La pesadilla de Mr. Pinkerton

La pesadilla de Mr. Pinkerton

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¡Hola muchacho!

La curiosidad mata al gato, o eso dicen. Y la curiosidad me llevó a cenar en un restaurante mexicano la noche del 26 de septiembre. Estando en el metro, vi cómo un hombre enchaquetado le entregaba a otro con cicatriz unos documentos de forma sospechosa. Durante el trayecto no se dirigieron la palabra. Apenas se miraron. Y aprovechando la apertura de las puertas y el movimiento de los pasajeros que entraban y salían realizaron la entrega sospechosa. Pero no contaban con la sagacidad de Pinkerton allí presente. Ambos se bajaron en la siguiente estación, y en un momento determinado tomaron caminos diferentes; opté por seguir al que portaba el documento, lo cual me llevó al restaurante mexicano. Allí, el hombre en cuestión (llamémosle cariñosamente Max), se sentó solo. Todo el personal parecía conocerle bien. Le atendieron con suma simpatía y un toque de cotidianedad. Me tocó pedir, y debo reconocerte, muchacho, que soy un inculto en materia de comida mexicana, así que pedí aquello cuyo nombre tenía más musicalidad. Durante casi una hora, fui observando al sujeto mientras iba ingiriendo esa comida tan sabrosa pero… sumamente picantona. Cuando iba por el postre, se acercó a Max un hombre al que todo el personal le saludaba como “Jefe”, por lo que entendí que era el dueño del local. El sospechoso le entregó el documento del hombre enchaquetado y el Jefe dejó escapar una sonrisa de tonos crapulescos. Y en ese momento, una camarera le comentó a otra por lo bajini: “Ea, ya se ha hecho el Jefe con la receta secreta de ese cocinero que se despidió”.

Debo reconocer que descubrir la verdadera naturaleza del acto que observé en el metro me dejó bastante insatisfecho. Aquel día tenía hambre de heroicidad; necesitaba un caso superior, un caso de tintes diplomáticos, de robos de documentos presidenciales, con agentes de la KGB implicados… Pero resultó ser un simple caso de envidia y poderío hostelero digno de un detective de tercera. Me fui a casa lleno de insatisfacción y… con una pesadez de estómago y un ardor digno de un catador egipcio. Me acosté con la novena sinfonía de música de fondo, y condené al enchaquetado, a Max, al Jefe, al cocinero y a la comida mexicana de tal forma que casi provoco un conflicto diplomático con el país hermano.

Al cabo de dos horas, y tras contar ovejas enchiladas, conseguí conciliar el sueño. Pero el sueño fue convirtiéndose en pesadilla a medida que mi cena se iba regurgitando una y otra vez en mi delicado estómago. De repente me vi en un edificio en llamas donde trataba de escapar por las escaleras, pero las piernas me pesaban, y no paraba de ver ratas y encontrarme monedas por el suelo. Conseguí salvarme, pero me lesioné la pierna. Me escayolaron y la ambulancia me dejó en una casa grande donde una hermosa pero crispada mujer me chillaba sin parar. Así que llamé a mi mejor amigo, el Rubio, y nos fuimos a echar una buena partida de póker, donde hicimos trampas, como es de ley. Los que perdieron nos persiguieron durante horas, hasta el punto de que tuvimos que tirarnos desde un precipicio que daba a un río caudaloso. Pero conseguimos salvarnos, y me fui a jugar al billar con un chico joven muy presuntuoso. Aposté que si perdía la partida, me comía cincuenta huevos de una vez; perdí y me los tuve que comer. Menos mal que eran de codorniz

Muchacho, aquella pesadilla parecía ya una pesadilla de Fellini. Resultaba que en el sueño era un abogado balbuceante, y en mitad de un juicio se me acercó un hombre y me dijo al oído: “Caballero, le han concedido el Premio Nobel de Economía. Tiene usted que irse de inmediato a Suecia”. Me monté en el avión indicado, pero el piloto estaba borracho y acabamos aterrizando de emergencia en Israel, donde lideré a un gentío sublevado. Allí de nuevo veía ratas sin parar y me encontraba monedas en el suelo. Y sin venir a cuento, empezó a llover y las gotas iban envejeciendo mi piel, hasta convertirme en un anciano de pelo blanco, con bigote, con ojos azules intensos y un aire a gran estrella de Hollywood de reputación intachable.

Al día siguiente me desperté aturdido, encendí la radio y me sobrecogió la noticia del día: Paul Newman, había fallecido .
Muchacho, hay momentos en la vida en la que uno se da cuenta de que todo esto de vivir es algo pasajero, y ese momento es cuando un hombre legendario muere.

Un saludo afectuoso.

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