Cannes 2026: Pawel Pawlikoswi viaja por las heridas de una Europa fragmentada y Asghar Farhadi se enreda entre la realidad y la ficción
Querido Teo:
La sección oficial ya empieza a carburar y ello se evidencia con la presentación de dos pesos pesados en la sección oficial que vienen a animar lo vivido en una alicaída segunda jornada que dejó poco para el recuerdo con las películas de Kôji Fukada y Charline Bourgeois-Tacquet. Los nombres de Pawel Pawlikowski y de Asghar Farhadi son palabras mayores aunque, en esta ocasión, es el director polaco el que demuestra seguir manteniendo su toque característico y que, sin necesidad de superar a anteriores cintas de su filmografía, sí que confirma que ha presentado la que será una de las películas internacionales de la temporada. No se puede decir lo mismo de la segunda incursión del realizador iraní en la cinematografía francesa que supone clavar una estaca en la carrera del realizador.
"Fatherland" (Pawel Pawlikowski) // Sección Oficial
Retrata la relación entre el escritor ganador del Premio Nobel Thomas Mann y su hija Erika, actriz, escritora y piloto de carreras. En el apogeo de la Guerra Fría, y tras regresar a casa tras dieciséis años de exilio en Estados Unidos, Mann y su hija emprenden un desafiante y emotivo viaje por carretera atravesando una patria tan dividida como su propia familia.
"Ida" (2013) y "Cold war" (2018) hicieron que se desatara la fiebre a favor de un director que se ha convertido en una de las referencias de la cinematografía actual. Solo ver sus impecables planos en blanco y negro, entre la evocación pictórica y la elegancia existencial, demuestran que estamos ante la obra de un realizador que ha sabido insuflar un tono personal a pesar de partir de una forma de hacer cine propia de clásicos del cine europeo de autor pero con la habilidad de convencer a una cinefilia actual que se encuentra dispersa en sus estímulos y preferencias y que ha encontrado en Pawel Pawlikowski uno de esos nombres a los que admirar y seguir. Tras una larga espera de ocho años el realizador vuelve al certamen con el que ganó el premio a la mejor dirección por "Cold war" partiendo del último acto de la novela "El mago" de Colm Toíbín sobre las vivencias, contradicciones y pensamientos de Thomas Mann.
"Fatherland" ya sorprende de primeras sabiendo que estamos ante una "road movie", en este caso no de huida o de descubrimiento como es habitual, sino ante un viaje por la añoranza por un país que ahora se encuentra derruido tras las consecuencias de la II Guerra Mundial. El escritor Thomas Mann y su hija Erika regresan del exilio forzado en Estados Unidos y, entre reencuentros, agasajos y conferencias sobre Goethe, el premio Nóbel y su hija/asistente, a bordo de un Buick negro que sigue los pasos por los lugares en los que desarrolló su vida el propio Goethe, recorren su Alemania natal, un país que en 1949 se encuentra en ruinas y que lame sus heridas por un escenario que va del Frankfurt dominado por Estados Unidos al Weimar controlado por la Unión Soviética.
Una Europa que pretende despojarse de la sombra del nazismo, el cual ha dejado un reguero de desolación, odio, culpa y rabia a su paso para desconcierto tanto de los que han permanecido allí como de los que regresan sufriendo una desorientación generalizada y paralizante. Todo ello en busca de una esperanza posible a través de la reconciliación pero de la que una generación no podrá disfrutar por ser necesario el paso del tiempo. Una Alemania dividida en dos, no solo a nivel geográfico sino también ideológico y social, y que, como se menciona en la propia película, es por una parte la Alemania de Stalin y por otra la de Mickey Mouse.
Entre el dolor, la melancolía y la resignación (la elegancia contenida es uno de los aspectos fundamentales de la cinta) padre e hija deambulan marcados por la conmoción personal por la que tendrán que reconstruir depurando su propio trauma familiar (el suicido de Klaus, hijo y hermano respectivo, interpretado por un August Diehl al que le bastan cinco minutos para casi robar la película poniendo toda la premisa de la cinta en una llamada de teléfono con su hermana) en paralelo a un país que tiene que volver a surgir desde sus cenizas para definir su nueva identidad.
La hipnótica y fascinante belleza formal de la cinta, que aquí alcanza una depuración estilística máxima que alcanza cotas de divinidad, rindiéndonos de nuevo no solo a la puesta en escena sino a la fotografía de Lukasz Zal, se da la mano con unas interpretaciones que son el claro ejemplo de ser capaz de expresar todo con lo mínimo. Tanto lo que ven como lo que arrastran por ser fruto de una sociedad marcada por la figura de un padre recto y autoritario, además de escritor afamado, que también devora y mina a sus hijos tanto de una como de otra manera. Todo ello cumpliendo el mandato de seguir adelante pero aún con el sentimiento de estar atrapado por el peso del pasado.
En la mirada y en los silencios de la relación entre los personajes de Sandra Hüller y Hans Zischler vemos un dolor persistente y el cansancio por el paso de los años, la desilusión y, sobre todo, la frustración por sentirse ciudadano de ningún sitio, siendo ese el gran drama del exiliado que, en su ausencia, se queda desheredado de patria, experiencias y referentes. Unos personajes que se mueven en una espiral de miedos, dudas y desgracias que, en parte, el arte de nombres como Goethe o Bach reparan en forma de bálsamo pero que no puede evitar la sensación de angustia y paranoia de la Guerra Fría que cala las relaciones entre todos los personajes y en los lugares que recorren.
Un ejercicio de memoria preciso, conciso y austero sobre la tristeza de los que son testigos y sufren de ver el trauma de una Europa herida, fracturada y desorientada y que, en un ejercicio de supervivencia, ni siquiera pueden permitirse las lágrimas desembocando en un plano final con el padre y la hija escuchando el órgano de una iglesia y que se convierte en uno de los más bellos rodados nunca en el cine reciente a lo que contribuye la música de Bach que es el colofón del exquisito diseño sonoro de la cinta con el uso de las canciones, tanto como reflejo de una época como de sentimientos que vertebran a los personajes y que es otra de las características del cine de Pawlikowski adoptando aquí también un tono de reivindicación patriótica que evidencia la fractura generalizada a nivel global.
Un viaje que no sería lo mismo sin las magistrales elipsis que son capaces de contar buena parte de la Europa de aquellos años sin llegar a los 80 minutos de película. El realizador vuelve a brillar aunque quizá sin la contundencia de sus dos anteriores trabajos, tanto por su ritmo lento como por el incidir tanto formal y temáticamente en los universos ya vistos sobre su ya trilogía sobre la Europa desencontrada permitiéndose, además, el guiño de contar con Joanna Kulig como una cantante que recuerda a su personaje en "Cold war".
Una pieza de cámara, tan densa como delicada, que en su exquisito rigor plantea un revelador viaje de pérdida, división y memoria por un país muy distinto que el que fue y que no se sabe si, en algún momento, podrá volver a ser para aquellos que regresaron el hogar que les fue arrebatado y que, para bien y para mal, no ha hecho más que acentuar los dos bloques entre el capitalismo y el comunismo que Europa no ha logrado converger y que el propio escritor, ya con una lucidez casi premonitoria, confirma que por sí solo ninguno de los dos sistemas sirve por mucho que unos y otros acentúen nuestras diferencias defendiéndolos de manera desaforada y desembocando a la intolerancia y crispación que gobierna hoy en día.
"Historias paralelas" (Asghar Farhadi) // Sección Oficial
En busca de inspiración para su nueva novela, Sylvie espía a sus vecinos de enfrente. Cuando contrata al joven Adam para ayudarla en su día a día, no imagina que él acabará trastocando su vida y su trabajo, hasta que la ficción que había creado supere la realidad de ambos.
Asghar Farhadi regresa al cine francés después de que ya lo hiciera con "El pasado" (2013). Ahora reúne a algunos de los mejores intérpretes de la cinematografía gala en una trama literaria con ecos de Hitchcock y Chabrol (aunque la historia se inspire en uno de los mandamientos que filmó Krzysztof Kieślowski para su "Decálogo" en 1988) en la que el director termina enredándose entre la realidad y la ficción partiendo del ejercicio de "voyeurismo" de Sylvie, una escritora excéntrica y solitaria que, recluida en su casa como una ermitaña invadida por el caos y la suciedad, sigue desde su telescopio la actividad de los vecinos de enfrente (dos hombres y una mujer); los cuales tienen alquilado ese piso con fines profesionales como estudio de postproducción de efectos sonoros. Lo que no esperará es que ese juego creativo y lleno de curiosidad con vocación literaria termine perjudicando a todos los allí envueltos cuando entra en juego Adam, un joven refugiado al que la sobrina de Sylvie (tras un encuentro en el metro en el que éste recupera la cartera que le han robado) decide ayudar dándole trabajo para que esté pendiente del día a día de su tía.
El joven de cuyo origen y situación poco se sabe, más que de ir malviviendo en las calles, acaba adoptando un rol entre el Tom Ripley de Patricia Highsmith y la Eva Harrington de la película de Joseph L. Mankiewicz, primero con el fin de dinamizar la trama de las páginas que escribe Sylvie y después obsesionándose con ello y, especialmente, con el personaje que encarna Virginie Efira al que sitúa como catalizador de deseo de todos los hombres allí envueltos tanto en la realidad como en la ficción.
Un título que no necesita de 140 minutos para navegar por la clásica idea de que, en ocasiones, la vida imita al arte a través del poder que puede generar en nosotros (aunque sea de manera involuntaria) y a la perdición que puede abocarse cuando se deja guiar por lo que solo está en las páginas de un manuscrito fruto de la inventiva e impresiones del escritor de turno dando rienda suelta al morbo de unas relaciones marcadas por la pasión, la infidelidad y el crimen.
Un ejercicio de voyeurismo cinematográfico que sufre que se vea de manera casi catatónica ante una intriga poco fascinante que deriva en culebrón paródico y una atmósfera opresiva entre las paredes de esos apartamentos, restaurantes y estaciones de metro y las calles lluviosas que no contribuye a que se genere un interés más allá del pretendido ejercicio malsano que pretende generar cuando se cruzan los límites de la imaginación para traspasar la intimidad y la vida privada de las personas proyectando deseos e indagando por aspectos fruto de la contradicción humana y la ambigüedad moral.
Una trama anémica e insípida que ofrece poco caldo para tanto pollo (permítase la expresión) teniendo en cuenta que Farhadi está detrás de las cámaras y delante las siempre estupendas Isabelle Huppert y Virginie Efira (aunque es la segunda la que reina en esta película) secundadas por Adam Bessa, Vincent Cassel, Pierre Niney, India Hair y Catherine Deneuve (genial en su única escena como la editora que recrimina las páginas que le presenta el personaje de Huppert).
Una pena que los caminos por los que transita el director iraní más que convencer terminen provocando cierta vergüenza ajena ante lo estéril y desafortunado de una propuesta lánguida, poco intrigante y que queda atrapada en su propia madeja siendo un paso en falso para un realizador lejos de sus grandes obras y que ni siquiera ha logrado proponer un thriller juguetón que la historia hubiera agradecido.
"El deshielo" (Manuela Martelli) // Una cierta mirada
Chile, 1992. Durante su estancia en el hotel de sus abuelos en las montañas, Inés (9) se hace amiga de Hanna (15), una esquiadora alemana. Cuando Hanna desaparece sin dejar rastro, su búsqueda revela verdades que se mantenían ocultas.
Manuela Martelli ya sorprendió con "1976" (2022) y ahora crea un thriller de combustión lenta a través de una mirada infantil que la lleva entre el suspense policial y el ejercicio de memoria histórica ante el silencio del que intenta desperezarse un Chile que todavía sufre las consecuencias de la dictadura de Pinochet.
Todo a partir de la desaparición de una esquiadora alemana adolescente en la cordillera de Los Alpes, durante unas vacaciones en un balneario turístico, lo que potencia todavía más una atmósfera gélida y desasosegante cuando la madre de la desaparecida emprenda la búsqueda junto a esa niña frente a la burocracia de los investigadores oficiales emergiendo tanto dudas, secretos y revelaciones en esa comunidad rural sobre la nieve y en la que destaca la música de María Portugal imprimiendo un tono "hitchcockiano" a la película.
Es por eso que algunos no han dudado en comparar la película con "El espíritu de la colmena" (1973) de Víctor Erice por todo lo que tiene de poner al espectador desde la perspectiva de Inés, esa niña que asiste con los ojos bien abiertos a la magnitud de una desaparición de la que no termina de entender todo lo que rodea a la misma en un entono de presión, competitividad, trauma y deseos ocultos.
La cinta se nutre de la pérdida mutua de esa madre desesperada e incomprendida y de esa niña de padres desaparecidos que vive en el balneario junto a su abuela. Una película que funciona mejor cuando no está sobreexplicada y que en su faceta sensorial libera a la cinta de cierta solemnidad impostada que, no obstante, no impide que sea un salto de madurez en el segundo largometraje de una directora cada vez más interesante.
Otras películas
* Desde la Semana de la Crítica se ha podido ver "Viva" de Aina Clotet, ambientada en un futuro marcado por la sequía extrema, Nora, una mujer a las puertas de los 40, enfrenta el retorno a su vida después de superar un cáncer de mama. Verá tambalear sus planes con la irrupción de Max, un chico de 23 años. Aunque intenta abarcar demasiadas ideas, y el conjunto es desigual en su mezcla de drama y comedia, el film destaca por retratar a una protagonista que en un momento vital se enfrenta a las contradicciones de la vida y a la exploración del deseo femenino a través de la canalización del cuerpo tras las consecuencias de una enfermedad.
Aina Clotet y Marc Soler defienden con empeño esta historia de una mujer en caída libre que se reafirma a través de su identidad, sus deseos y sueños sin complejos en un ejercicio tan descontrolado e inclasificable como personal y maduro.
* En la Quincena de Cineastas se ha visto "We are aliens" de Kohei Kadowaki, una oscura e inventiva historia de amistad sobre las ansiedades e inseguridades de la juventud. Un trabajo sorprendente tanto en la profundidad de una historia nada complaciente, tan dolorosa como lúgubre, como desde el punto de vista formal con el uso de la rotoscopia.
* Dentro de las Proyecciones de medianoche se ha visto "Sanguine" de Marion Le Corroller. Un "body horror" en el que Margot, una brillante pero insegura estudiante de medicina, lucha por sobrevivir al ritmo frenético de sus prácticas en urgencias descubriendo que su cuerpo está empezando a replicar la misma y misteriosa patología que intenta curar. Un chute gore que funciona como crítica a la explotación laboral y al estrés de la vida con el cuerpo como saco de boxeo y campo de batalla.
Nacho Gonzalo



































