Cannes 2022: La sencillez de lo cotidiano inclina la balanza en las secciones paralelas frente a los hermanos de Arnaud Desplechin y la lucha por el poder del Imán

Cannes 2022: La sencillez de lo cotidiano inclina la balanza en las secciones paralelas frente a los hermanos de Arnaud Desplechin y la lucha por el poder del Imán

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Querido Teo:

Llega el fin de semana de mayor intensidad de Cannes aquel en el que se aprovecha para lanzar los platos fuertes ya que es cuando el certamen recibe más afluencia y también los medios están más pendientes de todo lo que allí ocurra. En un Festival siempre el primer fin de semana es el momento de mayor pujanza, reservándose las opciones por las que esa edición quiere ser recordada y, además, más llamar la atención, más cuando dentro de una semana todo se lo llevarán las quinielas por el palmarés. Todavía queda tiempo para ver si aparece ese “mirlo blanco” que desbarata a su favor toda una edición así que, mientras llega, se han presentado dos películas más a competición y también se ha podido ver lo nuevo de George Miller aunque dónde realmente parecen haberse encontrado las joyas ocultas ha sido en las secciones paralelas.

“Frère et soeur” de Arnaud Desplechin es casi la cita anual de la competición de Cannes con Marion Cotillard que protagoniza la cinta de un director que es un abonado en la lucha por la Palma de Oro aunque nunca haya llegado con posibilidades de triunfo. Es la séptima vez que una película de Desplechin participa a concurso aunque, curiosamente, la más celebrada fue “Tres recuerdos de mi juventud” (2015) que concurrió en su momento en Quincena de Realizadores. Desplechin no sabe lo que es ganar en Cannes al igual que una Marion Cotillard que a lo máximo que ha llegado es a un trofeo especial como revelación en 2004.

“Frère et soeur” es el reencuentro de dos hermanos tras dos décadas sin verse y a raíz de la muerte de sus padres. Ella es actriz y él es poeta, acercándose ambos a la crisis de la cincuentena, aquella en la que la plenitud física y las ilusiones menguan y ya se empieza a ver la vida con el espejo retrovisor. Desplechin vuelve a ahondar en los lazos familiares de una manera sugerente y con marcado carácter francés lo que da al conjunto una elegancia en la confrontación en el que el reproche se guarda y mastica examinando al otro con estudiada precaución más que lanzándole todos los sapos y culebras propio del carácter más latino.

En ese sentido se adopta un tono europeo en el que prima más la sugerencia que la verbalización en un melodrama incoherente con más pretensiones de autor que acertados resultados. Parece ser una de esas propuestas de relleno en un festival de este tipo (con su habitual concesión al cine francés) dando igual que una película de este tipo pueda dirigida por Arnaud Desplechin, François Ozon o Christophe Honoré, siendo su papel más hacer industria y, si es posible, dando el tono de glamour suficiente aunque no termine de calar como debiera debido a la poca empatía que desprenden unos personajes calificados de cargantes y caprichosos en un conjunto en el que prevalece la falta de naturalidad por una impostación demasiado literaria en sus diálogos y reacciones.

Tarik Saleh se estrena en la competición de Cannes con “Boy from heaven”, la lucha de poder a través de los ojos de un estudiante cuando muere repentinamente el Gran Imán que dirige la prestigiosa universidad de Al-Azhar de El Cairo en la que recibe clases, encontrándose en medio de un conflicto entre las élites religiosas y políticas del país. Una situación que supera a este humilde hijo de pescador que se da de bruces con la realidad de un país patriarcal y que delimita sus esferas de influencia.

Un thriller que ha sido definido como correcto, convincente e intenso que habla de la corrupción y los intereses que hay detrás de una religión confeccionada como espectáculo y parafernalia, convirtiendo una universidad en un centro de poder para ganar adeptos a toda costa cuando, bajo la superficie, no se puede decir que haya precisamente buenos propósitos y altruismo. Un retrato de cómo la corrupción brota en cualquier esquina a través de una cinta nada complaciente con un sistema al que retrata sin cortapisas en su vertiente política y humana.

“Boy from heaven” ha salido bien parada, sin apasionamientos, funcionando mejor como intriga adictiva que como retrato social, desaprovechando las posibilidades que presenta su alrededor al jugar con espacios cerrados sin llegar a trascender más allá de la premisa de ese protagonista arrollado por las circunstancias y el caos que se origina a su alrededor cuando el cetro de poder queda vacante, lo que muestra un escenario de corrupción, falsas lealtades y profunda hipocresía frente a propósitos de boquilla. Un poder concebido como arma de doble filo que puede terminar hiriendo al que lo empuña en un ambiente de elección de nuevo imán en el que cada pieza del tablero se posiciona, estudiantes actúan como espías, aliados o traidores según se de el caso, y que para algunos queda ahogada por la nimiedad de algunos de sus conflictos internos y por una trama demasiado enrevesada.

Tarik Saleh, egipcio de origen y sueco de nacimiento, ya sorprendió con la ejemplar intriga de “El Cairo confidencial” (2017) contando con el eficaz trabajo de Tawfeek Barhom como el estudiante desbordado ante una situación incontrolable y el habitual del director Fares Fares. “Boy from heaven” destaca por su intriga y la sensación de que en aguas revueltas todo puede pasar y que un paso en falso puede cambiar el destino de muchos pero, en verdad, acaba emergiendo como un lucido retrato del papel del estado canalizando su poder a través de la religión inmiscuyéndose en la pureza de su fin con el fin de sacar rédito.

La búsqueda de poder ocultada estratégicamente en ideales esperanzadores que sólo son una dulcificación embellecida del verdadero objetivo de determinados actos. Una circunstancia que convierte al ser humano en una especie condenada a la insolidaridad primando el interés propio cegado por la gloria y el estatus de llevar el mando sin ningún escrúpulo y a cualquier precio.

Ya ha llovido desde que George Miller presentara en Cannes fuera de concurso “Mad Max: Furia en la carretera” (2015). A pesar del éxito de la citada película, que se convirtió en la película acontecimiento de la edición desde donde salió disparada hacia los grandes premios aunando calidad y cine comercial, el certamen le ha vuelto a dejar fuera de la posibilidad de optar a la Palma de Oro. “Three thousand years of longing” se adentra en la fantasía barroca con ecos a Terry Gilliam en el que una Dra. en Literatura Clásica, la cual parece tenerlo todo aunque mire al mundo con cierto desdén, ve cómo se le presenta la oportunidad de pedir tres deseos a través de un genio. A pesar de su reticencia el genio intentará convencerla a través de una serie de historias sobre su pasado lo que llevará a una petición que sorprenderá a ambos.

Desde la habitación de un hotel, e interactuando en albornoz, Idris Elba y Tilda Swinton protagonizan una cinta tan hermosa como enigmática que es una fábula singular y con ciertas dosis de emotividad y onirismo que han provocado una buena recepción para la película, especialmente para la crítica usamericana. Un viaje existencial sobre el lugar que dejamos en el mundo y la necesidad de apasionarse por lo que nos rodea y de sentirnos valorados con ecos a la mitología de "Las mil y una noches" en la adaptación del conjunto de relatos publicados por el autor A. S. Byatt.

Para algunas voces el trabajo más maduro y redondo de Miller desde la vertiente humana por su capacidad para conectar la realidad con la fantasía llevándola a la evocación y la universalidad del placer de contar historias de "The fall. El sueño de Alexandria" (2006) frente al ruido tecnológico, los terrenos filosóficos de “El árbol de la vida” (2011) y la complicidad que va más allá de todo conectando universos diferentes de “La forma del agua” (2017) ante el romance que se genera entre dos seres solitarios separados por su condición y el paso del tiempo.

Un final calificado de conmovedor, y que habla sobre la celeridad de la vida, el concepto de mortalidad y la racionalidad cerebral frente a lo que supone el disfrute de sacar el jugo a la vida, ha terminado arrebatando hasta los más escépticos que también le han acusado de ser algo acartonada en sus efectos especiales y atropellada en los relatos de fantasía llenos de tópicos orientales y alegorías horteras ganando verdaderamente la cinta cuando se centra en el núcleo emocional que se establece entre los personajes protagonistas.

 

En la Quincena de Realizadores “Un beau matin”, lo nuevo de Mia Hansen-Løve ha sido la triunfadora de la jornada lo que lleva a que muchos se pregunten porque Cannes no ha decidido incluirla en una sección oficial carente de directoras. Léa Seydoux dando vida a una mujer viuda con una niña de 8 años, traductora parisina que convive con su padre (Pascal Greggory), el cual padece una enfermedad neurodegenerativa, en un momento de cambio para ella en el que mientras busca una residencia para que pueda ser cuidado como merece también inicia una relación con un viejo amigo (Melvil Poupaud), un astrofísico casado y con un hijo, sin saber hacia dónde le llevará explorar este camino.

“Un beau matin” juega con la atemporalidad en la que las relaciones son más humanas que tecnológicas transmitiendo sensibilidad y reivindicando el valor de los detalles, de la cultura y de la familia tanto en sus encuentros como en sus desencuentros. Eso convierte a la directora en una filósofa de nuestro tiempo, heredera de la Nouvelle Vague y del cine de Éric Rohmer, sabiendo conectar con desbordante sencillez en lo más puro a lo que contribuye su uso de la imagen en 35mm frente a virguerías digitales. El cine de Mia Hansen-Løve es honesto y contemplativo con personajes auténticos y que respiran verdad, a lo que contribuye una Léa Seydoux como esa mujer que pretende abarcarlo todo sin ser capaz de admitir que necesita pedir ayuda y que, en todo caso, también tiene derecho a derramar sus propias lágrimas más allá de secar las de los demás y seguir llenando el peso de su mochila teniendo que afrontar que la enfermedad, la degeneración y la muerte es algo intrínseco a la propia existencia.

Una odiosa Nicole Garcia, dando vida a la ex mujer del padre y madre de la protagonista, y la naturalidad de la niña Camille Leban Martins contribuyen a ese clima de naturalidad entre sacrificios, anhelos y relaciones que son un bálsamo pero que actúan como un espejismo fabulado al nacer ya coartadas por las circunstancias. A pesar de que la cinta sufre ser reiterativa ante una directora que suele dar muchas vueltas antes de rematar sus historias, lo que lleva a unas duraciones excesivas que sus películas no necesitan y que restan contundencia a sus propuestas, sobresale por su autenticidad y por una ternura melancólica sobre la vida, sus sinsabores y esos pequeños momentos bañados de ligereza, cotidianidad y añoranza sobre una mujer, que como todos en realidad, con lo que tiene (y con los que quiere) intenta hacerlo lo mejor que puede a pesar de que sin reparar en ello lo que provoque es que se acabe olvidando de vivir por ella misma.

“El agua” de Elena López Riera es una de las apuestas españolas de este Cannes también desde la Quincena de Realizadores. En un buen momento para el cine minimalista y de pequeñas pero sentidas historias, enarboladas por una prodigiosa y prometedora generación de jóvenes directoras, llega una película que habla de la maternidad, del peso del pasado y de las implicaciones que tiene provenir de un entorno determinado.

Es lo que ocurre en esta ópera prima con la que la directora alicantina participa en una sección en la que ya presentó alguno de sus cortos y que se centra en una joven de un pueblo del Levante sobre la que sigue condicionado la desaparición de su madre en la última inundación, un hecho tan desolador como mitificado por los condicionantes de la zona que han llevado al hecho a ser prácticamente una leyenda fantasmal en la que el agua y la muerte se dan la mano partiendo de un realismo lleno de poesía a la hora de configurar la identidad de todo un lugar.

Un lugar marcado por esos episodios de “gota fría” propios de costa levantina que llevan a tener a los lugareños una compleja relación con el agua, tan deseada como temida, llegando a ser poseídos por su encanto y necesidad. Una cinta que se desarrolla en un verano a través de la mirada de tres mujeres de una misma familia, las cuáles están encarnadas por Nieve de Medina, Bárbara Lennie y Luna Pàmies. Un viaje íntimo, intrigante y lleno de sensibilidad que convierte a Orihuela en un escenario entre la realidad y la fantasía que se adentra en cómo influye el lugar del que venimos en nuestro destino y que pone en el mapa a una directora a seguir que, para todas las críticas, sorprende con su dominio de la cámara y de la atmósfera siendo capaz de explorar distintos géneros entre la neblina del destino al que, a pesar de todo, el lugar parece anclar a los que allí habitan.

En la Quincena de Realizadores también se ha visto “God’s creatures” de Anna Rose Holmer y Saela Davis, una nueva cinta del amplio y sugerente catálogo de A24 que tiene como reclamo contar en su reparto con Emily Watson y Paul Mescal. Un drama sostenido en la fuerza interpretativa sobre una cadencia narrativa en la que una madre protege a su hijo violador con una mentira lo que tendrá importantes consecuencias en el pueblo de pescadores irlandés en el que vive. La dignidad de la gente corriente por salir adelante guardando las apariencias siendo capaz de todo por proteger lo suyo aunque sean víctimas de un amor incondicional en el que no se hacen ningún favor por negar la evidencia y hacer justicia sin dejarse llevar por equívocos partidistas propios de unos lazos de sangre tan férreos, devotos y sacrificados como crueles y traicioneros.

Y en Una cierta mirada “Rodéo” de Lola Quivoron, la historia de una joven inadaptada que encuentra su voz y su lugar de ser integrándose en un grupo de moteros. Un poderoso y salvaje debut que no ha tardado en recibir comparaciones con “Titane” por el carácter de su protagonista, “Fast & furious” por la adrenalina pandillera y “Girlhood” por su canto de irreverencia feminista frente a lo establecido.

Nacho Gonzalo

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