Cine en serie: "The capture", o cuando hasta una cámara en directo también puede mentir

Cine en serie: "The capture", o cuando hasta una cámara en directo también puede mentir

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Querido Teo:

Una escena en los primeros minutos del primer capítulo de la primera temporada resume el veneno de "The capture" mejor que cualquier sinopsis. Un hombre aparece en una grabación de una de las miles de cámaras urbanas de vigilancia de Londres, haciendo algo. La imagen parece limpia, el encuadre parece neutro, el sistema parece impersonal y la prueba parece definitiva. Ahí empieza la trampa. Nosotros, que hemos aprendido a desconfiar de los políticos, de los periódicos, de las redes y hasta de los recuerdos propios, seguimos teniendo un rincón de fe reservado para la imagen grabada. Si una cámara lo vio, algo habrá ocurrido. No en vano la lente de las primeras cámaras recibieron el nombre de objetivo hace casi dos siglos.

Esta serie inglesa creada por Ben Chanan mete el dedo en esa costumbre mental y la retuerce con inteligencia. Lo inquietante de "The capture" no está solo en sus conspiraciones, sino en algo más doméstico: en la posibilidad de que nuestro último refugio de certeza no solo sea manipulable, sino que pueda llegar a ser indistinguible.

La primera temporada parte de Shaun Emery, soldado británico que sale de prisión después de que se anule una condena por un crimen de guerra en Afganistán, precisamente por problemas con una prueba de vídeo. Al poco tiempo, otra grabación urbana parece incriminarle en la agresión y desaparición de su abogada. Entra entonces Rachel Carey, policía que ha ascendido muy deprisa para su edad, interpretada por Holliday Grainger, muy reconocible para el público por "The stolen girl" (2025), donde encarna a Robin Ellacott, y por "Los Borgia" (2011-2013).

La investigación empieza como un caso cerrado por las cámaras y se convierte en una bajada al sótano de la verdad oficial. La serie tiene aspecto de thriller policial, pero sobrevuela una pregunta sobre el poder: quién controla lo que vemos, quién decide qué imagen se archiva y quién puede convertir una mentira en prueba judicial.

Ben Chanan venía del documental, y eso hace que no muestre la paranoia como unos nuevos fuegos artificiales sorprendentes, sino como una prolongación creíble de sistemas que ya existen. En una entrevista reciente, al hablar del avance de la inteligencia artificial y de las falsificaciones, dijo: "The capture está más anclada en la realidad de lo que yo pretendía". Añadía que consume muchas noticias y que los asuntos de actualidad entran en la serie de forma natural, porque "la desinformación y las falsedades parecen más frecuentes en cada temporada".

Traducido al lenguaje de los espectadores que la seguimos desde el sofá: la serie nació como advertencia de una posibilidad y ha ido transformándose casi en crónica certera. La primera entrega examinaba el sistema judicial británico y su dependencia creciente del vídeo; la segunda se desplazaba hacia la política, la televisión y los algoritmos; la tercera lleva el problema hacia la seguridad nacional, la guerra asistida por inteligencia artificial y la obediencia ciega a sistemas capaces de calcular más deprisa que los humanos, aunque sin conciencia humana.

El reparto sostiene ese salto de escala porque "The capture" no se apoya solo en pantallas. Holliday Grainger compone a Rachel Carey como una mujer que no necesita caer simpática para resultar interesante. En guion literario se describe así: gabardina oscura, rostro atento, mandíbula marcada, mirada activa, siempre colocada entre la obediencia y la sospecha.

Al lado, Lia Williams, actriz de teatro con larga carrera y recordada por "The crown" (2016-2022), donde interpretó a Wallis Simpson, da a Gemma Garland una mezcla muy británica de educación, amenaza y cinismo administrativo. Ben Miles, visto en "The crown" (2016-2022), interpreta a Danny Hart con ese aire de funcionario que parece conocer todos los pasillos y algunas puertas sin identificación.

En la segunda temporada entra Paapa Essiedu, extraordinario en "Podría destruirte" (2020) y "Gangs of London" (2020-2022), como Isaac Turner, político convertido en víctima de una manipulación pública que no le roba solo la imagen, sino la posibilidad de ser creído cuando se defiende.

La producción tuvo dificultades muy concretas y algunas explican su fuerza visual. La segunda temporada fue un rodaje casi entero en localizaciones, con solo cinco o seis días de estudio y el resto repartido por Londres. Tenían preparada una localización importante pero pocos días antes de grabar, la presencia de piquetes de Extinction Rebellion, el movimiento social e internacional que utiliza la acción directa no violenta y la desobediencia civil para protestar contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad bloqueando calles, accesos o infraestructuras, les obligó a mover la escena sobre la marcha.

Esa clase de accidente encaja con una serie que vive de la ciudad como organismo vivo. Además, la fabricación del mundo de vigilancia exigió una precisión poco vistosa y muy laboriosa. Se reunieron cientos de horas de material filmado desde azoteas londinenses a distintas horas del día y de la noche para alimentar pantallas dentro del rodaje. "Intentamos reproducirlo todo en directo, para poder filmarlo con las cámaras", explicó. El equipo de efectos degradó imágenes de alta resolución para que parecieran cámaras de seguridad, con marcas de tiempo, textura pobre, color apagado y esa suciedad visual que asociamos a la prueba objetiva. En realidad, hasta la prueba objetiva tiene dirección artística.

Las localizaciones funcionan como una cartografía del poder. Londres aparece en Sutton, Southwark, Holborn, Stratford, Tate Modern, The Shard, Whitehall, Broadcasting House, Piccadilly Circus, ExceL London y los alrededores del Parlamento. En la segunda temporada, una secuencia situada en Georgia se rodó en parte en Zagreb, Croacia. En la tercera, según la información de producción difundida en Reino Unido, la serie se expande hacia espacios de Londres como Paddington, King’s Cross, Strand y el Queen Elizabeth II Centre, y también hacia Kent y la costa del sudeste.

El Londres de "The capture" no es una postal turística, tenía que ser un mapa de fachadas de cristal, vestíbulos con lectores de seguridad, calles donde los semáforos parecen ojos, salas de control con muros de pantallas, oficinas donde la luz azul de los monitores supera a la de las lámparas. Londres se convierte en un cerebro lleno de cámaras, pero también en un cuerpo con puntos ciegos.

La distancia entre realidad y ficción es menor de lo que podamos suponer. "The capture" inventa un programa llamado Corrección, capaz de alterar señales de vídeo y fabricar pruebas o coartadas, pero la manipulación audiovisual ya no pertenece a la ciencia ficción. Los "deepfakes", falsificaciones audiovisuales mediante inteligencia artificial generativa, han pasado de ser curiosidad técnica a riesgo político, criminal y judicial.

Chanan planteaba una inquietud muy concreta: si las bandas criminales pueden fabricar su propia versión de Corrección y decir "yo no pude cometer ese delito, aquí hay un vídeo que me sitúa en otro lugar", ¿cómo seguimos confiando en una prueba visual? La pregunta vale también para imágenes de guerra, discursos de líderes, ataques terroristas, entrevistas televisivas y vídeos virales. La serie acierta al no reducirlo a un truco de laboratorio. El peligro está en la velocidad social de la imagen. Una mentira visual ya no necesita ganar un juicio; a veces le basta con llegar primero.

La opinión pública sobre las cámaras de vigilancia ha cambiado con una mezcla de resignación, miedo e interés práctico. En Reino Unido, donde la vida urbana lleva décadas acostumbrada, la aceptación suele crecer cuando se habla de investigación criminal y cae cuando aparece la vigilancia biométrica permanente. Una encuesta encargada por el Home Office en enero de 2025 a residentes de Inglaterra y Gales encontró que el 64% apoyaba en algún grado el uso policial del reconocimiento facial, con un 11% en contra.

Reuters informó en 2026 de que la Policía Metropolitana de Londres atribuía a la identificación facial en directo unas 2500 detenciones desde comienzos de 2024, mientras los grupos de libertades civiles advertían del riesgo de convertir la calle en un control de identidad continuo. El dato define bien el cambio de sensibilidad: mucha gente acepta la cámara cuando captura al agresor, pero se inquieta cuando todos los viandantes se convierten en sospechosos provisionales.

La eficacia real depende menos del número de cámaras que de su uso. Una revisión sistemática de cuarenta años de estudios concluyó que las cámaras producen una reducción modesta del delito, alrededor del 13% en las zonas vigiladas frente a las de control, y que funcionan mejor en aparcamientos y delitos contra vehículos, donde la cobertura puede ser casi completa, hay iluminación, carteles y vigilancia activa. En centros urbanos amplios el efecto es más irregular, y en delitos violentos suele ser menor porque la violencia aparece con alcohol, impulsividad, grupos y movimientos rápidos.

La cámara ayuda a reconstruir, identificar o probar; previene menos cuando nadie la mira, cuando la imagen es mala o cuando el delincuente sabe moverse fuera de plano. La debilidad fundamental es sencilla: una cámara necesita ángulo, luz, mantenimiento, operadores atentos, protocolos legales, cadena de custodia y contexto.

Hay casos que sirven para enfriar entusiasmos. El llamado Putney Pusher, un corredor que empujó a una mujer hacia un autobús en el puente de Putney en 2017, quedó grabado en Londres y tuvo enorme difusión, pero el agresor no fue identificado de forma concluyente. La imagen existía, el hecho era clarísimo y aun así faltaban rasgos útiles. En sentido contrario, los atentados de Londres de 2005 mostraron el valor investigador de las cámaras para reconstruir itinerarios y movimientos posteriores.

La lección es incómoda: las cámaras pueden ser magníficas después del daño, pero no siempre impiden el daño. Y cuando se combinan con reconocimiento facial, análisis de conducta, lectura automática de matrículas, sensores de sonido y búsquedas por descripción, como "persona con abrigo rojo", aumentan su utilidad y también su poder invasivo.

La última generación tecnológica cambia el tablero. Ya no hablamos solo de una cámara colgada en una esquina. Hablamos de analítica de vídeo con inteligencia artificial, es decir, sistemas que detectan objetos, rostros, vehículos, aglomeraciones, caídas, armas, humo o movimientos anómalos; de reconocimiento facial en directo, que compara caras con listas de búsqueda; de cámaras perimetrales con visión térmica; de redes que cruzan vídeo con matrículas, móviles, pagos y redes sociales; de detección de "deepfakes" mediante huellas de compresión, incoherencias de iluminación, movimientos faciales y sincronía entre labios y voz.

También hablamos de una carrera entre falsificadores y verificadores. Cada mejora en generación de imágenes obliga a mejorar la detección, y cada detector nuevo enseña a los falsificadores por dónde atacar. "The capture" entiende esa carrera como un thriller, pero el conflicto ya está en tribunales, comisarías, redacciones y campañas electorales.

Al final, lo mejor de "The capture" es que no nos invita a tirar las cámaras al río ni a abrazarlas como salvación. Nos deja en un lugar más adulto. Las cámaras sirven, pero no absuelven a la sociedad de pensar. La imagen ayuda, pero no sustituye al juicio. La inteligencia artificial puede detectar patrones, pero también heredar sesgos, errores y objetivos peligrosos. Rachel Carey avanza por una ciudad donde cada pantalla promete una verdad y cada verdad puede llevar una duda. Nosotros avanzamos con ella porque reconocemos ese mundo. Ya vivimos en él. Lo que la serie añade es una frase que conviene repetir antes de creer demasiado deprisa: ver no siempre es saber.

Calcular el número exacto de cámaras de vigilancia en las grandes capitales es complejo, ya que las cifras varían según se cuenten solo las cámaras de la red pública (de la policía y el ayuntamiento) o si se incluyen las redes privadas (comercios, transportes y particulares) conectadas a los sistemas de seguridad. Basándose en los informes globales de vigilancia urbana más recientes (como los de Comparitech y Visual Capitalist), estas son las estimaciones para las capitales principales de Europa.

Moscú

* Cámaras estimadas: ~250.000

* Densidad: Unas 20 cámaras por cada 1.000 habitantes.

* Contexto: Es una de las ciudades con mayor control biométrico del mundo. Prácticamente todo su sistema público está centralizado y cuenta con un software avanzado de reconocimiento facial integrado en tiempo real.

Londres

* Cámaras estimadas: ~132.000 (en redes integradas o gestionadas directamente por el gobierno/tránsito).

* Densidad: Unas 15 cámaras por cada 1.000 habitantes. Históricamente, ha sido la ciudad más vigilada de Europa occidental.

* Contexto: Si se sumaran absolutamente todas las cámaras privadas de comercios y hogares, la cifra total del Gran Londres superaría las 600.000.

Berlín

* Cámaras estimadas: ~40.000 (principalmente concentradas en estaciones de tren, metro y nudos de transporte).

* Densidad: Unas 11,2 cámaras por cada 1.000 habitantes.

* Contexto: Las estrictas leyes de privacidad y protección de datos en Alemania (RGPD y normativas locales) limitan de forma muy severa la videovigilancia masiva en las calles abiertas en comparación con Londres o Moscú.

París

* Cámaras estimadas: ~10.000-15.000 (de la red pública PVPP y del transporte público).

* Densidad: Unas 3,1 cámaras por cada 1.000 habitantes.

* Contexto: Aunque el número en calles era moderado, el despliegue aumentó de forma notable para los Juegos Olímpicos, donde además se autorizó el uso experimental de Inteligencia Artificial para detectar comportamientos "anómalos" en las multitudes.

Madrid

* Cámaras estimadas: 12.000 (del sistema de la policía y movilidad).

Cuenta con más de 400 cámaras de videovigilancia dedicadas exclusivamente a la seguridad en la vía pública y gestionadas por la Policía Municipal. Un dato curioso es que más de 100 de estas cámaras ya cuentan con Inteligencia Artificial lo que ayuda a los agentes a realizar búsquedas rápidas (por ejemplo, rastrear una matrícula o seguir ropa de un color determinado si ocurre un incidente).

Si a las de seguridad les sumamos las que controlan la circulación, la cifra se dispara. El Centro de Gestión de la Movilidad de Madrid utiliza más de 1.000 cámaras distribuidas por las principales calles, la M-30 y los túneles para monitorear el tráfico en tiempo real y gestionar los semáforos.

* Densidad: 3,4 cámaras por cada mil habitantes.

* Contexto: Red de Transporte (Metro y EMT). Aquí es donde están los números verdaderamente masivos. El Metro de Madrid cuenta con una red colosal de más de 9.000 cámaras repartidas entre estaciones, andenes y vagones. Entre los autobuses de la EMT Prácticamente toda la flota de autobuses está vigilada, sumando miles de cámaras a bordo para la seguridad de los pasajeros y conductores.

Roma

* Cámaras estimadas: ~4.000-6.000 (del sistema centralizado de la policía y movilidad).

* Densidad: Menos de 2 cámaras por cada 1.000 habitantes.

* Contexto: La instalación de cámaras está muy regulada y se prioriza su uso para la conservación del patrimonio histórico, el control del tráfico en zonas de acceso restringido (ZTL) y la seguridad en puntos críticos muy específicos.

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"The capture" puede verse en España en Movistar+

Carlos López-Tapia

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