Centenario Visconti: La primera película

Centenario Visconti: La primera película

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Querido sobrino:

Claridge y yo hemos pasado unas horas entretenidas en una de esas librerías que sólo encuentro en la vieja Europa. Le he regalado un libreto antiguo de la ópera Tosca. Estaba muy usado, pero el librero no sabía que la nota manuscrita en uno de sus ángulos pertenecía a Jean Renoir. Es de los tiempos en que Visconti se decidió a hacer una película, su primera película.

En 1941 murió su padre dejándole varias casas y la fortuna necesaria para producirla. Primero pensó en adaptar dos de los libros que más le gustaban por entonces, El gran Meaulnes, de Alain Fournier, y La malavoglia, de Verga, pero se decidió por seguir el consejo de Renoir y eligió El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, situándola en la Italia más profunda y titulándola “Obsesión”.

El título y el tema era muy adecuado para dejar asentado el”estilo” de Luchino en los rodajes: Ninguno de los participantes conservó buenos recuerdos de la experiencia.
Para sus dos protagonistas, contó con Massimo Girotti que hizo la interpretación más conocida de su carrera, a costa de su salud por la dureza de un rodaje que le hizo desmayarse cuando finalizó su último plano. Girotti se haría tan amigo de Visconti que hizo debutar a su hijo Mario, en “El gatopardo”. Nadie le reconocería hoy por su nombre pero si por el pseudónimo de Terence Hill y las películas de humor de “Trinidad”.

Para el papel de Giovanna, Visconti quería a Anna Magnani, a quien ya conocía por una serie de espectáculos de revista que triunfaban por toda Italia. Sin embargo, cuando estaba a punto de comenzar, la Magnani se quedó embarazada. Visconti tuvo que recurrir entonces a Clara Calamai. Clara no esperaba sufrir tanto, porque además de aparecer demacrada la mayor parte de la película, tuvo que repetir varias veces una escena en la que tenía que estar sumergida en agua congelada, así como otra en la que Massimo Girotti la abofeteó hasta terminar la secuencia llorando de dolor.

Italia estaba desgarrada por la guerra y encontrar el material para la producción era tan difícil que, al dilatarse el rodaje, el propio Luchino tuvo que vender las joyas de su madre.
No fue el único mal trago. En medio del trabajo le trajeron la noticia de que uno de sus hermanos había caído en la batalla del Alamein, y otro había sido detenido tras insultar a los nazis y su vida pendía de un hilo.

Luchino aguantó sin abandonar porque quería hacer una película “diferente” a las comedietas de teléfono blanco de entonces, sin saber que al mostrar a Italia con aquel realismo haría de “Ossessione”, la película que inicia el neorrealismo italiano.

CentenarioVisconti_Mussolini.jpgLa censura fascista la destrozó antes de permitir su estreno en la primavera de 1943 en Ferrara. El hijo de Mussolini, salió enfadado, gritando “¡Esto no es Italia!”.
Varios ministros llegaron a decir que la película era una auténtica ofensa al pueblo italiano, y por si quedaba algún espectador interesado, en una proyección en Roma, la policía interrumpió la sesión y tomó nota de los nombres de todos los espectadores.

Se entendía que quienes acudiesen a ver la película eran críticos con el fascismo, y era cierto. Luchino puso a disposición de la resistencia su mansión romana. En vía Salaria, sobre uno de los caminos más antiguos de Europa utilizado para comerciar con sal, se refugiaron varios militantes, prisioneros ingleses y norteamericanos
evadidos. Descubierto por los nazis, Luchino fue detenido y torturado. Aunque no fue condenado a muerte, su vida corrió grave peligro.

Una vez liberado por los americanos, Visconti recuperó sus posesiones y se dedicó de lleno a dirigir obras de teatro. Tardó seis años en realizar una segunda película, cuando ya había conseguido remontar Ossessione, que conoció una segunda carrera comercial. El público descubrió la película que se convertiría en uno de los referentes esenciales para los guionistas y directores del movimiento neorrealista.

No debo continuar, querido sobrino. He de seguir los pasos de un caballero que sale de comprar “canoli” sicilianos de una famosa pastelería. Es vigilante nocturno en la pinacoteca de Brera y preciso de algo que tiene. Deseo llevar a Claridge y ya sabes, detesto las multitudes.

Tu tío que te quiere. Aníbal L.

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