Cannes 2019: El catedralicio trabajo de Terrence Malick y el retrato de liberación de dos mujeres

Cannes 2019: El catedralicio trabajo de Terrence Malick y el retrato de liberación de dos mujeres

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Querido Teo:

Aunque los primeros días han arrojado un nivel medio pero sin ofrecer títulos con el calificativo de arrebatadores que pusieran patas arriba la sección oficial ha sido en esta sexta jornada cuando ha irrumpido todo un ciclón que nos ha dejado a todos apabullados por la necesidad de contemplar desde el reclinatorio lo que nos ofrece Terrence Malick que va directo con “A hidden life” a por su segunda Palma de Oro tras la obtenida por “El árbol de la vida” en 2011. Y es que tras los vapuleos e idas de autor engullidas por un sentido de la divinidad demasiado abstracto en títulos como “To the wonder” (2012), “Knight of cups” (2015) y “Song to song” (2017) el director ha vuelto a demostrar todo su magisterio en una obra bellísima, emocionante, calculada con precisión de artesano y catedralicia por todo lo que tiene de ejercicio monumental de tres horas en el que el realizador de 75 años lleva a cabo su obra magna, una especie de “La lista de Schindler” en su regreso a la II Guerra Mundial contando la historia del objetor de conciencia Franz Jägerstätter que tras negarse a servir junto a los nazis en la II Guerra Mundial fue ejecutado por estos en 1943.

Decimos que “A hidden life” se asemeja a la obra de Steven Spielberg por todo lo que tuvo en su momento de obra cumbre para el director y es que Malick, sin abandonar un cine que tira de reflexiones en voz en off que parecen derivar desde el alma más interna de sus personajes, o incluso de la propia divinidad que parece en cierta manera contemplar desde el cielo lo que ocurre, demuestra que no hay director que maneje la cámara con igual mezcla de grandilocuencia, belleza pictórica, calculado detalle, capacidad de fascinación y riesgo en su incursión a la II Guerra Mundial centrándose en una historia en concreto, tan corriente como peculiar y sepultada por los libros de Historia, que nos lleva a una población campesina llamada Radegund donde vemos el día a día de una familia entre la siembra, el ganado y la contemplación de un paisaje idílico desde una perspectiva panorámica como si la cámara de Malick fuera directamente la del ojo de Dios. Y es que, a pesar de eso, donde la cinta no hace más que subir puntos es en ese minimalismo que lleva a que sean los silencios y el transcurrir de los acontecimientos sin necesidad de escenas bélicas, momentos cruentos o villanos arquetípicos para poder sentir de igual manera el ambiente enrarecido, la angustia de los que se quedan y el aliento en el cogote del intento de imperialismo nazi.

“A hidden life” tiene todo el cine del director en su película más rotunda, emocionante e impecable en fotografía, música y acabado formal. Para quedarse embelesado con una obra que es el mejor legado de Malick en su conexión permanente entre el cine y la divinidad, aquí centrándose en un objetor de conciencia, campesino padre de familia, que lleva a cabo su particular “via crucis” por no servir a la patria mientras los suyos, especialmente su mujer a cargo de las tres niñas pequeñas del matrimonio, tiene que sacar la granja y las tierras hacia adelante con la única ayuda de su fortaleza y la rabia de los que le privan de que su marido pueda estar con ella y sus hijas sólo por su valentía y sus ideales. Un contraste entre el viaje a los infiernos de unos y otros, tanto burocráticos por un lado como físicos y emocionales por otro, así como las contradicciones que emergen y sin ninguna posición de querer sentar doctrina o meter el dedo en el ojo del lagrimal, mientras un régimen cruel y deshumanizado es capaz de condenar y abandonar a su suerte incluso a los suyos, sólo por no seguir el demencial plan invasor y político del nazismo. ¿Se puede palpar el miedo, la miseria y la dignidad en tiempos tan nefastos como los de la II Guerra Mundial? Esta cinta demuestra que sí calando en los huesos con oficio, a fuego lento y sin aspavientos con una economía narrativa y de gestos encomiable para todo el poso que hay debajo de la superficie.

No es que Terrence Malick sea un ejemplo de director de actores pero aquí todos ellos están perfectamente insertados en la historia, desde los que tienen más relevancia hasta los que pasan a ser meramente anecdóticos. Es el caso de un August Diehl que se echa a la espalda la película con sobriedad, laconismo pero también contención que desarma ante una mirada entre la resignación, la determinación, el dolor y la dignidad. Un actor que encuentra aquí un gran trabajo para cincelar tras una extensa carrera en Alemania volviendo a aprovecharse Malick de esa facilidad suya a la hora de retratar ecosistemas familiares dando preponderancia al papel de la madre en relación con sus hijos, correspondiendo ahora a Valerie Pachner ese papel de sufridora que no puede tirar la toalla siendo la única que puede sacar a su familia adelante tras la larga ausencia de su marido arrinconada y ninguneada por unos vecinos y una iglesia egoísta e hipócrita que se apuntan a la sombra poderosa nazi que en ese caso es la que lleva el viento a favor. En el reparto, dentro de un buen número de actores más o menos conocidos, a destacar las últimas interpretaciones de los fallecidos y recordados Michael Nyqvist y Bruno Ganz.

“A hidden life” pasa a ser ya incontestable favorita a la Palma de Oro con un Malick que merece ponerse con méritos propios con el mismo registro que Loach y los Dardenne y al que nadie extrañaría ver con dos Palmas de Oro y con un Jurado en el que con tanta presencia de directores se puede valorar más su apabullante trabajo. En todo caso, Malick saldrá de aquí hacia al Oscar de mejor director que merece (fue candidato por “La delgada línea roja” y “El árbol de la vida”) junto a otras posibles menciones en la próxima temporada de premios entre las que tendrían que estar las de la insuperable fotografía de Jörg Widmer, sacando todo el partido a la luz natural de los Alpes austriacos, y la brillante y envolvente banda sonora de James Newton Howard. Una película inabarcable, bellísima y monumental digna de estudio como ejemplo de que incluso el propio cine puede trascender y alcanzar una dimensión mayor con genios como Terrence Malick permitiéndose tratar temas tan complejos como el de la resistencia y la fe en tiempos de crisis, auges de radicalismos y deriva de los organismos políticos y religiosos rindiendo culto a esos héroes desconocidos ejemplos ante las incertidumbres del futuro y sin las loas que en su pasado merecieron. Tras su exhibición se ha confirmado su compra por parte de Fox Searchlight Pictures por un valor de 14 millones de dólares superando las ofertas de A24, Netflix o Paramount.

La sección oficial ha continuado con buen tino de la mano de “Retrato de una mujer en llamas” de Céline Sciamma, directora que sorprendió en 2011 con “Tomboy” haciendo de la liberación sexual y femenina uno de los emblemas de su cine. Es lo que ocurre en su nueva película, un trabajo de época en el que en la Francia de 1770 una pintora recibe el encargo de hacer el retrato de boda de la hija de una noble de origen italiano y que viene de estar un tiempo en el convento para solventar una serie de dudas que siguen sobrevolando en su personalidad y en su modo de encarar su vida. De una manera que juega con los espacios cerrados del palacio ambas mujeres van acercando posiciones entre artista y retratada, generando una complicidad física avivada por el entorno asfixiante e hipócrita en el que conviven entre castas y apariencias con un deseo soterrado entre represión social, el mito de Eurídice y la importancia que juega en la cinta todo lo relacionado con los retratos casi como un modo de comunicación entre ambas mujeres. Una cinta sensual y arriesgada en forma y fondo, perfectamente rodada, con una secuencia como la del aborto abordada don tremenda personalidad, y que va de menos a más cociéndose a fuego lento hacia un potente climax que deriva en un primer plano de la protagonista encarnada por Adèle Haenel en el palco de la ópera y que es la mejor carta de presentación para justificar el premio a la mejor actriz que podría ganar la que ya participó en el primer trabajo de la directora, “Lirios de agua” (2007).

Una cierta mirada ha acogido “Chambre 212”, el nuevo trabajo de Christophe Honoré que se quita la densidad dramática y literaria que tenía su anterior título, “Vivir deprisa, amar despacio”, que compitió sin mucha fortuna en la sección oficial del año pasado. Un Honoré ligero y juguetón que propone un delicioso reencuentro amoroso con si mismos de una pareja afectada por la rutina tras más de 20 años de matrimonio. Para ello, y tras una infidelidad de ella, se separan durante una noche para reflexionar si tienen que seguir con su vida en común y cuál es la decisión correcta lo que supondrá un viaje fabulado de la protagonista desde la habitación de hotel que da título a la película por las personas que han marcado su vida, entre ellas una réplica joven de su marido en el momento que le enamoró. Muy Nouvelle Vague y con Chiara Mastroianni, Vincent Lacoste y Benjamin Biolay encabezando el reparto. Muy disfrutable de la mano de un director que pocas veces falla y que, de género en género, refleja su oficio, versatilidad y claridad de ideas arropando para sí las grandes armas que el cine francés ha tenido a la hora de reflejar las relaciones de pareja.

Fuera de concurso se ha visto “Los años más bellos de una vida” de Claude Lelouch, cinta en la que recupera a la pareja y al material de archivo de “Un hombre y una mujer” (1966) que cuenta con Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée (por aquella cinta fue nominada al Oscar) en una última y testamentaria colaboración llena de nostalgia, ternura y cariño por los actores y una vida que confluye ante el carisma que destilan en este encuentro. La maestría de unos actores que han dedicado toda una vida a transmitir con unos personajes en los que realidad y ficción se dan la mano. Entre los estragos de la memoria, la senectud y la química de toda una vida Trintignant y Aimée llenan la pantalla con sencillez y un halo conmovedor con esa inocencia que da la sensación de agarrarse a la última oportunidad de volver a sentir cuando él, un ex piloto de carreras perdido en su memoria sigue recordando al más intenso amor de su vida a pesar de todas las mujeres que han pasado por sus brazos, se reencuentra con ella cuando su hijo va en busca de esa mujer para proponerle que le ayude a alegrar a su padre en su rutinaria vida en la residencia entre vagos recuerdos. Un trabajo correcto y evocador que rinde tributo a dos grandes leyendas de la cinematografía gala en su último viaje conjunto, tanto físico como espiritual, en dos almas que vuelven a encontrarse tras más de cinco décadas separadas y entre las que la confianza y el amor sigue intacto. Aunque esto ya lo hemos visto en películas del cine reciente que van desde “El diario de Noa”, “¿Y tú quién eres?” o “El viaje de sus vidas”, ver a Trintignant y Aimée juntos de nuevo en la estación terminal de sus vidas cogiendo el último tren no puede ser más que un deleite para cualquier cinéfilo y un regalo que Lelouch ha llevado a cabo como testamento.

Nacho Gonzalo

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