“Dolor y gloria”

“Dolor y gloria”

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La web oficial.

El argumento: Narra una serie de reencuentros en la vida de Salvador Mallo, un director de cine en su ocaso. Algunos de ellos físicos, y otros recordados, como su infancia en los años 60, cuando emigró con sus padres a Paterna, un pueblo de Valencia, en busca de prosperidad, así como el primer deseo, su primer amor adulto ya en el Madrid de los 80, el dolor de la ruptura de este amor cuando todavía estaba vivo y palpitante, la escritura como única terapia para olvidar lo inolvidable, el temprano descubrimiento del cine, y el vacío, el inconmensurable vacío ante la imposibilidad de seguir rodando. “Dolor y Gloria” habla de la creación, de la dificultad de separarla de la propia vida y de las pasiones que le dan sentido y esperanza. En la recuperación de su pasado, Salvador encuentra la necesidad urgente de volver a escribir.

Conviene ver: “Dolor y gloria” es el viaje introspectivo por las inseguridades, miedos y reflexiones de un artista en el momento cúspide de su carrera, el de un director de cine en su ocaso aquejado de problemas físicos, recuerdos del pasado y deseos truncados. Mucho tiene que ver esta cinta no sólo con la vida del propio Almodóvar sino en la mirada al espejo de las filias, fobias, pasiones, características y grandes momentos que ha dejado su cine. Un universo femenino siempre rico, aquí representando en la figura eterna de la madre, tan volcánica y sacrificada como fundamental, esas vecinas que definen ese eterno, los altibajos de la fama, los desenfrenos de otra época, la evaporación de amores como vagos recuerdos y, sobre todo, la soledad, la culpa y el paso del tiempo que fundamenta un Almodóvar maduro, sincero, sobrio, complejo emocionalmente y más consciente de que, en un determinado momento, uno es sabedor de que tiene más pasado que futuro. El director lleva a cabo su particular “8 y ½” representando en un personaje como Salvador Mallo, un alter-ego tanto física como espiritualmente que escapa de la imitación como creador en crisis pero que sí que recoge su esencia y tormentos para construir al personaje tanto a la hora de mostrar la inseguridad del artista, la necesidad de reconocimiento de los demás, la turbulenta relación con sus actores, o sentimientos como el primer amor, el deseo y la dependencia hacia otra persona, en el contexto del Madrid de los 80 marcado por la heroína que truncó el porvenir de tantos jóvenes de la época. Todo el mérito es del guión y de un Antonio Banderas que en ningún momento cae en la sobreactuación sino que, fruto de tantos años trabajando con Almodóvar con sus momentos tanto de dolor como de gloria, sabe reflejar su alma sin necesidad de aspavientos ni efectismos, sino aprovechándose de detalles casi inconscientes fruto de la confianza labrada y vivida durante ese tiempo, en uno de los trabajos más sólidos de la carrera del actor. Y es que, al contrario de lo que sufre un director que piensa que su época ya ha pasado y que como una reliquia de otro tiempo asiste con estupor a la restauración de una de sus obras, Almodóvar ya no es el febril director de los 80, desbordante y vistoso, sino que ha ganado en poso y en temas propios de Hitchcock, Bergman o Fellini, no perdiendo su genialidad y, más si cabe, con una expectación cada vez más grande siempre que estrena como gran acontecimiento para la industria española. Una cinta que vuelve a recrearse en los detalles, con Alberto Iglesias en la música y Teresa Font (sustituyendo al recordado José Salcedo) en el montaje, apoyándose una vez más en una fotografía como la de José Luis Alcaine, luminosa y optimista para reflejar la infancia, en la que el recuerdo de lo positivo y lo añorado siempre destaca invadiendo toda la película y siendo clave para ese arrebatador plano final, y más sombría para la incertidumbre de la madurez tanto en el personaje de Banderas como en el de la madre encarnada tanto por Penélope Cruz, fascinante y fuerte desde la reverencial mirada infantil, como por una Julieta Serrano a la que será muy raro que se le escape el próximo Goya a la mejor actriz de reparto ante la limpieza de su mirada y un rostro marcado por los avatares de los sacrificios, los reproches y el declive de la vejez. A destacar también el buen hacer de Leonardo Sbaraglia (en sus conversaciones con Banderas) y Asier Etxeandía (su monólogo sobre la adicción) en un reparto siempre marcado por grandes nombres, todos a un gran nivel, estando presentes Nora Navas, Raúl Arévalo, Susi Sánchez, Julián López o Cecilia Roth. Una emoción latente, nunca desatada, escenas poderosas y hermosas en su simbolismo, en una especie de diván cinematográfico en el que el director se explaya en una de sus cintas más discursivas y monologadas depurando al máximo su estilo y forma en la que es no sólo su mejor película desde “Volver” (hace 12 años) sino también una de las que más puede aunar unanimidad a su favor tanto de parte de los que adoran al director como de los que son más escépticos con él completado una improvisada trilogía catártica junto a “La ley del deseo” (1987) y “La mala educación” (2004). Un viaje por una vida, una carta de amor a la figura de la madre, un homenaje al cine como refugio, un canto a seguir adelante con la fuerza que da la experiencia y la mochila del pasado. Y es que, sin ser una obra cumbre en el pódium de su filmografía, ni falta que le hace a un expediente lleno de grandes títulos, sí que estamos ante uno de esos trabajos que sólo demuestran el alcance del arte de un genio que gustará a un público amplio pero, sobre todo, conectará con los más cercanos a la sensibilidad, vida y trayectoria del director.

Conviene saber: Pedro Almodóvar dirige su 21º largometraje recuperando a algunos de los actores con los que más ha trabajado como es el caso de Antonio Banderas (octava vez), Penélope Cruz (sexta vez) y Julieta Serrano (cuarta vez).

La crítica le da un SIETE

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Comentarios

Marcos - 06.07.2019 a las 23:59

Gran película!. Personalmente, creo que es de las mejores sin duda de Almodóvar. Amena y profunda con un guión muy solido.
Memorable actuación de Banderas.

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