Coleccionable Stephen King: La madre

Coleccionable Stephen King: La madre

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Querido Teo:

Stephen King comenzó a usar su imaginación a los seis años, copiando viñetas. Había perdido el primer año de colegio a causa de su mala salud y después de varios meses en cama, devorando tebeos y los primeros libros infantiles, comenzó a añadir descripciones de cosecha propia. “Era capaz de escribir: «Estaban acampados en las jolinas.» Todavía tardé uno o dos años en descubrir que «jolines» y «colinas» eran palabras diferentes. Me acuerdo de que en la misma época creía que una puta era una mujer altísima. Un hijo de puta tenía condiciones para jugar a baloncesto”. La familia King era todo lo contrario de acomodada. El padre había abandonado a su madre, dejándola con dos hijos, Dave de cuatro años y Stephen de dos, y también con un montón de deudas. Su madre fue la primera que le dijo que escribiera un cuento propio, su primera lectora al terminarlo y su primera compradora al pagar 25 centavos a su hijo por cada uno de los siguientes cuatro cuentos con un conejo blanco de protagonista. En la navidad en que Stephen tenía once años fue quien le regalaría su primera máquina de escribir. El peso de esta mujer “liberada a la fuerza”, se hace muy presente en muchas entrevistas y en las propias notas autobiográficas de su hijo. En todos los momentos decisivos para la carrera y la vida del escritor, encontramos a su madre.

“Yo tuve una infancia muy rara, con una madre soltera que al principio viajaba mucho, y que durante una temporada quizá nos dejara a mi hermano y a mí al cuidado de una hermana suya porque no estaba en situación anímica de ocuparse de nosotros. Lo haría muy pronto, arrastrando todo tipo de dificultades y ganándose la vida en empleos temporales de cualificación baja, respondiendo con su independencia rebelde a sus siete hermanos, que la consideraban la “oveja negra”, y a los que acabaría sobreviviendo.”

Durante los primeros años la vida de Stephen y su hermano mayor era de trashumancia permanente entre Indiana, Wisconsin y Connecticut, con la madre de trabajo en trabajo; sirviendo copas, horneando pasteles a las cinco de la mañana o planchando sábanas en una lavandería donde las temperaturas estivales rebasaban con frecuencia los 43 grados, donde de Julio hasta finales de Septiembre había que tomar pastillas de sal dos veces al día para compensar la perdida por sudor, y donde era la única mujer blanca que trabajaba en el rodillo escurridor. Era una persona muy reservada, que había visto frustrada su ambición juvenil de ser concertista de piano, que contaba a sus hijos que había tocado el órgano en radionovelas de la NBC y en espectáculos parroquiales durante la guerra. Los trabajos que estaba dispuesta a desempeñar la permitían ser autosuficiente, era divertida y un poco loca. Stephen recuerda siempre un día en que vació en el suelo un recipiente de gelatina, y bailó encima mientras sus hijos se partían de risa en un rincón. Pero al mismo tiempo intentaba educar a sus hijos lo mejor que sabía y conseguir el dinero necesario para que estudiaran. “Mi madre ganaba una miseria haciendo de gobernanta en un asilo de enfermos mentales de New Gloucester, pero estaba decidida a enviarme a la universidad, como a mi hermano David”.

Los jóvenes que no iban a la universidad eran enviados a la guerra no declarada del presidente Johnson, y muchos volvían dentro de una caja. La madre de King era una republicana convencida, aplaudía la «guerra contra la pobreza» de Johnson pero no sus proyectos en el sudeste asiático. El día que Stephen le comentó su idea de alistarse, con la excusa de que podría conseguir material para un libro, su reacción fue radical: “No seas burro, Stephen. Con la vista que tienes te matarían al primer tiro. Muerto no se puede escribir”. En vez de alistarse, King aceptó otro consejo más de su madre, «… para que tengas un cojín. Piensa que un día puedes querer casarte, y las buhardillas a la orilla del Sena sólo son románticas para los solteros». Sacó el título de maestro, aunque sin demasiado entusiasmo…. “Salí como un golden retriever de un estanque con un pato muerto en las fauces: tan muerto el título como el pato”.

ColeccionableStephenKingMadreCarrieA sus sesenta y un años la madre de King seguía trabajando y conservaba su sentido del humor, pero los dos hermanos comenzaron a preocuparse viendo su mesilla llena de analgésicos, los cigarrillos fumados en cadena, y sospechando de su reserva habitual. Le diagnosticaron un cáncer de útero y se aceleró el declive. El final se produjo en 1974 cuando “Carrie” ya empezaba a dar dinero. Se la habían tenido que leer a la enferma en voz alta, y en la mesilla, junto a la cama, tenía una galerada encuadernada de la novela. King escribió y publicó los últimos momentos de su madre, y uno de los mas duros para él mismo.

“Dave me despertó a las seis y cuarto de la mañana susurrando al otro lado de la puerta que temía lo peor. Al entrar en el dormitorio principal, lo encontré sentado al lado de la cama y aguantándole un cigarrillo a mamá, que lo fumaba entre resuellos. Estaba medio inconsciente, y su mirada oscilaba entre Dave y yo. Me senté al lado de Dave, cogí el cigarrillo y lo apliqué a los labios de la moribunda, que abocinó los labios para apresar el filtro. Los ojos de mamá miraban a Dave y luego a mí, a Dave y a mí, a Dave y a mí. Había bajado de setenta y dos kilos a cuarenta. Tenía la piel amarilla, y tan tirante que parecía una de las momias que sacan a pasear los mejicanos el día de los muertos. Nos turnamos para aguantarle el cigarrillo, y cuando sólo quedaba el filtro lo apagué yo. Mis niños, dijo ella, antes de caer no sé si en el sueño o la inconsciencia. Me dolía la cabeza. Cogí dos aspirinas de uno de los muchos botes de medicamentos que tenía mamá en la mesita. Dave le cogió una mano, y yo la otra. Lo que había debajo de la sábana no era el cuerpo de nuestra madre, sino el de una niña desnutrida y deforme. Dave y yo fumamos y conversamos un poco, no recuerdo sobre qué. Por la noche había llovido y había bajado bruscamente la temperatura, amaneciendo heladas las calles. Oímos que se alargaba la pausa entre resuello y resuello. Por último ya no hubo ninguno, sólo pausa”.

Carlos López-Tapia

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Comentarios

ronda - 08.07.2010 a las 13:13

Espeluznante el relato, me ha dejado la piel de gallina… qué bueno!

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