Cine en serie: "Harry Hole", o la novela negra nórdica en casa
Querido Teo:
Hay personajes que no resisten cualquier adaptación. Harry Hole es uno de los que corren ese peligro. Un policía brillante, autodestructivo, obsesivo, incómodo incluso para quienes lo seguimos desde su primera aparición en forma de libro. Llevarlo a la pantalla no es solo trasladar una trama, es trasladar una forma de mirar el mundo. La producción ha tenido que lidiar, además, con un problema clásico en este tipo de adaptaciones: la comparación inevitable con versiones anteriores. La película "El hombre de nieve" (2017) dejó un recuerdo desigual, y eso condicionó la decisión de un nuevo intento. La serie tiene la oportunidad de corregir lo que el cine no logró, precisamente porque dispone de tiempo para desarrollar al personaje. Y ahí es donde empieza el verdadero reto de la serie "Harry Hole", una producción que nace con la ambición de convertir en imagen uno de los universos más reconocibles de la novela negra europea contemporánea.
El punto de partida es como para llevar a cualquier guionista a la automedicación. Las novelas de Jo Nesbø han vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo, con traducciones a más de cincuenta idiomas, y su protagonista se ha consolidado como una figura central del "noir" nórdico. El propio Nesbø ha insistido en varias ocasiones en que Harry Hole "no es un héroe en el sentido tradicional, sino alguien que lucha contra sí mismo tanto como contra el crimen".
Esa definición, que en papel funciona como motor narrativo, obliga a una interpretación delicada, lejos del cliché del policía atormentado que la pantalla ha repetido hasta la saciedad. Así que ha sido el propio Nesbø quien se ha hecho cargo del guion; no quería que pasara lo que ocurrió con Hole en la gran pantalla.
El personaje nace en la mente de Nesbø a finales de los años noventa, en el momento en que la novela negra escandinava comenzaba a abrirse paso internacionalmente tras el legado de Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Nesbø ha explicado en entrevistas que concibió a Harry Hole como una reacción contra el detective demasiado ordenado, demasiado funcional, alguien que encarna el fallo dentro de un sistema aparentemente eficiente: "Quería un personaje que fuera su propio problema".
Esa idea, simple en apariencia, lo distingue dentro del género. Hole no solo investiga el mal, lo refleja. No es un observador externo, es una grieta dentro del propio mecanismo policial, alguien que entiende a los criminales porque comparte con ellos una parte incómoda de su naturaleza.
El nacimiento de Hole se sitúa en un contexto escandinavo marcado por tensiones soterradas bajo la superficie del bienestar. Una sociedad que proyecta estabilidad, igualdad y seguridad, pero que empieza a mostrar fisuras en forma de violencia urbana, tensiones migratorias y una sensación de desarraigo creciente.
En ese paisaje, la figura del detective deja de ser un simple solucionador de enigmas y se convierte en un testigo incómodo de un modelo social que ya no es tan perfecto como parecía. Harry Hole encaja en ese mundo porque lo cuestiona desde dentro, sin discursos, solo con su propia incapacidad para adaptarse a la normalidad.
Y ese choque entre orden y grieta es el que articula también "La estrella del diablo", uno de los casos más representativos del personaje. Oslo aparece atravesada por una serie de asesinatos en los que cada víctima presenta detalles inquietantes y repetidos: un dedo amputado, un diamante rojo en forma de estrella de cinco puntas y una coreografía del crimen que apunta a una mente metódica y ritual.
Hole, suspendido y fuera de juego en lo personal y lo profesional, se dispone a decir adiós a un trabajo de muchos años cuando es obligado a colaborar con un compañero con el que mantiene una relación tensa y ambigua.
Uno de los productores ejecutivos, en declaraciones recogidas por medios anglosajones, señalaba que "el mayor riesgo era traicionar la esencia del personaje por intentar hacerlo más accesible". Esa tensión entre fidelidad y facilidad televisiva atraviesa todo el proyecto.
Y en un caso como el de "La estrella del diablo", donde el misterio se construye tanto en lo que se muestra como en lo que se oculta, esa fidelidad implica respetar también los silencios, las zonas de sombra, la incomodidad moral que despiertan algunos personajes.
Por eso, el casting ha sido otro de los puntos críticos. Harry Hole no es un personaje agradecido para el actor. Es seco, incómodo, a menudo antipático y, sin embargo, debe sostener la empatía del espectador. El intérprete elegido ha insistido en entrevistas en que "no se trata de hacerlo simpático, sino de hacerlo humano".
Esa frase resume bien la línea interpretativa de la serie, que apuesta por un realismo contenido, sin grandes gestos, apoyado en silencios y en una presencia física que transmite desgaste más que heroicidad. En un caso como "La estrella del diablo", donde el protagonista se mueve constantemente entre la lucidez y el abismo, esa contención resulta esencial.
El rodaje en localizaciones reales ha sido una decisión clave. La serie ha trabajado en escenarios naturales siempre que ha sido posible, evitando reconstrucciones en estudio. Un miembro del equipo de dirección comentaba: "no queríamos una ciudad estilizada, queríamos una ciudad vivida, con suciedad, con frío, con distancia".
Oslo no es un decorado, es un personaje. Sus calles, sus inviernos largos, su luz escasa, su arquitectura funcional, todo contribuye a ese tono que define el universo de Hole. Esa ciudad se convierte además en un tablero de juego donde el asesino parece moverse con ventaja, dejando señales que son al mismo tiempo pistas y provocaciones.
Las dificultades de producción han sido constantes, no solo por las condiciones climáticas, que afectan directamente al ritmo de rodaje, sino también por la complejidad de coordinar una historia que alterna investigación policial con desarrollo psicológico. A eso se suma la presión de un material de origen muy querido por quienes hemos leído los libros.
Uno de los responsables del proyecto reconocía que "cada decisión se toma sabiendo que hay millones de personas que ya tienen su propia versión de Harry Hole en la cabeza". Y cuando se trabaja con una trama como la de La estrella del diablo, donde el juego de identidades y sospechas es central, cualquier desviación puede alterar el equilibrio de la historia.
La música juega un papel especialmente relevante. Lejos de subrayar la acción, la banda sonora opta por una contención casi minimalista, con piezas que acompañan sin invadir. El compositor ha explicado que buscaba "crear una sensación de vacío más que de tensión explícita". Ese enfoque encaja con una trama que no necesita enfatizar cada giro, sino que confía en la atmósfera.
En una investigación como la de "La estrella del diablo", donde la repetición de los elementos simbólicos va produciendo una inquietud progresiva que no se muestra con claridad hasta el cuarto capítulo, la música actúa como una respiración contenida que acompaña sin explicar.
El contraste entre realidad y ficción es otro de los ejes interesantes de la serie. Aunque los casos son ficticios, el contexto policial y social se apoya en elementos reconocibles. El sistema judicial noruego, los protocolos de investigación, incluso la relación entre policía y medios de comunicación, aparecen tratados con un grado de detalle que busca verosimilitud.
Sin embargo, la serie no pretende ser documental. Se permite licencias, sobre todo en la construcción del propio Hole, cuya capacidad para moverse al margen de las normas responde más a una necesidad narrativa que a la realidad estricta. En La estrella del diablo, esa libertad se percibe en la forma en que la investigación avanza a partir de intuiciones personales que no siempre encajarían en un procedimiento real.
Ahí aparece una de las preguntas clave: hasta qué punto aceptaremos esa tensión entre realismo y dramatización. La serie parece consciente de ese equilibrio y evita caer en la espectacularidad gratuita. No hay grandes persecuciones innecesarias ni giros imposibles cada diez minutos. Hay, en cambio, una progresión más pausada, que confía en el interés del caso y en la evolución del personaje.
El resultado es un Harry Hole que no se suaviza para ser más digerible. Mantiene su incomodidad, su oscuridad, su tendencia a la autodestrucción. Y en ese mantenimiento está, probablemente, la clave de su autenticidad. Un personaje que, como en La estrella del diablo, no resuelve solo un crimen, sino que se enfrenta a un espejo incómodo en el que lo que se investiga y quien investiga terminan por confundirse.
Los guionistas saben que adaptar no es copiar, pero resulta inevitable comparar este personaje con otros de larga tradición literaria, como el de la forense Scarpetta, que acaba de aterrizar también en forma de serie después de años en las librerías de todo el mundo, en el cuerpo de Nicole Kidman. Mientras Scarpetta se ha tomado unas licencias tan arriesgadas al llegar a televisión que será difícil no defraudar a sus lectores, este Harry Hole se ajusta como las mallas a un superhéroe.
E
l personaje es totalmente reconocible y, al mismo tiempo, funciona en lenguaje televisivo. Harry Hole, en su paso de la página a la pantalla, conserva casi toda su identidad. Se transforma lo justo para sobrevivir en un medio que exige otra forma de contar.
Y ahí está su mayor logro: en no temer reproducir fielmente lo que ya conocemos, incluyendo incluso algunos diálogos, y ofrecernos una imagen que apenas se aleja de la que como lectores habríamos creado para un personaje que, como los buenos personajes, nunca termina de explicarse del todo.
La estrella del diablo es el quinto caso de Harry, y, para que la narrativa sea sólida en televisión, Nesbø ha integrado hilos conductores de dos novelas anteriores, Petirrojo y Némesis, especialmente en lo que respecta a la enemistad mortal de Harry con el detective Tom Waaler y su compleja relación con Rakel Fauke, “la chica” de la serie.
A pesar del tiempo transcurrido desde la publicación del libro, o quizás debido a ello, mi reencuentro en formato televisivo con el libro ha sido tan bueno que, cosa rara, he agradecido que tenga nueve capítulos.
"Harry Hole" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia

































