Mr. Pinkerton y la camorra napolitana

Mr. Pinkerton y la camorra napolitana

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¡Hola muchacho!

Ante todo, decirte que siento que la visita de Margari a tu centro acabara como el rosario de la aurora. La pobre está aún de baja, traumatizada por la experiencia de experimentar cómo tus compañeros se volvían locos (más si cabe) ante su femenina presencia. El director del centro ya me ha comunicado que ante próximas visitas de jovencitas, no proporcionarán yogures, para así evitar que algunos indecentes emulen la famosa secuencia de “El silencio de los corderos”….

Dicho esto, comienzo a relatarte mi última aventura, muchacho. Hace una semana llegué a mi despacho, como de costumbre. Me senté en mi silla giratoria, abrí el correo y me llevé la sorpresa con un sobre que incluía una entrada para la obra “Un dios salvaje”, en el Teatro Alcázar, la cual es interpretada por las maravillosas Maribel Verdú y Aitana Sánchez-Gijón. El sobre no venía firmado, y supe de inmediato que un nuevo caso se aproximaba a mi vida detectivesca. Aquella noche el teatro estaba a reventar, y casi no llego a tiempo para ocupar mi plaza. Cuando por fin me siento y me acomodo, miro a mi derecha y veo a un hombretón orondo, barbudo y con aspecto de fumar muchos puros; y me quedo atónito al comprobar que era ¡Francis Ford Coppola!

Lo primero que pensé es que esto era una broma de mi amiga Edwina. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el famoso director se gira hacia mí y me dice en un perfecto castellano toledano: “Buenas noches, Mr. Pinkerton”. Le saludé con tartamudez y prosiguió: “Siento haberle hecho venir aquí y que no pueda ver acabar la obra. Pero dentro de dos horas sale un vuelo para Napoles que usted debe coger. Allí le recibirá un tal Mario Fracasso, y él le dará las instrucciones oportunas. Tome este sobre, aquí tiene los billetes y el 30% de su remuneración. El 70% se le dará si resuelve con éxito el caso.” Ni qué decir tiene, muchacho, que hubiese deseado ver la obra con Coppola a mi lado, pero la verdad es que su caso me intrigó sobremanera, y tres horas después ya estaba sobrevolando el Mediterráneo camino de Nápoles. En el aeropuerto me recibió el tal Mario Fracasso, un hombre cincuentón con aspecto de oficinista. En la cafetería del aeropuerto me expuso el caso: “Signore Pinkertone, la camorra ha secuestrato il guión di El padrino IV firmato per Don Francis, allora…. Usted debe buscar a Vicenzo Camariere, il contacto della camorra qui en Nápoli. Don Francis non quiere pagare niente soldi…ehhh…nada de dinero. Está harto, capici?

El tal Fracasso me dio una reserva en el mejor hotel de Nápoles, pero se lo rechacé. Quería introducirme desde el principio en la vida de aquella ciudad tan salvaje y extrovertida. Me dijeron que para vivir el miedo tenía que pasear de noche por la plaza Garibaldi, frente a la estación de trenes, y allí me fui a buscar un mal hostal donde pasar la noche. En la estación me dieron la tarjeta de uno muy cercano; mientras me daban la llave de la habitación, una pareja risueña llegaba alborotada al ostello. El hombre, cincuentón y grueso, hizo un gesto de camarería al recepcionista, y éste le lanzó las llaves de la 204 con suma agilidad. Aquel lugar no estaba pensado únicamente para dormir y descansar. Las risas que se colaban a través de la pared me confirmó que algo más que descansar hacían los inquilinos. Yo decidí salir y vivir la noche napolitana, que no me recordaba precisamente a un dulce con chocolate. Caminando por sus calles me topé con la Pizzeria Da Michele, que es una de las más antigua de Nápoles y donde mejores pizzas se comen en todo el mundo. Me sorprendió ver que apenas había variedad, y me dijeron que se debía a que para ellos la mejor es la margarita, que tiene tan sólo mozarella y salsa de tomate, pero…. madre mía, qué salsa, qué sabor. ¿Para qué poner bacon, rochefor o champiñones a semejante maravilla?

Mientras devoraba la pizza le pregunté al camarero por Vicenzo Camariere, y en ese momento…. toda aquella inmensa sala se quedó en silencio, y todos los comensales me miraban como si hubiese mentado al mismísimo Satanás. El camarero me llevó arrastrándome al baño y me dijo bien claro: “Signore, questo nome non se dice in alto, capici? Cosa vuoi sapere di lui?” Casi sin respiración le mostré 20 euros y no tardó en cambiar de actitud. “Allora, si quieres parlare con lui, debi andaré a Casapesenna. Ma, atento, perche lui è molto pericolosso, ¿sabes?

A la mañana siguiente cogí un tren destino a Casapesenna. Qué distinta es esa Italia de la Italia de Roma, Milán o Florencia. Qué destartalado está aquello, como si nadie gobernase aquellas tierras, como si el Vesubio hubiese arrasado no sólo con Pompeya, sino con todo el sur del país transalpino…. Cuando llegué a aquel lugar, me metí en un viejo bar céntrico, y volví a preguntar por Vicenzo Camariere. El enjuto camarero con barba de tres días me sorprendió con un “Sono io”. Casi me da por reírme al ver que el hombre al que todo Nápoles temía era ese hombre bajito y con aspecto de no haber matado una mosca. Pero se me cortó la respiración cuando me dijo: “Tú sei ese Mr. Pinkertone que pregunta per me, vero?” Ahí me di cuenta de que el poder de la camorra es inmenso, y que no hay nada que se le escape. “Dile a Coppola que non le daré il guión dil padrino IV come no me dé il papel dil personaggio di Andy García, capici?” 

En ese momento percibí que la única manera de conseguir el guión era a base de mucha charla y usando mi manida mano izquierda. Dinero no había, y lo único que le interesaba al peligroso mafioso era unos minutos de gloria cinematográfica. Así que tras cuatro vasos de vino tinto, un plato de spaguetti de la abuela, un tiramisù pa quitarse el sentío y mucha verborrea, salí de ese local con un acuerdo: “Va bene, Pinkertone. Le haré llegar esta noche en Napoli il guione di Coppola, ma…. ricorda que il trato è un personaggio principale nella prossima película di Almodovar.” Así es, muchacho, no se me ocurrió nada más que ofrecerle un papel en la próxima película de nuestro director más internacional para apaciguar sus ínfulas cinematográficas. Y así de tranquilo y con el estómago lleno me volví a Nápoles para seguir visitando la ciudad. Los restos de la etapa española eran más que evidentes. Muchacho, qué bonita sería esta ciudad de haber tenido un trato parecido al de las capitales del norte, pero…. al mismo tiempo, qué sensación de ciudad viva tiene Nápoles, con sus calles estrechas repletas de gente, sus mercados callejeros, sus puestos de belenes, sus coches circulando como locos, sus niños corriendo por la Galería Humberto como si de un patio de colegio se tratase….

A la mañana siguiente me desperté y noté un bulto junto a la almohada. Encendí la luz y era…. ¡¡una cabeza de caballo!! Tras el esperado grito de pavor, conseguí controlar mis nervios y cogí el paquete que se encontraba entre la dentadura del equino. Ahí estaba el esperado guión de Coppola y una breve nota de Camariere que decía: “Si non è vero la tua promessa di un papel nella prossima película di Almodóvar, sará la tua testa la que aparezca en la cuadra de mis caballos, Pinkertone”. Y con esta nota con ese toque de humor camorrense, me fui camino de Madrid, con parada obligatoria en El Deseo SA.

Bueno muchacho, espero que mi próximo caso sea mucho más agradable. Te deseo lo mejor, como siempre. Y te haré llegar a tu celda un panetone di Natale que está para chuparse los dedos.

¡Saludos!

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Comentarios

anonimo - 30.10.2011 a las 21:56

la mafia olvida pero no perdona

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