Cine en serie: "Dark winds", o el último aliento de Robert Redford

Cine en serie: "Dark winds", o el último aliento de Robert Redford

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Querido Teo:

El reciente estreno de la cuarta temporada de esta serie cierra su primer capítulo con una frase: "Dedicado a Robert Redford". En las tres primeras temporadas Redford estuvo presente, en la cuarta había muerto. Hay finales que parecen escritos por un guionista con demasiado gusto por el símbolo. Robert Redford, que había sido el muchacho dorado de "Dos hombres y un destino", el periodista de "Todos los hombres del presidente", el director de "Gente corriente" y el fundador de Sundance, terminó dejando una de sus últimas huellas en una celda de "Dark winds", sentado ante un tablero de ajedrez junto a George R.R. Martin. "¿Pero no es ese Robert Redford?", te sale en voz alta, porque la escena dura poco, casi un suspiro, pero funciona como una firma. El hombre que había peleado durante décadas para que el cine mirara hacia historias y personas apartadas, se despide en una serie donde los policías navajos son el paisaje humano y el centro moral de la historia.

El camino hasta "Dark winds" fue largo desde el principio, porque esta serie no nace de una moda ni de una reunión de despacho iluminada por el éxito de "Yellowstone" (2018-2024). Redford compró los derechos de las novelas de Tony Hillerman en 1986, cuando la televisión todavía estaba lejos de atreverse con una ficción criminal ambiciosa sostenida por personajes nativos.

Hillerman publicó dieciocho novelas sobre Joe Leaphorn y Jim Chee, dos agentes de la Policía Tribal Navajo que investigan crímenes en el territorio de las Cuatro Esquinas. Su hija Anne Hillerman continuó después la saga. En España, el primer libro de ese universo se publicó con el título "Vendaval de tinieblas". Redford intentó llevar aquel mundo a la pantalla varias veces, pero la versión que cuajó fue ésta, cuando el formato de serie permitió respirar al paisaje, a la investigación y a la vida cotidiana.

George R.R. Martin, para el gran público el padre de "Juego de tronos" (2011-2019), contó que en 2015 Redford y el director Chris Eyre le invitaron a sumarse a aquel viejo proyecto. Martin vive en Nuevo México y no era aquí un simple nombre de cartel. Su relación con el territorio, su amistad con Redford y su peso dentro de la industria ayudaron a empujar una serie que necesitaba algo más que buenas intenciones.

El creador fue Graham Roland, guionista de "Jack Ryan" (2018-2023) y "Fringe" (2008-2013), de origen chickasaw, y el piloto quedó en manos de Eyre, director de "Señales de humo" (1998), una película clave del cine nativo contemporáneo. Ese triángulo explica mucho. Redford aportaba fiabilidad. Martin aportaba poder de convocatoria. Roland y Eyre aportaban el punto de vista necesario para que aquello no sonara a museo ni a postal.

Redford resumió su intención con una frase sencilla y decisiva: "Era importante que la narración honrara el material". Después añadió que la autenticidad era clave. La frase no es una coartada. En "Dark winds" se nota que el respeto no consiste en congelar la cultura navaja en una vitrina, sino en permitir que la serie tenga pulso de thriller, humor seco, duelo íntimo, tensión espiritual y contradicciones.

Kiowa Gordon, al que muchos reconocerán por la saga "Crepúsculo" (2008-2012), lo expresó de otro modo al recordar que durante décadas otros interpretaban esos papeles: "Eran tipos italianos interpretándonos". Zahn McClarnon, rostro conocido por "Fargo", "Westworld" y "Reservation dogs", afinó todavía más la idea al definir la inversión simbólica: "Esta vez eran indígenas interpretando a indígenas".

La relación de Redford con los nativos americanos venía de lejos. Sundance no fue solo el festival que ayudó a lanzar el cine independiente moderno, sino también una plataforma que desde los años noventa abrió programas para cineastas nativos e indígenas. Aquel apoyo permitió que directores y creadores que no tenían fácil entrada en Hollywood encontraran laboratorios, becas, interlocución y visibilidad.

Por eso "Dark winds" se entiende mejor si se mira como una continuación de esa línea. No es el capricho final de una estrella. Es una pieza más en la misma obsesión de Redford por mover el foco hacia historias que Hollywood había dejado en los márgenes.

La dificultad de producción empezó por lo más delicado. ¿Cómo convertir unas novelas escritas por un autor no nativo en una serie que no pareciera apropiarse de una cultura que la televisión casi siempre había reducido a tópicos? La respuesta fue una sala de guionistas con presencia nativa, producción ejecutiva de McClarnon, asesoría cultural y voluntad expresa de corregir errores.

Chris Eyre reconoció, tras críticas de espectadores nativos diné sobre pronunciación y detalles culturales, que si había que rectificar lo harían. Lo dijo con una humildad poco frecuente: "De ninguna manera decimos que seamos perfectos". Esa frase vale más que muchas declaraciones solemnes, porque asume que la autenticidad no es un certificado que se cuelga en la pared, sino un proceso.

Las localizaciones ayudan a que la serie respire. La acción transcurre en la Nación Navajo de los años setenta, cerca de Monument Valley, y el rodaje se apoyó en Nuevo México, con Estudios y tierras tribales próximas. En la primera temporada, las restricciones por la pandemia obligaron a concentrar buena parte del trabajo en Camel Rock Studios, considerado el primer Estudio de cine y televisión propiedad de nativos americanos.

Ese dato parece técnico, pero no lo es del todo. La serie necesitaba amplitud visual y control sanitario al mismo tiempo, y encontró una solución que mantenía el vínculo con el territorio sin convertirlo en un decorado intercambiable.

La música trabaja de manera parecida. No empuja la emoción como si estuviera vendiendo una postal del sudoeste, sino que acompaña el "noir" con percusiones discretas, texturas de época y silencios bien administrados. La partitura, firmada por Kevin Kiner, conocido por su trabajo en el universo "Star Wars", entiende que el misterio de "Dark winds" no vive solo en el crimen. Vive en el viento, en el motor de un coche, en una radio encendida, en una casa donde alguien calla demasiado. Los espectadores entramos en un western negro, pero también en una memoria comunitaria donde cada ruido parece traer una vieja deuda.

La realidad y la ficción se rozan sin confundirse. Leaphorn, Chee y Bernadette Manuelito son personajes nacidos de la literatura de Hillerman, y la serie adapta tramas de sus novelas con libertad dramática. La Policía Tribal Navajo existe, la historia de la asimilación forzada y los internados indígenas pesa de verdad, y las tensiones con el FBI, los intereses mineros o el crimen organizado dialogan con realidades históricas del suroeste estadounidense.

Pero "Dark winds" no es un documental. Es una ficción criminal que usa el caso de cada temporada para mirar una herida mayor. Ahí está su acierto. Nos invita a seguir la pista de un asesinato y acabamos preguntándonos quién tiene derecho a contar una historia, quién paga el precio de una frontera y quién decide qué significa justicia.

Por eso el último aliento de Redford en "Dark winds" no suena a despedida melancólica, sino a relevo. En su cameo, al lado de Martin, el actor parece cerrar una puerta pequeña y abrir otra más grande. Su nombre ayudó a que el proyecto existiera, pero la serie no vive de su sombra. Vive de sus protagonistas, de sus directores, de sus guionistas y de un equipo que entiende que la representación no se proclama, se trabaja.

Cuando el viento oscuro cruza la pantalla, no trae solo polvo y amenaza. Trae una pregunta que Redford llevaba media vida formulando con películas, festivales y laboratorios. ¿Qué ocurre cuando quienes fueron mirados desde fuera se ponen tras la cámara, la palabra y en el centro del plano?

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"Dark winds" puede verse en España en AMC España

Carlos López-Tapia

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