Cine en serie: "La otra hermana Bennet", o una joven casadera lista para el baile
Querido Teo:
Esta nueva inmersión en el mundo de Jane Austen y en todo lo que conlleva permite valorar un esfuerzo muy específico del mundo de la pantalla. Me refiero al vestuario y a los complementos. Hasta la serie con menos presupuesto sabe que, si toca la época de "La otra hermana Bennet", eso no puede fallar. Y no falla casi nunca porque desde hace tiempo en algunos departamentos de vestuario hay historiadores muy competentes. Sabemos que una joven de 1815 que acudía a un baile no se ponía simplemente un vestido, unos zapatos y unos guantes. Por eso me he preguntado cuántas piezas llevaría una Bennet a uno de esos bailes. Dispongo de algunos libros muy interesantes en ese aspecto, sobre todo de historiadores franceses e italianos.
Una dama preparada para un baile era un mensaje social ambulante. La ropa le decía a los demás sobre posición, disponibilidad matrimonial, gusto familiar, fortuna, educación y hasta grado de vigilancia materna. Cada cosa que llevaba tenía una función, incluso cuando parecía pura coquetería.
Empezando por debajo, la primera pieza era la camisa interior o "chemise", una prenda de lino o algodón que protegía la piel y también protegía el vestido del sudor. Sobre ella iban las "stays", algo parecido al corsé de la época, aunque menos extremo que el corsé victoriano posterior.
En 1815 no se buscaba todavía la cintura estrechísima del siglo XIX avanzado, sino sostener el busto y ordenar la silueta de talle alto. Después podía venir una enagua o "petticoat", a veces muy sencilla y a veces suficientemente cuidada para que se entreviera al levantar la falda. Encima, el vestido de baile propiamente dicho, con talle imperio, escote más abierto que el de día, mangas cortas o pequeñas mangas abullonadas, tejido ligero, seda, muselina fina, tul, raso o combinaciones de capas. Muchas descripciones de moda de 1815 hablan de vestidos sobre una base de satén o de seda, con adornos de tul, encaje, flores, cintas o bordados. Hasta aquí ya tenemos cuatro o cinco piezas grandes.
Luego vienen las piernas y los pies. Dos medias, normalmente claras, de seda o algodón fino. Dos ligas para sujetarlas. Dos zapatillas o "slippers", que podían ser de satén, seda o cabritilla, a menudo en color coordinado con el vestido. Ahí sumamos seis piezas más.
No he olvidado las bragas. Es que no las llevaban. Los "drawers" o calzones femeninos ya existían, pero todavía no eran una prenda normalizada para una joven elegante hacia 1815. Así que, en una reconstrucción rigurosa de un baile londinense de esa fecha, lo más probable es que no aparezca esa pieza que hoy daríamos por descontada.
Llegamos a los brazos. Dos guantes, casi imprescindibles para un baile. En las descripciones de moda de enero y mayo de 1815 aparecen guantes blancos de cabritilla o guantes claros, a juego con el ideal de elegancia de salón. El guante no era solo adorno. Era etiqueta, higiene social, barrera de contacto y parte del lenguaje del baile. Si una joven iba a tocar manos masculinas durante contradanzas o valses, la mano desnuda no era lo más correcto.
En la mano, o colgando de la muñeca, podía llevar un abanico. El abanico servía para refrescarse, para jugar con la mirada y para ocupar las manos, que en sociedad siempre parecen necesitar una tarea. También podía llevar una "reticule", esa bolsita pequeña con cordón que sustituyó en parte a los bolsillos ocultos del siglo XVIII. Dentro podía guardar un pañuelo, quizá unas sales aromáticas o "vinaigrette", una pequeña cantidad de dinero, una nota, una llave, un frasquito de perfume o alguna minucia útil. Si contamos la bolsita y dos o tres objetos interiores, seguimos sumando.
La joyería dependía de la fortuna familiar y de la hora. En un baile de clase alta podían aparecer pendientes, collar, pulseras, broche, alfiler decorativo, sortija y quizá algún adorno prendido en el vestido. Dos pendientes ya son dos piezas. Un collar, una pieza. Dos pulseras, dos más. Una sortija, otra. Un broche o alfiler, otra. En una joven casadera, la joyería podía ser más delicada que ostentosa, porque había que mostrarse elegante sin parecer una vitrina desesperada. Pero en Londres, entre familias ricas, la frontera entre gusto y exhibición siempre fue una frontera muy transitada.
El peinado añade una parte importante del recuento. En 1815 se llevaban peinados con raya, rizos, recogidos, flores, cintas, peinetas, horquillas y alfileres. Una moda de enero de 1815 describe el cabello en estilo griego, adornado con flores; otra de mayo menciona rizos en la frente y en la nuca, con corona sencilla de flores. Si contamos el adorno floral o la cinta como una pieza, una peineta como otra y varias horquillas como piezas individuales, la cuenta crece con rapidez. Una cabeza elegante podía llevar diez, quince o veinte pequeñas sujeciones sin que nadie las viera claramente.
Faltaría la prenda exterior. Para llegar al baile podía llevar chal, capa, manteleta, abrigo ligero o algún envoltorio elegante. En los interiores caldeados, con baile y velas, el vestido podía ser muy escotado; en la calle londinense, no. Así que una joven no se presentaba al carruaje con el mismo grado de exposición con el que aparecía bajo la luz del salón. El chal era además un signo de moda, y los chales de cachemira o de imitación de cachemira tenían enorme prestigio.
Si hacemos una cuenta prudente, sale algo así. Una joven casadera de la clase alta londinense hacia 1815 podía acudir a un baile con unas treinta piezas encima, sin contar costuras, botones, alfileres y horquillas ocultas. Si las contamos una por una, aquella muchacha aparentemente ligera podía llevar sobre el cuerpo medio centenar de elementos.
Esa joven casadera podía entrar en un salón londinense con unas quince libras cosidas, anudadas, prendidas o calzadas sobre el cuerpo. Si la costumbre siguiera viva, aquella muchacha sería presentada en sociedad con una inversión familiar de varios miles de euros y con cada guante, cada flor y cada pulsera trabajando como argumento matrimonial.
El verdadero lujo no era solo el precio. Era la obligación de que todo pareciera natural. Una joven podía llevar el equivalente social de un pequeño presupuesto familiar sobre la piel, pero debía moverse como si nada pesara, bailar como si los zapatos no apretaran, sonreír como si no estuviera siendo evaluada y fingir que aquel despliegue de lino, seda, cabritilla, perlas, flores, alfileres y vigilancia materna era simplemente una noche agradable.
Ese era el coste real del baile. El vestido se pagaba en libras. La compostura se pagaba con los mismos nervios que la medicina del momento consideraba una debilidad femenina.
"La otra hermana Bennet" puede verse en España en Movistar+
Carlos López-Tapia




















