Mr. Pinkerton y el caso del adúltero alemán

Mr. Pinkerton y el caso del adúltero alemán

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¡Hola muchacho!

Te escribo sudoroso desde mi oficina, aguantando el calor de esta bochornosa mañana madrileña. El ventilador se lo he dejado a Marga para que el sudor no haga presencia en sus sonrosadas mejillas. Pero el calor abandonará pronto mi oficina, porque con lo que me han pagado con mi último caso he comprado un aire acondicionado que pronto me instalarán.

Justo cuando Fernando Torres marcaba su primer gol a Suecia en la Eurocopa sonó el timbre de la puerta de mi oficina. Marga abrió y apareció en escena una bella dama rubia de grandes ojos verdes. La miré y vi en su mirada a una mujer dura que sufría por dentro: ahí había caso y el destino nos unió. Tras sus primeras palabras comprobé que era alemana; automáticamente fui a por mi monóculo para hacerle la prueba, emulando al gran Sir Wildfrid de “Testigo de cargo”, y la superó magnificamente. Se llamaba Edwina, y sin derramar una sola lágrima me contó porqué quería contratarme.

Edwina era la esposa de un jugador de fútbol alemán que estaba en ese momento convocado por su selección. Le llegó el rumor de que su marido le engañaba con una empleada del hotel de concentración austriaco. Te confieso, muchacho, que hacía años que había dejado de llevar casos de adulterios. Y no porque fuese deshonroso seguir cámara en mano a una pareja de amantes distendidos, sino por el mal momento que se pasa cuando se confirman las sospechas. Pero esta vez acepté, porque Edwina me llegó al corazón, ¡y porque me facilitó entradas para ver los partidos de Alemania!

Una vez que llegué al hotel de concentración, me hice pasar por un turista despistado de invisible presencia, pero mis ojos no se apartaban de aquel rubiaco largo de grandes zancadas. Examinaba sus gestos en cada momento, para así poder detectar emociones furtivas, quizás una sonrisa lasciva, algo que me llevara a la deducción de que la infidelidad estaba a punto de cometerse. Muchacho, pronto sabrás que el conato de actos impuros transforma tu rostro hasta límites insospechados….

Me di cuenta de que nada más desayunar, el jugador en cuestión se excusaba y desaparecía durante diez minutos, pero averigüé que se trataba de una inocente escapada intestinal. Un exceso de bífidus activos, me imagino. Llevaba siempre conmigo una mini cámara de 3,4 MP incrustada en mi pluma, para que así no se me escapara la oportunidad de retratar los besos furtivos.

PinkertonHotelAustria.jpgPero pasaban los días y no veía nada extraño en el comportamiento del jugador. Alemania pasó a cuartos y ganaron a los portugueses. Luego llegó Turquía en semifinales y también ganaron. Para mi sorpresa, Alemania se iba a encontrar en la final a…. ¡España! Y yo con una entrada de primera categoría para disfrutar del encuentro. Muchacho, mi profesión a veces tiene sus cosas buenas.

El día de la final, Edwina me llamó para avisarme de que ella y su novio habían discutido por teléfono, por lo que las posibilidades de adulterio se multiplicaban. No podía despistarme en ningún momento. Allá donde iba el jugador, allí me encontraba yo. Schweinsteiger, el temible centrocampista, se cruzó un par de veces conmigo y sospechó de mí. Se creyó que era un paparazzi malévolo, pero le quité esa idea de la cabeza defendiéndome con mi alemán de la EGB, y me dejó libre.

Los días previos a la gran final los alemanes estaban muy nerviosos. Debían enfrentarse al equipo que mejor fútbol había hecho durante el campeonato. Los jugadores no paraban de moverse de un lado a otro en el hotel de concentración, y mi potencial adúltero se escapó del visionado de un video sobre España sin que el seleccionador se diese cuenta. Le seguí por los pasillos y mi sorpresa fue que esta vez no fue al baño sino al cuarto del material de limpieza. Abrí ligeramente la puerta, lo suficiente como para que mi pluma pudiese hacer las fotos del delito. Esperé como veinte minutos a varios metros hasta que primero salió el jugador e instantes después una bella señorita de pelo castaño. Llevaba el uniforme del hotel, pero era la primera vez que la veía. Al cruzarse conmigo me miró sonriente y me dijo en un inglés con acento alemán: “Do you want to kiss me, darling?”.

España ganó la final y lo celebré en el estadio vienés como un aficionado más. Volví a Madrid con las fotos que demostraban el adulterio y cité a Edwina en mi oficina. Me esperaba lágrimas, gritos y llantos de desesperación, pero la alemana visionó las fotos con suma frialdad e incluso con una ligera sonrisa en sus labios. Me dijo con sorna: “Gracias, Pinkerton. Ahora no me quedará más remedio que solicitar el divorcio. Mañana le hago llegar el cheque por los servicios”. Y se fue dejando tras de sí un halo de su encantadora presencia.

Al día siguiente un mensajero apareció con un sobre. Lo abrí y en él estaba un generoso cheque y una nota escrita a mano que decía: “Do you want to kiss me, darling?” Me quedé pensativo un buen rato, y me vi a mí mismo con treinta kilos más y sintiéndome más que nunca como Sir Wilfrid Robarts.

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