La vida en rosa es toda una historia

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Querido diario:

Édith Piaf fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise, no lejos de la calle donde vino al mundo a la luz de una farola y sobre la capa de un gendarme que ayudó a su madre. Su cortejo fúnebre pasó ante 40.000 personas que deseaban decirle adiós. Enterrados con ella están sus peluches preferidos, dos liebres y un león.
Édith tenía todas las facilidades para ser artista por herencia de familia, aunque facilidad no es la palabra adecuada, porque tuvo una de las vidas más duras de los triunfadores de su tiempo. Su abuela paterna era una árabe que se había ganado la vida por los pueblos como domadora de pulgas; el padre contorsionista acróbata y la madre una italiana que cantaba en cafetuchos de París.
Édith no llegó a vivir cincuenta años desde que nació bajo la luz de una farola de la parisina calle de Belleville.
Cuando tenía cuatro años, en la durísima posguerra parisina de 1919, una meningitis la dejó ciega, pero poco después recobró la vista gracias, según su abuela, al peregrinaje a la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Lisieux, que la mujer hizo con su nieta.
Si los primeros años de vida de Édith fueron difíciles, más lo fue su adolescencia.
Cuando tenía diez años su padre enfermó y la pequeña empezó a cantar en la calle la Marsellesa, la única canción que conocía, y que despertaba el patriotismo lo suficiente para que la echaran alguna moneda.
Cinco años más tarde conoció a una medio hermana, más pequeña que ella e hija ilegítima de su padre, y mientras Édith cantaba su hermana hacía malabarismos y recogía las monedas. Pobres como ratas, Édith y Simone dormían en las bodegas o en las calles, guareciéndose como podían de la intemperie y sin poder comer caliente todos los días.
Como no podía vivir de lo que le pagaban en los tugurios infames de Pigalle,
Édith tuvo que seguir cantando en las calles, y estaba cantando en una avenida cuando un hombre, elegantemente vestido, se detuvo a escucharla. Permaneció allí durante un buen rato, sin quitarle ojo, hasta que, alargándole un billete de diez francos, le propuso hacer una prueba. Era el dueño del cabaret al que acudían los famosos de París. Al día siguiente, Édith cantó todo su repertorio, y comenzó su carrera, ya rebautizada como Môme Piaf, que en francés significa “pequeño gorrión”.
Tardó todavía algunos años en convertirse en la gran dama de la canción francesa, y en dedicarse a ayudar a artistas noveles, como Yves Montand, Georges
Moustaki, Eddie Constantien o Charles Aznavour, con los que mantenía romances apasionados hasta que se cansaba y los abandonaba.
El gran amor de su vida fue El boxeador Marcel Cerdan, a quién conoció justo cuando “La vie en rose” empezaba a alcanzar el éxito. Pero la felicidad de Edith fue siempre muy efímera, ya que él murió en 1949, al estrellarse su avión.
A medida que se iba haciendo mayor, sus amantes eran cada vez más jóvenes y, tras cumplir los cuarenta años sus ingresos en centros hospitalarios fueron más frecuentes cada vez. Pasó por una operación de páncreas, una oclusión intestinal y un coma hepático, hasta que la atacó el cáncer.

Nos vamos a Paris, al año 1954, para respirar en la capital del Sena de la metáfora que destila la canción “La vie en rose” en una actuación en directo de Édith Piaf…

Vídeo

Aquí tienes este mp3 con la historia de una de las canciones más poplares de la historia de la música popular…

lavidanrosaasisehizo.mp3

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