Mr. Pinkerton y el caso de las joyas de Cannes

Mr. Pinkerton y el caso de las joyas de Cannes

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Hola muchacho:

No sabes cuánto necesitaba un caso como el último que he tenido. Estábamos Marga y yo muy tranquilos en la oficina la mañana del 10 de mayo, explicándole viejos casos, cuando sonó mi vetusto teléfono negro. Lo cogí al cuarto tono y al otro lado me hablaba una voz afrancesada: se identificó como uno de los capos de la firma de joyas Cartier, y tan sólo me dijo una cosa: “Le espero mañana a las 7 de la tarde en la cafetería del Hotel Majestic Barriere, en Cannes. Dentro de una hora le llegará los billetes del avión. No me falle.” Y colgó.

Como comprenderás, muchacho, aquello hizo hervir mi sangre de emoción, tenía ganas de aventuras y, para más inri, al día siguiente comenzaba el Festival de Cannes…. ¿Tendría eso algo que ver? Puntual acudí a la cita. Un hombre pequeño como un jockey y muy bien vestido me cogió del brazo y me llevó a la habitación 512, una de las suites del hotel. Fue abrir la puerta y empezar a creer en Dios: allí, a dos metros de mí, se encontraba la mismísima Monica Belluci, abrazada por un elegante vestido blanco y un collar de diamantes que debía lucir durante la presentación de “Una Historia Italiana”, su última película.

El ex-jockey me dio instrucciones claras: “Pinkerton, tenemos sospechas de que una banda quiere robar las joyas que luce Monica. Te hemos buscado porque no queremos que nadie del entorno lo sepa. Tu misión será no separarte de ella en ningún momento, y a la mínima sospecha, actúa.” Tuve claro que semejante bombón de caso era un regalo divino, y además, con lo que me pagaban, cubría el sueldo de Marga durante un año.

PinkertonEntradaCannes.jpg

La Belluci no me dirigía la palabra en ningún momento, y mi escueta figura apenas aparecía en su campo visual, pero mis ojos no podían apartar la vista de sus grandiosas…. joyas. Todo el mundo que se le acercaba era sospechoso: el director del hotel, el galante maitre del restaurante, su agente de prensa, los periodistas especializados…. Apareció de repente Sean Penn, presidente del jurado, y fue verle e imaginarle como el cleptómano guitarrista de “Acordes y Desacuerdos”. Una vez que acabaron la conversación, no me quedó otra que cachear al actor. Sólo percibí una pequeña petaca, y le dejé continuar con sus labores de presidente del jurado.

En la alfombra roja todo el mundo admiraba y chillaba a la actriz italiana. Era la gran estrella de aquel día. Su belleza era perseguida por todas las miradas, y su collar de brillantes por los mezquinos ojos de algún ladronzuelo de guante blanco. Durante la proyección, la oscurecida sala era el lugar perfecto para perpetrar el robo. El director de la película se arrimaba mucho a la actriz, quizás para hacerle comentarios sobre la misma, o quizás para hacerse con la preciada joya. Por sospechar, hasta empecé a sospechar de mí mismo, ¡o incluso del ex-jockey! Los 148 minutos de metraje se me hicieron eternos….

PinkertonConstantinopla.jpgA pesar de semejante vorágine, llegamos al hotel de vuelta con el collar rodeando el hermoso cuello de Monica. En el hall nos cruzamos con Woody Allen. Antes de pedirle un autógrafo le cacheé, no fuera que alguien le hubiese llamado al móvil diciéndole “Constantinopla”. En la suite, la Belluci desabrochó la joya y me pidió que yo mismo la introdujera en la caja fuerte mientras ella se tomaba una ducha. Qué belleza entre mis manos, qué brillo de lujuria…. un segundo más y acabo probándome el collar. Pero apareció el ex-jockey en ese mismo instante. Me pagó religiosamente por mis servicios y me felicitó por mi gran labor.

Muchacho, te aseguro que soy incapaz de entender por qué me contrató para semejante labor y sobre todo, quién le habló de mí. En cualquier caso, ese francés bajito y elegante me llevó al cielo por un día, me enseñó el paraíso y, cuando más a gusto me encontraba, me devolvió a mi polvorienta oficina en billete de turista.

¡Un saludo!

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