Lemur, el fantasma de la clínica

Lemur, el fantasma de la clínica

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Querido diario:

Soy necrófilo porque me dan más miedo los vivos que los muertos. Los fiambres ofrecen una amistad unilateral, pero nunca discutes con ellos. Hay excepciones como la de Lemur, un habitante de las alcantarillas bajo la Clínica que se deja ver poco. Para muchos sólo es un fantasma, una sombra blanquecina que se mueve deprisa y con el que me tropiezo alguna vez cuando salgo de la celda en busca de alimento y recorro los subterráneos que me llevan al exterior.
Lemur habla poco y sólo una vez me permitió entrar en su celda. Es un resto de la antígua clínica sobre cuyas ruinas se construyó la actual. Lemur es un filósofo, un estudioso del comportamiento humano en combinación con el cine. Posee un viejo proyector que echa a andar para que suene mientras mira un televisor gigantesco.
La oscuridad constante le ha dilatado las pupilas hasta convertir sus ojos en pozos negros donde se reflejan sus imágenes favoritas cuando se sienta, estático, a disfrutar del mundo de los sueños celuloídicos.
Aunque cuenta poco, sé que hubo una mujer en su vida y que, después de algunos años de felicidad, el amor se fue enfriando y Lemur callando, hasta que un día abandonó su casa y se refugió aquí abajo, donde no parece sentir el dolor del desamor porque entre la humedad, la temperatura y el silencio, puede vivir historias que no son las suyas. Le ayudan a olvidar.
Al escapar esta noche me lo he tropezado. Estaba de pie, inerte, en la acera de la cloaca principal. Me esperaba.
Como siempre, llevaba sus guantes blancos que, en contraste con su traje negro, me producen siempre la sensación de manos sin cuerpo que se mueven con suavidad en el vacío. Me ha señalado el camino a su celda y le he seguido.
No ha tenido que hablarme para que comprendiera su problema. Un cuerpo yacía junto a su ordenador. Un hombre. Muerto. El cadáver estaba muy bien vestido, un reloj caro, manicura reciente y corte de pelo a navaja, como ya se ven pocos. Las manos le olían a cuero de volante de coche caro y su expresión era de incredulidad. En su documentación se indicaba que era el presidente de una compañía de telefonía. Lemur llevaba ya demasiado tiempo con problemas de comunicación en su ADSL de banda ancha y esa es su única ventana al mundo exterior. “Es tuyo Teo” – me ha dicho- con su voz grave y acariciadora.
Le he dicho que yo no comía basura, pero que me lo llevaría para ver si por lo menos salía un caldo aceptable.
Con la ayuda de “el Venas” he conseguido resolver su problema de comunicación y Lemur me lo ha agradecido de una forma que casi me emociona. Se ha quitado el guante de la mano derecha y ha estrechado la mía. La esperaba fría y escurridiza, como su dueño al moverse por las noches cuando visita la parte alta en busca de medicamentos, o de algún psico del cine de terror japonés, entre los que tiene algún conocido. En cambio es una mano cálida y envolvente. Luego me ha pedido mi dirección electrónica y le he visto introducirla en su programa de correo.
Hasta hoy no he sabido que Lemur ha decidido enviarme sus historias favoritas de cada semana. No son grandes historias, o al menos no de las que ocupan las portadas de las Webs o los diarios, pero tienen algo enfermizamente humano. Me gustan y he decidido contártelas diario. Espéralas cada semana.
Y esta semana ha debido disfrutar mucho, porque me ha traído unos casos… Para empezar, el de uno que ha puesto su alma a la venta a través de internet. ¿Y qué tiene esto que ver con el cine? Pues que la productora de Tobey Maguire le ha hecho una oferta para comprar los derechos de su historia y grabar una película. Si crees que estas locuras sólo se les ocurren en Usamérica estás equivocado… Lemur me ha mostrado también la web de un madrileño que vende su voto por internet aprovechando que se acercan las elecciones. Dice que lo hace por promover el debate político. Será hasta que le hagan una buena oferta.
Otro caso que asusta es el de un intento de atraco en un cine de Benidorm: última sesión, nadie en la cola, un encapuchado entra en la cabina de la taquillera, la encañona y le pide la caja. Un antiguo trabajador del cine que iba a saludar a los antiguos compañeros llega al cine, ve la escena, se enfrenta al atracador con un par, recibe un balazo “en la entrepierna” y es llevado al hospital. Lemur bromea con lo de ¿un par?, pero me parece de mal gusto transcribirlo.
Cada vez se está poniendo más peligroso ir al cine. Mira si no otro caso que trae Lemur: el de una pareja alemana que se duerme en un cine mexicano y tienen que ser “rescatados” por los bomberos. La policía no aclara si fue la película lo que les durmió, bueno, ¿quién no se ha dormido alguna vez en un cine?
Pero, hablando de peligro en el cine… este es el caso de un niño de diez años que ha demandado a su vecina por querer dirigir la película que estaba haciendo. La vecina en cuestión había prestado al niño 11.000 dólares, así que, como productora de la peli pues quería organizarlo todo. Pero el director no se ha dejado y la ha llevado a los tribunales: “Ella quería tomar todas las decisiones”. Esta frase me suena… ¿dónde no la habré oído?

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