienza después de un salto narrativo de dieciséis meses. Jeppe está divorciado, Regitze vive con Simon, Bo continúa obsesionado con ascender en la jerarquía musical, la orquesta arrastra dificultades económicas y el Ministerio de Cultura se presenta como esa respiración administrativa en la nuca que cualquier gestor cultural conoce demasiado bien.

Hay recortes, encuestas sobre bienestar laboral, músicos enfadados y una creciente presión institucional. La comedia surge del choque entre un arte que exige disciplina colectiva y unos personajes incapaces de mantener una conversación sin convertirla en una competición.

Visto desde fuera, una orquesta parece un solo organismo. Las entradas se producen a tiempo, las cuerdas respiran juntas y decenas de músicos obedecen una arquitectura común. Vista desde dentro, la serie nos la presenta como una comunidad formada por castas, susceptibilidades, expedientes personales, viejas enemistades y egos que se afinan bastante peor que los instrumentos.

Simon Rattle, una de las figuras más reconocibles de la dirección orquestal contemporánea, ha explicado esa extraña combinación de autoridad y convivencia mediante una comparación muy poco solemne. Para él, ser director se parece a "ser la persona que siempre pide la comida por todos en un restaurante chino". La frase es divertida, pero contiene una verdad importante: alguien debe decidir por el grupo, aunque las decisiones afecten a personas con gustos, temperamentos y opiniones diferentes.

Rattle reconoce también que el viejo modelo dictatorial ya no resulta aceptable, pero advierte de que una orquesta tampoco puede funcionar como una democracia absoluta. Esa tensión entre mando, negociación y obediencia es justamente una de las principales fuentes cómicas de "La orquesta".

La serie se mueve entre salas de ensayo, despachos, camerinos y pasillos del DR Koncerthuset. Hay rostros tensos antes de tocar, conversaciones interrumpidas, cuerpos que entran y salen de una autoridad que nunca parece completamente estable. La solemnidad del auditorio se alterna con la pequeñez de los conflictos. Esa distancia constituye el chiste esencial. La música puede elevarse, pero la conducta humana se arrastra a veces por el suelo.

Las dificultades de producción de una serie así también resultan evidentes. No basta con colocar a unos personajes delante de atriles y esperar que el espectador acepte la ilusión. Los instrumentos, los movimientos, los ensayos y las jerarquías deben poseer suficiente credibilidad.

Pero la segunda temporada tiene además que ampliar ese mundo sin limitarse a repetir la fórmula inicial. Por eso aumenta el peso de los problemas económicos, familiares e institucionales. Ya no se trata únicamente de saber quién ocupará una silla o tocará un solo, sino de preguntarse si la propia orquesta tiene futuro y qué está dispuesto a sacrificar cada personaje para conservar su lugar.

Las localizaciones sostienen buena parte del efecto. El rodaje en los espacios del DR Koncerthuset, la sede musical de la radiotelevisión pública danesa, proporciona una textura difícil de fabricar en un estudio. Los auditorios, las zonas de ensayo y los pasillos administrativos permiten que la comedia circule continuamente entre lo ceremonial y lo vulgar.

En una escena encontramos la madera, las butacas, la luz del escenario y la posición casi religiosa del director; en la siguiente, la conversación desciende al salario, al puesto, a la comida de la cantina o a la forma en que alguien se ha instalado emocionalmente en la familia de otro. Cada puerta parece conducir directamente de Mahler a Recursos Humanos.

El compositor y antiguo viola de la Filarmónica de Berlín Brett Dean ha descrito con enorme claridad esa diferencia entre lo que sucede durante la interpretación y lo que espera fuera del escenario. Al recordar sus primeros años en la orquesta, afirmó: "Cuando tocábamos existía una gran libertad emocional, pero entre bastidores todo era mucho más formal". Es difícil encontrar una frase que resuma mejor el mecanismo de la serie. En el escenario, los músicos pueden liberar emociones de una intensidad extraordinaria; fuera de él reaparecen las normas, las jerarquías, las distancias personales, las bromas privadas y las tensiones acumuladas.

Dean recordaba incluso a compañeros que todavía acudían a trabajar con traje y corbata, mientras su manera australiana, mucho más informal, parecía desconcertarlos. La orquesta producía libertad sonora a través de una estructura humana llena de códigos.

La música de "La orquesta" no es un simple adorno. El compositor acreditado es Nicklas Schmidt, y toda la serie trabaja con una idea clara: cuanto más perfecto parece el resultado artístico, más visibles se vuelven las grietas de quienes lo producen. Una sinfónica exige escuchar a los demás, entrar en el momento preciso, obedecer una estructura y ceder una parte del yo al conjunto. Bo, Jeppe, Simon y Gertrud viven justamente en la tensión contraria: cada uno quiere imponer su propio ritmo.

La comedia no se limita, por tanto, a burlarse de los músicos, sino que emplea el lenguaje musical como metáfora laboral. Hay primeras y segundas sillas, solos deseados, silencios estratégicos, entradas mal calculadas y personas que interpretan como una humillación cualquier indicación procedente de arriba. Todo puesto visible implica otro menos visible; todo ascenso produce un desplazado; toda felicitación pública puede esconder una negociación desagradable.

La serie acierta además al recordarnos que la música clásica no flota en una nube ajena al dinero, la política cultural, las bajas laborales, la captación de nuevos públicos o los conflictos de poder. Las orquestas profesionales son instituciones complejas, sometidas a presupuestos, auditorías, convenios, decisiones políticas y luchas por la supervivencia. La belleza que ofrecen al público no elimina esas condiciones materiales; simplemente consigue que, durante el concierto, dejemos de percibirlas.

El compositor británico Mark-Anthony Turnage, acostumbrado a trabajar con grandes formaciones orquestales y corales, reconoció con franqueza el temor que puede producir enfrentarse a tantos músicos: "Da miedo porque estás trabajando con ochenta personas". Después recurrió a una estadística deliberadamente aproximada: una parte del grupo te apreciará, otra permanecerá indiferente y otra no te soportará. Su conclusión era que antes de obtener un resultado artístico hay que "construir la confianza". La imagen destruye cualquier fantasía romántica: detrás de una interpretación no hay una masa de artistas pensando y sintiendo al unísono, sino decenas de individuos que deben aprender a colaborar pese a sus recelos, resistencias y antipatías.

Ese es precisamente el territorio de "La orquesta". La serie exagera para provocar la risa, pero parte de mecanismos reconocibles: el músico que se considera infravalorado, el compañero que interpreta cualquier éxito ajeno como una amenaza, el responsable que habla de bienestar mientras prepara un recorte y la institución que presume de excelencia mientras quienes trabajan en ella se sienten agotados o ignorados.

También hay algo especialmente acertado en la elección del clarinete como centro de muchas de estas disputas. No se trata del instrumento que el espectador menos familiarizado identifica primero al mirar una orquesta, pero su posición puede resultar decisiva.

Bo vive su condición de segundo clarinete como si fuera una categoría existencial. No desea solamente tocar mejor: necesita que los demás reconozcan que merece ocupar otro lugar. El puesto se convierte así en identidad, y cualquier decisión artística adquiere para él la dimensión de un juicio moral.

La productora presentó internacionalmente la serie como una comedia laboral situada en un escenario secreto e intrigante: el mundo que se oculta detrás de una orquesta. La definición es acertada porque el atractivo no reside solo en descubrir cómo funciona una institución sinfónica, sino en comprobar hasta qué punto se parece a cualquier oficina. Cambian los uniformes, los horarios y las herramientas de trabajo, pero permanecen la lucha por el reconocimiento, la rivalidad, el cansancio, el temor al jefe y la incómoda certeza de que otro podría ocupar mañana nuestra silla.

Mikkel Munch-Fals evita embellecer a sus personajes. Los deja ser incorrectos, desagradables, torpes, egoístas y, en determinados momentos, inesperadamente vulnerables. Esa falta de pulimento es esencial. La serie acepta que la cultura elevada también la producen personas contradictorias, necesitadas de afecto y capaces tanto de ternura como de crueldad. No hay ninguna razón para que alguien se convierta en mejor persona por interpretar a Brahms, del mismo modo que trabajar en un museo no garantiza sensibilidad y hacerlo en un hospital no asegura compasión.

La segunda temporada aprovecha la escasez de dinero, la recomposición de las familias y la renovada lucha por los puestos para afinar su mejor instrumento: la observación del comportamiento humano. Nos reímos de unos daneses con clarinetes, pero reconocemos las reuniones inútiles, los eufemismos administrativos, las alianzas temporales y la dificultad de separar la vida profesional de la personal.

Al final salimos de "La orquesta" con una sensación curiosa. La música continúa siendo el refugio, pero ya no podemos escucharla como si naciera sola. Detrás hay cuerpos, cansancio, horas de ensayo, deseo de reconocimiento, despachos, presupuestos, celos, bromas, humillaciones y miedo. La perfección que recibe el público es el resultado momentáneo de toda esa imperfección.

Y quizá por eso la serie nos hace tanta gracia. Porque cuando todo suena bien, alguien ha tenido que tragarse antes una nota falsa.

Vídeo

"La orquesta" puede verse en España en Filmin

Carlos López-Tapia

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