Berlín 2005: Del infierno al cielo en 48 horas y 6 películas.

Berlín 2005: Del infierno al cielo en 48 horas y 6 películas.

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Querido diario:

Acaban de encender las luces nocturnas en los pasillos de la Clínica. Hace frío fuera y el suelo estará muy duro. Tengo reservas. Me voy a papear algún clásico que transcurra en Hawai. Cena suave, así que mientras la busco pongo el neurotonelador que me hace bucear en A/C Martínez, todavía en Berlín. El traductor neuronal me dice algo así….

“Dudé de mi fortaleza el martes. Llegué fundido a la habitación, que ya tiene el aire familiar que acumula el tiempo hasta en los hoteles menos originales. Llevaba en mi interior 7 horas de cine malo, aburrido o pesado. El peor día del festival.
No me animó ni siquiera que alcanzáramos el punto de glamour más alto, porque no fue una estrella de cine, sino el cantante George Michael, que presentaba aquí un documental, donde él mismo es el conductor y te presenta hasta a su mamá. No he visto tanta expectación ni colas en todos estos días. Reproduzco la pesadilla del miércoles a continuación…

Me llegué a plantear el mirar si dice algo la Constitución Europea sobre la tortura psicológica cultural a la que me vi sometido desde las nueve de la mañana. Los franceses han traído nada menos que cuatro historias a Berlín y me tocaba la tercera. El protagonista es Sergi López, que aburrió hasta a los osos de metal. No es que sea mala, sino que hasta una inyección de Pentotal me hubiera dado más marcha. Es un melodrama blandito, con profesor de sordomudos con niña que se niega a hablar. Está muy vista, es lenta y previsible. Tengo que recordar el título, “Les mots bleus”, “Las palabras azules”.
La mayoría salimos a tomar un poco de aire fresco, sin saber lo que venía a continuación, en cuyo caso nos hubiéramos quedado en camiseta para frotarnos unos a otros con nieve.

Llegó entonces el señor Wes Handerson, un tío que hace un humor muy particular, un poco ingenuo y absurdo. Su película se llama ” La vida acuática con Steve Zissou”, sobre las aventuras de unos oceanógrafos. Resulta ser una parodia de Costeau y sus muchachos acuáticos. Vi que algunas personas se reían pero a mi me recordó a un programa infantil de tarde.
Llegué a la hora de comer sin ganas, menos mal que como aquí
Nunca tengo tiempo para comer, tampoco lo eché en falta. No podía suponer que aquello no se recuperaría, porque jamás supones que después de dos tostones no piensen en programar algo que te devuelva la tensión sanguínea por encima del 9.

La de la tarde no era tan horrible. Era muy muy rara, de Taiwán. Una mezcla entre porno pringoso, un musical kitch hortera, y cine chino del lento… de ese que si hay un pasillo de 200 metros, te comes al prota recorriéndolos en tiempo real. Tengo que reconocer en cambio que el título es ajustado:
“The wayward cloud”, “La nube errante”. Justo el aspecto que yo tenía cuando atravesé el “hall” del hotel, hacia mi habitación. Si esa noche alguna picadura me hubiera convertido en súper-héroe, ese sería mi nombre: “La nube errante”.

FADE OUT y FADE IN…
a la mañana siguiente.

Me he reconciliado gracias a las tres del jueves. La primera, “Érase una vez en Abril”, me sobrecogió con ese frío que te deja una película sobre genocidios. Retrata el de Ruanda, historia cruda y horrible, atrocidades que se ven en la guerra. Es una “pasada”. Es buena, me ha gustado más que “Hotel Rwanda” que va de lo mismo, pero que le quitará espectadores a esta porque llegó antes.
Luego nos han colocado cinefilia, un retrato del emperador Hiro Hito, pero intimista, con luces mortecinas, que retrata a Hiro Hito cuando decide renunciar a su parte divina al perder la guerra mundial. No creo que llegue a España, es rusa de producción, pero no estaba mal.

Y la mejor…

“De latir, mi corazón se ha parado”, una de las que se ha alzado entre las más favoritas. Ya he dicho que Francia traía cuatro y la cuarta ha sido la mejor. Si se cuenta el planteamiento suena a disparate: un matón que da palizas decide convertirse en concertista de piano. Un disparate que funciona y crece hasta película estupenda. Y sorprendente. Empiezas delirando con cámara al hombro y toma un rumbo que te arrastra. Tiene que llevarse algo, es de lo mejor que hemos visto.
Ya tengo mi disco duro casi a reventar, me voy a transformar en una especie de Johnny Nemonic. El sábado antes de las dos de la tarde cada oso tendrá su dueño… queda poco”.

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