Cine en serie: “Así nos ven”, la angustia de un destino marcado por la injusticia

Cine en serie: “Así nos ven”, la angustia de un destino marcado por la injusticia

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Querido Teo:

Netflix sigue teniendo un gran problema a la hora de dar eco a sus lanzamientos. Y es que, entre tanta oferta, y teniendo que separar poco grano entre tanta paja, unas apuestas se comen a otras engullidas por el sumidero de la intrascendencia, el olvido y el consumo rápido. Pero entre todo ello emerge (y si no conviene hacerlo destacar) la miniserie “Así nos ven”, la reconciliación con Ava DuVernay, que si bien se reveló con “Middle of nowhere” (2012) y después se quedó a medio camino en “Selma” (2014), tocó fondo cuando quedó coaccionada por la maquinaria de Hollywood dirigiendo “Un pliegue en el tiempo” (2018). En la miniserie “Así nos ven” ofrece un ejercicio lleno de solidez, emoción y que termina erigiéndose como uno de los mejores títulos que veremos este año.

“Así nos ven” sigue la senda de un celebrado documental, “The Central Park Five”, que en 2012 acaparó un buen número de nominaciones contando el caso de cinco adolescentes, todos ellos hispanos o negros, que fueron detenidos acusados de violar y dejar en coma a una joven ejecutiva corredora el 20 de Abril de 1989 en Central Park, actuando como una manada frente a la confusión de la marabunta de casi una treintena de jóvenes dispuestos a liarla esa noche, y siendo condenados a penas entre 6 y 13 años de cárcel. A pesar de las sombras que dejaba el caso, la presunción de inocencia quedó aniquilada y se destrozó la vida de estos cinco jóvenes que sufrieron las consecuencias del color de su piel y la discriminación habitual de su raza siendo víctimas de interrogatorios violentos e inhumanos y de un error judicial histórico promovido por un estamento policial que quería, sobre todo, construir su verdad, una fiscalía que quería una sentencia ejemplarizante frente a la violencia e inestabilidad que se vivía en la ciudad de Nueva York, unos medios de comunicación ávidos de carnaza, y un racismo que todavía reside en la idiosincrasia de toda una sociedad que aupó como presidente a un Donald Trump que, desde su torre de oro, no dudó en pedir la pena capital para estos chicos.

Antron McCray, Yusef Salaam, Korey Wise, Raymond Santana y Kevin Richardson tuvieron la mala suerte de estar en el peor lugar en el momento menos adecuado pero, sobre todo, su gran mal fue nacer negros. Y es que en una Nueva York de ambiente enrarecido vemos a unos jóvenes de Harlem que en una noche siembran el caos en Central Park insultando, vejando y golpeando a ciclistas y corredores. Todo se complicó más cuando la policía encontró el cuerpo moribundo de la financiera Trisha Meili, una corredora que había sido violada y brutalmente golpeada. Y es que, si bien esa misma noche una mujer negra fue violada y lanzada desde una azotea, los medios se volcaron en el caso de una Meili que, estando en coma primero y habiendo perdido la memoria después, nunca acusó directamente a unos jóvenes que truncaron su destino por la necesidad de una ciudad en encontrar a los culpables ante la incesante criminalidad y, por otro lado, aprovechándose de su volubilidad propia de la juventud (todos menos uno menores de 16 años) para que presionados por la policía, retenidos y atemorizados, sellaran su sentencia siendo coaccionados para confesar, mediante inculpadoras grabaciones de vídeo, unos hechos que no habían cometido primando el hecho de que se les prometiera volver a casa con sus familias, lo único que en ese momento de pánico deseaban. Había que encontrar al culpable y dar la sensación de que la situación estaba controlada a pesar de las continuas versiones contradictorias entre los chicos y que ninguna de las pruebas les señalaran como culpables, ni siquiera el ADN, como colofón a 30 horas de interrogatorios sin comer, dormir ni contar con representación legal más allá de unos padres tan aturdidos como esos jóvenes inmersos en una pesadilla kafkiana pero tan real que todavía hoy hiela la sangre.

Después de conseguir la nominación al Oscar con “The 13th”, Ava DuVernay vuelve a adoptar un tono documental y nada populista dirigiendo y coescribiendo los cuatro capítulos de una miniserie tan angustiosa y cruda como indignante y necesaria. Y es que la serie arroja muchas sombras sobre el respaldo que da el estado de bienestar en las instituciones que tienen que preservar la seguridad y la justicia sobre un caldo de cultivo que tres décadas después no parece que se haya disipado en una sociedad que sigue arrinconando al diferente y que nada en el prejuicio y en el recelo provocado por la diferencia de clases o simplemente por el color de piel. También sobre los peligros de la palabra cuando nutre un discurso que pretende minar la personalidad del otro a base de mentiras, coacciones y promesas vagas sin ningún escrúpulo. Todo para que el dogma del supremacismo blanco se cumpla frente a unos negros que para buena parte de la sociedad USA, hipócritamente tolerante, no son de fiar.

En un intento de separar la raza de la delincuencia, Ava DuVernay dirige con brío, nervio y rabia una historia que aborda con honestidad y profunda emoción pero sin necesidad de efectismos, músicas de violín o interpretaciones desgarradoras. Y es que lo que vemos alcanza verdad y golpea todavía más al espectador gracias al tono de una puesta en escena realista, directa y asfixiante con tensión “in crescendo” en el que el principal miedo es el de la sinrazón cuando la verdad, a pesar de que se sepa que ninguno de ellos es culpable, se siente impotente para emerger a la luz. Es ese espíritu combativo de Ava DuVernay el que lleva a la cinta a ser un trabajo tan riguroso como certero e intenso al que contribuyen sin duda un reparto de jóvenes actores que encogen al espectador ante sus lágrimas y miradas rotas por el estupor y la desesperación, tanto de verse obligados a admitir algo que no hicieron, padecer como hasta sus familiares se resignan a su suerte, y sentir como la soga de una justicia ciega y desequilibrada les aprieta el cuello.

“Así nos ven” aborda la reconstrucción de los hechos sin perderse en dardos o en datos farragosos sino que lo deja todo a la fuerza de la historia y a la naturalidad y honestidad con el que el grupo de actores aborda el drama de sus personajes. De entre todos ellos conviene destacar a Jharrel Jerome que, tras sorprender en “Moonlight”, ahora es el único que interpreta a su personaje a lo largo de los 25 años que abarca la acción desde la noche en el parque y la posterior condena hasta la exoneración de todos los cargos en 2002 (algo que como en la mayor parte de las historias tuvo lugar de manera fortuita e inesperada gracias a la confesión del verdadero autor de los hechos tras coincidir con uno de los chicos en prisión y la conversión religiosa de éste queriendo acatar las consecuencias de sus pecados) y la compensación económica y tributo que les dio la ciudad de Nueva York en 2014 en un acto tan de ley como de taparse las vergüenzas del pasado en el que los causantes de ese error inhumano se fueron de rositas.

Jerome es uno de los motores emocionales de la serie (con una sobresaliente evolución física y psíquica que dedica a su personaje el cuarto y último capítulo) metido en todo ese barullo simplemente por, en un acto de amistad, acompañar a uno de los chicos a comisaria, siendo al final el que más tiempo está encarcelado entre traslados, actos de violencia que sufre y celdas de aislamiento, al igual que la rebeldía del Antron que interpretan Caleel Harris y Jovan Adepo, la mirada perdida de Asante Blackk y Justin Cunningham en el papel de un Kevin apasionado de la trompeta que desarma ante su inocencia infantil, o la indefensión que siente Marquis Rodríguez y Freddy Miyares como Raymond, el único latino del grupo que será uno de los que más sufrirá el difícil encaje tras incorporarse a la vida civil.

En el reparto rostros conocidos como los de Felicity Huffman y Vera Farmiga representando a los estamentos policiales y judiciales más cerriles y maquiavélicos, especialmente la primera como la sinuosa y empecinada Linda Fairstein, o Michael Kenneth Williams y John Leguizamo como unos padres que ya no saben que es lo mejor para sus hijos. También la recurrentemente televisiva Niecy Nash o Joshua Jackson como uno de los abogados que termina erigiéndose en portavoz de la defensa de todos ellos frente a un juicio concebido como un circo con un resultado marcado de antemano.


Si el primer capítulo nos lleva a la frustración que se vive en las dependencias policiales, en la que la llama en la mecha parece cada vez más cerca del explosivo, el segundo deriva a ese juicio en el que las cartas marcadas suponen un cúmulo de sensaciones de todos los personajes ante su destino para luego dar el salto temporal en los dos siguientes capítulos, no sin riesgo desde el punto de vista narrativo, centrándose en unos tipos que han perdido toda inocencia, y que extranjeros de sí mismos, intentan recuperar lo que fueron, ahogados por la pérdida de unas vidas que les han convertido en almas errantes de lo que pudieron ser ante una noche de juerga, juventud y rebeldía que terminó condenándoles siendo nunca culpables pero siempre víctimas de un estigma grabado a fuego y que les condiciona todo futuro a la hora de encontrar un trabajo o mantener una relación de pareja frente al desdén y odio de los demás.

Ava DuVernay es clara y directa, nunca panfletaria, a la hora de narrar los males de una sociedad que, antes de que tuviera su reflejo en las películas de Spike Lee y John Singleton en los primeros 90, y todavía condicionada por el estereotipo del negro representado por los blancos en el cine y la literatura de las décadas anteriores del siglo XX, no parece haber cambiado mucho a la hora de marcar al enemigo por su color o religión siguiendo la ley del Oeste, condenando primero y preguntando después cuando todavía existe el corredor de la muerte en determinados estados, se potencia el uso de armas, hay tiroteos en las escuelas o continuos casos (asumidos como si nada) de abuso policial a nivel interno y de avasalle imperialista sin miramiento a nivel internacional en el que ningún país del mundo parece librarse cuando la política estadounidense entra en juego.

Todo un ejemplo a la hora de narrar la angustia del miedo ante el riesgo de ser excluido en un ejercicio fílmico medido, rotundo y brillante que muestra todo lo que es capaz de reflejar con su mirada una directora que ha vuelto a rebelarse como una voz inteligente y como una analista que nos lleva ante los dramas del pasado como orígenes de los males del presente en una serie rica en narrativa que no sólo se adentra en el error judicial sino también disecciona una sociedad marcada por el miedo y la inseguridad en la que se cuida de manera rica a cada uno de los personajes, no sólo a esos cinco chicos sino también especialmente a unos familiares (madres sufridoras, padre noqueados, hermanos y hermanas incapaces de entender lo que ocurre, novias y relaciones que se quedaron en el camino, etc…) o a unos miembros de colofón penitenciario que van desde los abusones intransigentes a aquellos que, incluso en un nido de perdición, son capaces de sacar a flote algo de humanidad compadeciéndose de la situación de aquellos a los que tratan como a ellos les gustaría que hicieran si el sufrimiento tocara a algunos de los suyos.

Un recorrido elegante, emocional y desolador por la condena en vida de unos chicos en cuya mirada reside el dolor en el que la resignación ya ha ahogado todo atisbo de sentido de justicia. Sólo quedará volver a casa aunque el perdón de todo un pueblo, de todo un sistema, venga con el regusto amargo de un destino condenado a repetirse en el que, en determinadas personas, un paso en falso es más implacable para unos que para otros. Las fichas de un tablero de un ajedrez en el que las blancas siempre ganan.

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Nacho Gonzalo

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