“Vida privada”, la cotidianeidad de una pareja en sus intentos de ser padres

“Vida privada”, la cotidianeidad de una pareja en sus intentos de ser padres

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Querido Teo:

Directamente en Netflix se ha estrenado “Vida privada”, el nuevo trabajo de la directora y guionista Tamara Jenkins, un nombre asociado a la ola del cine “indie” USA que explotó a finales de los 90 y en la primera década de los 2000 y que sigue ofreciendo su sello característico. “Vida privada” ha conseguido 2 nominaciones en los premios Gotham y es su tercera película como directora, tras “Colgados en Beverly Hills” (1998) y “La familia Savages” (2007), tratando ahora con naturalidad y sorprendente verdad la cotidiana lucha de un matrimonio que, bien pasados los 40, sigue probando todas las opciones para ser padres encadenando intentos infructuosos, el negocio de un sistema médico que intenta sacar tajada de la desesperación de parejas en ese trance, y la incomprensión generalizada de una familia y amigos que observan con cierta condescendencia ese intento de realización personal con el que intentan sustentar la construcción de una familia.

La película ya se inicia con una escena que, de la sensación pasional inicial que nos da, ya deriva en un golpe de humor negro y caustico que inunda toda la cinta y en la que vemos a él poniéndole una inyección en el trasero a su mujer con el fin de que genere más óvulos dentro del programa de tratamiento de fertilidad que están llevando a cabo. La cinta pronto da a conocer los anhelos de una pareja que se quiere y se complementa a la perfección, dos almas gemelas que no necesitan de ningún hijo para mejorar su relación o su vida en común, pero que tiene ese anhelo propio de una sociedad que, intencionadamente o no, tiende a presionar siempre que ve a una pareja en edad de merecer preguntándole cuándo va a llegar el momento en que se conviertan en padres. Eso es algo con lo que no tienen que lidiar una pareja que es vista por los demás, especialmente la familia del hermano de él, como un caso perdido que tropieza una y otra vez con la misma piedra sin éxito, incluso llevando paralelamente un proceso de adopción, del que siempre tienen que estar alerta para dar la imagen de la pareja ideal, junto a las citadas sesiones que, sin garantizar el éxito, sí que provocan un maremágnum físico y psicológico del que no todos saldrían adelante pero que, siendo uno de los grandes mensajes de la cinta, les hace seguir en pie, resistiendo e incluso poniendo una sonrisa a la vida apoyándose en la evidente complicidad y amor que se profesan.

Cuando ya pasan a la fase, tras fracasar en otras opciones, de contar con la donación de un óvulo la cinta gana altura viéndoles llevar a cabo un proceso de casting femenino que desemboca en su sobrina, una joven universitaria que está en ese momento de su vida en el que sin trabajo, pareja o aspiraciones no sabe a dónde dirigir sus pasos siendo carne de “gap year” aunque sólo sea por el hecho de poner las cosas en su sitio y salir de una casa en la que sus padres no logran conectar con ella. Sí lo hacen precisamente sus tíos, a los que ella ve como una pareja “guay” que siempre está allí para ayudarla, sintiéndose ellos envalentonados por esa consideración para animarse a pedírselo y establecer entre ellos una particular alianza en busca de que llegue el ansiado bebé.

En “Vida privada” parece que no pase mucho más allá de sus dos horas, y es que los personajes dan la impresión de estar anclados en un bucle infinito, no evolucionando desde que los conocemos en el minuto uno como parece atestiguar su tan esclarecedor como abierto plano final, pero es que así es precisamente la existencia, ese transcurrir que nos lleva al hábito alejado de los ritmos adrenalíticos o cambios motivacionales trascendentales. Ellos seguirán a lo suyo siendo precisamente esa búsqueda hacia la felicidad la clave que foguea su relación y les hace mantenerse vivos en su esperanza. Un proyecto común al fin y al cabo llegue o no la cigüeña a casa.

La película radica su interés en dos actores estupendos que son la viva imagen de una pareja común más cercana a la mediana edad que a la juventud. Paul Giamatti y Kathryn Hahn están estupendos fundiéndose en sus personajes y, sin aspavientos, creérnoslos como pareja normal, y que aborda este proceso como lo harían la mayoría de matrimonios, alejándose de la trascendencia de esos dramas que provocarían que todo esto fuera un escollo que les separaría, pondría su relación en jaque y les haría refugiarse en terceras personas incluso llegando a la infidelidad. Nada de eso radica en una cinta que gracias a su guión y al trabajo de ellos puede conectar mucho con otras parejas de las muchas que (en su mayor parte de manera discreta) estará viviendo ahora una situación similar moviéndose entre la resignación y la intermitente frustración de haber basado su vida en una quimera en la que el hecho de que cada vez sean más mayores juegue en su contra. Hahn lleva el peso de todo este proceso soportando pinchazos en su cuerpo, esperas en el hospital y cambios físicos que le llevan a que su deseo de ser madre al final acabe convertido en un encaje científico y cooperativo en el que ser tres, algo que nunca hubiera ella pensado, es la ecuación a la que se ven abocados sustituyendo el sexo por tener un hijo albergado en ella durante nueve meses pero sin ninguna similitud genética. Una actriz que siempre demuestra su enorme potencial destinada a cada vez mejores papeles tanto en cine (“La visita”, “Captain Fantastic”, “Malas madres”) como en televisión (ya la hemos visto en “Girls”, “Parks & recreation” y “Transparent”) moviéndose con suma facilidad por terrenos de todo tipo dejando indudablemente patente su innegable talento para sacar al espectador una sonrisa de complicidad, y también de compasión ante cualquier situación.

La joven Kayli Carter como Sadie, esa sobrina que con apabullante lógica, sensatez y determinación desmonta sin complejos con sus razonamientos a más de un adulto a la hora de defender el formar parte de este triángulo en pro de la fertilidad, acompaña a estos dos estupendos intérpretes especialmente brillantes en el cine “indie” haciendo importantes e interesantes a esos pequeños ciudadanos en sus diatribas del día a día. El contar con Molly Shannon y John Carroll Lynch, como los padres de Sadie, es una garantía de buenos momentos sobre todo cuando vemos a una Shannon al borde del histerismo tras una divertida e insospechadamente reveladora comida de Acción de Gracias frente la paciencia del versátilmente reivindicable Lynch, así como un Denis O´Hare como ginecólogo amanate del rock progresivo con una vis cómica similar a la de su juez de “The good wife” y “The good fight”.

En definitiva, “Vida privada” no es una película que vaya a cambiar la Historia (cosa que tampoco pretende) pero sí que es una cinta que se adentra muy bien en ese proceso de terapias de fertilidad tan propias de la vida de hoy en día habiendo convertido el hecho de tener un bebé en casi un negocio para unos frente a la fábrica de sueños que es para deseosos proyectos de padres que apuestan su felicidad y satisfacción en la vida a esa carta. Tamara Jenkins comprende y humaniza los deseos de sus personajes, pero también sus arrebatos de rebeldía frente al cauce en el que están inmersos justificando que la felicidad que tanto ansían teniendo a un hijo puede, sin reparar en ello, ya haber sido alcanzada simplemente por el hecho de tenerse el uno al otro.

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Nacho Gonzalo

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