Cuaderno de viaje: Veracruz

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Querido diario:

Acabo de recibir una postal de mi tío. Ha salido por piernas antes de que llegue Iván, y asegura que tenía que visitar Veracruz para hacer unas investigaciones.


Querido sobrino:

Persigo unos zapatos, sobrino. Rojos, afilados, siempre nuevos. Arrastran a María Rojo tras una ilusión por los salones de México D.F. y tras el amor por la ciudad de Veracruz. Son dignos del fetichismo más agudo. Se envician en repetir la perfección del movimiento entrecortado del danzón.

Su grandeza es marcar con el ritmo exacto y la fuerza justa, ejecutan un arte marcial y femenino. Los rastreo en los lugares del rodaje que se mantienen conservados en el tiempo. Viajar al D.F. es sencillo, para ir hasta Veracruz hay tarifas aéreas desde 200 euros.

El local donde se rodaron los bailes se llama El Colonia y desde hace 75 años es la catedral del danzón. El ambiente es idéntico al de la película: compiten, fingen no mirarse cada vez que el compás marca un alto, locos por esta contradanza nacida en Inglaterra, adaptada en Francia, crecida en Cuba y que desde 1920 se ha nacionalizado aquí porque les gusta que el hombre mande y la mujer haga las florituras.

María Rojo quedó tan prendada del son que compró una vieja fábrica cuando terminó la película y comenzó las obras de un nuevo salón inaugurado hace ahora siete años. Le puso el nombre de salón México en recuerdo del primer local de danzón abierto en los años veinte. En el local originario los bailarines eran colocados según su clase social dividiéndose en mantequilla, manteca y sebo.

“El que no conoce Los Ángeles no conoce México”, reza el cartel fotografiado en la película y que está situado a la entrada del salón Los Ángeles, otro clásico que, junto al California, forman el trío de sobrevivientes dede la primera mitad del siglo.

María busca a su desaparecida pareja de baile en La Parroquia (calle Gómez Farias, 34). Es el lugar donde dan el mejor café de Veracruz y adonde acuden los marineros nada más desembarcar. Hay rusos, algún travesti, y nunca falta la marimba, el trío romántico o un grupo de soneros armados de tresillo, contrabajo, trompeta y bongos.

Girando la esquina se sale al malecón, desde donde se ve la isla Sacrificios. Corría el año 1518 y la bautizó así porque encontro una interesante cantidad de cadáveres ofrendados a los dioses. Por aquí entraron los españoles, los ingleses, los franceses y el danzón. Por eso María busca en la plaza de Armas donde cada martes, viernes y sábado, al caer la tarde, se reúnen las danzoneras y decenas de personas. Sé que María conserva los zapatos.

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