"Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?"
"Uno de los personajes centrales de esta historia es Franz von Papen. Aristócrata, conservador y profundamente antidemócrata, Papen fue el hombre que convenció al presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler canciller. Creía que podía controlarlo dentro de un gobierno dominado por la derecha tradicional. La frase que pronunció en aquel momento se ha convertido en símbolo de la ceguera política de las élites conservadoras. Decía que iba a arrinconar al líder nazi hasta hacerlo llorar. La realidad fue muy distinta. En pocos meses los nazis se hicieron con el control completo del Estado. La derecha conservadora que había abierto las puertas del poder a Hitler fue marginada o absorbida. Algunas de las películas más sobresalientes del siglo pasado y series del actual, entran en este asunto".
Título: "Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?"
Autor: Johann Chapoutot
Editorial: Alianza Editorial
Hay libros que llegan en el momento oportuno. Este es uno de ellos. Su punto de partida es una pregunta sencilla pero incómoda. "¿Quién llevó realmente a Hitler al poder?". Durante décadas la explicación simplificada ha repetido que los nazis llegaron al gobierno porque millones de alemanes los votaron. "Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?", de Johann Chapoutot, desmonta esa simplificación y recuerda algo mucho más inquietante. El nazismo no habría alcanzado el poder sin el apoyo directo o indirecto de sectores muy concretos de las élites económicas, financieras y políticas alemanas.
La tesis de este historiador francés, especialista en nazismo, no es nueva, pero el libro la expone con una claridad que resulta especialmente pertinente en un momento en que la extrema derecha vuelve a crecer en muchos países. La obra examina con detalle cómo empresarios, banqueros, propietarios de medios de comunicación y dirigentes conservadores pensaron que podían utilizar a Hitler para proteger sus intereses frente a la izquierda. Aquella apuesta terminó con el hundimiento de la democracia alemana y el mayor baño de sangre de la historia.
El episodio central que explica esa dinámica es la llegada de Hitler a la cancillería en enero de 1933. No fue el resultado de una mayoría parlamentaria ni de una victoria electoral incontestable, sostiene con datos y argumentos Johann Chapoutot. Fue el resultado de una decisión tomada por un pequeño círculo de poder compuesto por dirigentes conservadores, militares y representantes del gran capital alemán.
El libro explica que ese cálculo político no habría sido posible sin el apoyo de sectores muy concretos del mundo empresarial alemán. Entre los nombres más citados por los historiadores aparecen Gustav Krupp, dueño del gigantesco conglomerado industrial Krupp, uno de los mayores fabricantes de armamento de Europa. También aparece Fritz Thyssen, magnate del acero del Ruhr y uno de los primeros empresarios que financiaron al Partido Nacionalsocialista. Thyssen llegó a reconocer años después que había financiado a Hitler porque temía el avance del comunismo. Su imperio industrial se convirtió después en uno de los pilares de la economía del Tercer Reich.
Otro actor fundamental fue el banquero Kurt von Schröder. Fue él quien organizó varias reuniones secretas entre Hitler y representantes del gran capital alemán. En esos encuentros participaron industriales y financieros que buscaban un gobierno fuerte capaz de frenar a la izquierda y estabilizar la economía. El propio Schröder explicó posteriormente la lógica de aquella operación. Según dijo, los dirigentes económicos querían un poder político fuerte que garantizara estabilidad frente al temor al bolchevismo y permitiera crear condiciones favorables para la economía.
La red de intereses económicos que apoyó al nazismo fue mucho más amplia. Empresas como Siemens, el consorcio químico IG Farben y numerosas compañías de la industria pesada participaron en el sistema económico del Tercer Reich. IG Farben es uno de los ejemplos más citados. Este gigantesco conglomerado químico produjo combustibles sintéticos, materiales industriales y productos esenciales para la maquinaria militar alemana. Durante la guerra utilizó incluso mano de obra esclava procedente de los campos de concentración.
El apoyo empresarial al nazismo no fue exclusivamente alemán. Empresas extranjeras también mantuvieron relaciones económicas con el régimen. La petrolera estadounidense Standard Oil cooperó con IG Farben en el desarrollo de combustibles sintéticos necesarios para la economía de guerra alemana. Algunas marcas, hoy perfectamente integradas en la economía global, también estuvieron vinculadas al sistema industrial del Tercer Reich. Hugo Boss fabricó uniformes para el ejército alemán y las organizaciones nazis. Los hermanos Dassler, fundadores de la empresa que luego se dividiría en Adidas y Puma, produjeron equipamiento militar.
En ese punto resulta interesante observar cómo el cine ha abordado esta misma cuestión desde hace décadas. Varias películas importantes, distribuidas internacionalmente, han intentado mostrar el vínculo entre poder económico y ascenso del nazismo. No siempre lo hacen con cifras o documentos, pero sí a través de historias familiares, empresariales o personales que ilustran ese mismo fenómeno.
La película que más claramente ha retratado esa alianza es "La caída de los dioses" (1969), dirigida por Luchino Visconti. La historia sigue a la familia industrial alemana Essenbeck, inspirada directamente en la familia Krupp. Son grandes fabricantes de acero y armamento que ven en el nazismo una oportunidad para proteger sus negocios frente al movimiento obrero y el comunismo. En varias escenas los miembros de la familia discuten abiertamente su apoyo al nuevo régimen porque garantiza contratos militares, estabilidad social y eliminación de sindicatos. Visconti convierte la historia de esa familia en una metáfora brutal del pacto entre capital industrial y poder nazi.
Una perspectiva distinta aparece en "La lista de Schindler" (1993), dirigida por Steven Spielberg. La película es conocida por su relato sobre el rescate de judíos durante el Holocausto, pero también describe con precisión el funcionamiento de la economía de guerra nazi. Oskar Schindler entra en ese sistema como empresario oportunista que busca contratos militares. Utiliza mano de obra judía esclavizada y establece relaciones con oficiales del régimen. A través de esa historia se entiende cómo muchas empresas prosperaron dentro de la maquinaria económica del Tercer Reich.
Otra película clave es "¿Vencedores o vencidos?" (1961), dirigida por Stanley Kramer. Recrea uno de los juicios de Núremberg y plantea una cuestión incómoda que atraviesa todo el proceso judicial. Quién permitió realmente que el nazismo llegara al poder. Aunque el juicio se centra en magistrados que colaboraron con el régimen, durante las audiencias se menciona el papel de empresarios, industriales y dirigentes económicos que contribuyeron a sostener el sistema.
El cine europeo también ha explorado la dimensión cultural de esa alianza. "Mephisto" (1981), dirigida por István Szabó, cuenta la historia de un actor que prospera dentro del régimen nazi gracias a su colaboración con el poder. La película muestra cómo el nazismo se apoya no solo en la fuerza política y militar, sino también en redes culturales, económicas y mediáticas que legitiman el régimen.
"Europa Europa" (1990), dirigida por Agnieszka Holland, aborda el mismo periodo desde la historia real de un joven judío que sobrevive haciéndose pasar por alemán e incluso ingresa en las Juventudes Hitlerianas. En el trasfondo aparece la reorganización económica y social del régimen, que moviliza recursos industriales y financieros para sostener su proyecto político.
Incluso producciones recientes han vuelto a examinar ese periodo. La serie alemana "Babylon Berlín" (2017-2022), muy difundida internacionalmente, describe con detalle los últimos años de la República de Weimar. En ella aparecen reuniones entre grandes industriales, aristócratas y políticos conservadores que buscan frenar a la izquierda apoyando movimientos autoritarios. Es una dramatización televisiva de las mismas dinámicas que describe el libro de Johann Chapoutot.
El libro "Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?" recuerda que el nazismo no fue solo un movimiento político radical. Fue también un proyecto económico apoyado por sectores poderosos que creyeron que podían utilizarlo para defender sus intereses. El miedo al comunismo desempeñó un papel decisivo en esa alianza. Para muchos empresarios y financieros alemanes, Hitler era una herramienta útil para impedir una revolución social. Ese cálculo se repite con frecuencia en la historia.
Johann Chapoutot menciona en varias ocasiones a la España de los años treinta, porque ofrece otro ejemplo claro. El golpe militar de julio de 1936 no fue únicamente una rebelión militar contra la Segunda República. También fue una operación financiada por sectores económicos que se sentían amenazados por las reformas sociales del gobierno republicano. Entre los financiadores del bando sublevado, los historiadores han documentado al empresario gallego Pedro Barrié de la Maza, propietario del Banco Pastor. Barrié proporcionó recursos económicos y apoyo logístico a los militares rebeldes y, posteriormente, se convirtió en uno de los grandes empresarios del régimen franquista.
No fue el financiador más importante de la guerra. Ese papel suele atribuirse a Juan March. Puso grandes cantidades de dinero al servicio de los conspiradores militares incluso antes de que estallara la guerra. Financiaba compras de armas, pagos a intermediarios y operaciones políticas para consolidar el levantamiento.
La familia March continúa controlando Banca March y la Corporación Financiera Alba, uno de los grupos inversores más importantes del país, con participaciones en grandes empresas. Otro personaje importante fue Francesc Cambó, líder político conservador catalán y también un gran empresario. Desde el exilio en Suiza financió generosamente a los sublevados. Su patrimonio se canalizó hacia fundaciones culturales y patrimoniales que todavía existen.
Un cuarto personaje clave fue Juan Ignacio Luca de Tena. Participó en la financiación del golpe militar y en la propaganda a favor del bando sublevado. La familia Luca de Tena sigue siendo hoy propietaria del grupo de comunicación Vocento, que controla periódicos como ABC.
También participaron otras grandes fortunas industriales. Entre ellas destacan varios nombres importantes. José María Oriol, empresario vasco ligado al sector eléctrico y ferroviario, fue uno de los apoyos económicos del franquismo y posteriormente presidió Hidroeléctrica Española. La familia Oriol sigue presente en el mundo empresarial español y ha estado vinculada a empresas energéticas.
L
a familia Ybarra. Una de las grandes dinastías industriales de Bilbao, vinculada a la siderurgia, la banca y los transportes marítimos. Apoyaron al bando franquista y posteriormente ocuparon posiciones importantes en el aparato económico del régimen. El apellido Ybarra sigue presente en empresas y fundaciones empresariales.
La familia Urquijo. Banqueros muy influyentes que apoyaron el nuevo régimen tras la guerra y participaron en la reconstrucción financiera del franquismo.
Otro grupo importante de financiadores fueron los grandes terratenientes andaluces y castellanos, especialmente aristócratas y propietarios agrícolas que veían al gobierno republicano como una amenaza a sus intereses. Entre ellos se encontraban miembros de familias nobiliarias como los Alba, los Domecq o los Romanones, aunque su participación fue más indirecta.
Ese vínculo entre poder económico y radicalismo político no pertenece únicamente al pasado. El libro sugiere que el estudio de la República de Weimar ofrece una advertencia importante para las democracias actuales, porque hoy la extrema derecha vuelve a crecer en muchos países. Su ascenso suele explicarse por el descontento social, la inmigración o la crisis económica. Pero detrás de esos movimientos también aparecen redes de financiación y apoyo mediático que Johann Chapoutot considera que merecen atención.
En Francia, el empresario Vincent Bolloré se ha convertido en una figura central del ecosistema mediático que favorece la expansión de discursos ultraconservadores. Su grupo de comunicación controla varias cadenas de televisión y medios que han dado espacio a figuras cercanas a la extrema derecha.
En Estados Unidos, el multimillonario Robert Mercer desempeñó un papel clave en la financiación de plataformas digitales y organizaciones políticas que apoyaron el ascenso de Donald Trump. El fenómeno también se observa en Europa oriental. En Hungría, el gobierno de Viktor Orbán ha contado con el respaldo de oligarquías empresariales que se benefician de su política económica.
En España el debate se ha centrado en el uso de la publicidad institucional por parte de las administraciones públicas como una fuente de financiación indirecta para determinados medios de comunicación. La intensidad de esa discusión ha llevado al Gobierno español a estudiar una reforma del sistema de publicidad institucional con el objetivo de aumentar la transparencia y limitar la dependencia económica de los medios respecto al dinero público.
Entre las propuestas que se han discutido figura la posibilidad de establecer un umbral máximo de ingresos procedentes de publicidad institucional, de modo que ningún medio pueda obtener más de un determinado porcentaje de su facturación de contratos con administraciones públicas. En algunos documentos de trabajo se ha mencionado la cifra orientativa del 35%, aunque esa limitación todavía no forma parte de ninguna norma aprobada.
En ese debate se cita con frecuencia el caso de la Comunidad de Madrid, gobernada desde hace décadas por el Partido Popular, como ejemplo de la amplia discrecionalidad con la que las administraciones autonómicas pueden distribuir su publicidad institucional. En los últimos años el gasto del gobierno regional madrileño en campañas institucionales ha superado los 40 millones de euros anuales.
Diversos análisis periodísticos han señalado que una parte relevante de esos contratos ha recaído en medios con una línea editorial claramente situada en el ámbito conservador del espectro político, lo que ha alimentado la discusión sobre hasta qué punto el reparto de la publicidad pública responde a criterios de audiencia y eficacia comunicativa o a afinidades políticas.
Este tipo de financiación no equivale a la que impulsó los movimientos fascistas del siglo XX. Las democracias actuales funcionan con reglas muy diferentes, pero el ejemplo sirve para recordar que el poder económico y mediático sigue desempeñando un papel importante en la construcción de proyectos políticos.
El mérito del libro consiste precisamente en devolver esa dimensión económica al debate histórico. Frente a la simplificación que atribuye el ascenso del nazismo a la crisis o al voto popular, Johann Chapoutot recuerda que la destrucción de la democracia alemana fue también el resultado de decisiones tomadas por élites concretas que defendían intereses y privilegios propios. Empresarios, banqueros, aristócratas y dirigentes conservadores que creyeron que podían utilizar a los nazis para sus propios fines.
El resultado fue uno de los mayores desastres políticos de la historia europea y esa es la advertencia que el libro plantea para el presente. Las democracias no suelen caer de forma repentina. Su erosión comienza cuando sectores influyentes consideran aceptable aliarse con movimientos radicales para preservar sus intereses. La historia de Weimar demuestra que esas apuestas pueden tener consecuencias imprevisibles cuando una derecha conservadora prudente se alía por estrategia con la más extrema, que acaba por devorarla.
Por eso "Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?" no es solo un libro sobre el pasado. Es también una llamada de atención sobre el presente. Una invitación a observar con más atención las redes de poder económico que existen detrás de los movimientos políticos que amenazan las democracias actuales.
Carlos López-Tapia































