Berlín 2026: Una poderosa Sandra Hüller se convierte en la protagonista de la competición por encima de la provocadora "Rosebush pruning"

Berlín 2026: Una poderosa Sandra Hüller se convierte en la protagonista de la competición por encima de la provocadora "Rosebush pruning"

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Querido primo Teo:

Tras una jornada inaugural marcada por la polémica y la indignación de buena parte de la prensa, a raíz del repentino giro de la Berlinale, que ha optado por mantenerse al margen de determinadas cuestiones políticas, la competición ha comenzado oficialmente. La sección oficial entra así en materia con las primeras aspirantes al Oso de Oro, en un clima donde el debate institucional y la expectación artística avanzan en paralelo. 

Hace unas semanas, Tricia Tuttle, directora del Festival de Berlín, aseguró que “Rosebush pruning”, del brasileño Karim Aïnouz, es uno de los títulos más singulares de esta edición, definiéndolo como un thriller retorcido sobre una familia privilegiada que se desmorona cuando salen a la luz oscuros secretos. Otros han ido más allá y la han descrito como una versión desquiciada de “Succession” pasada por el filtro de Yorgos Lanthimos; de hecho, el guión lleva la firma de su colaborador habitual, Efthimis Filippou. Rodada en Barcelona y producida por Sur-Film Spain & Portugal, la película se presenta como una adaptación libre del clásico italiano “Las manos en los bolsillos”, de Marco Bellocchio, y reúne a un reparto especialmente atractivo: Callum Turner, Riley Keough, Jamie Bell, Elle Fanning, Elena Anaya, Pamela Anderson y Tracy Letts.

La historia gira en torno a cuatro hermanos atrapados en la mansión familiar situada en la costa noroeste de España, donde conviven con su padre, ciego y excéntrico. El eje del relato es Edward (Turner), quien compara a su clan con un rosal que necesita una poda. Cuando él decide casarse con su novia y abandonar la casa, se desencadena una reacción tan extrema como reveladora, que deja al descubierto las fracturas y miserias que sostienen la aparente armonía familiar. 

“Rosebush pruning” llegó a la Berlinale envuelta en un aura de polémica y, quizá, su principal problema sea jugar con un concepto demasiado elevado de sí misma. En sus mejores momentos, la película acierta al retratar la crueldad clasista —especialmente en el trato dispensado a la novia del protagonista— y al exponer la infantilización que genera la riqueza heredada. Sin embargo, la combinación de comedia negra, tragedia grotesca y sátira social deriva hacia un tono irregular, y el afán provocador termina imponiéndose a la ambigüedad. A diferencia del cine de Lanthimos, que desorienta y desplaza los significados, aquí el discurso se subraya en exceso, lo que confiere al conjunto un carácter demasiado didáctico. La denuncia del poder y del mal gusto de las élites acaba siendo tan explícita que roza el agotamiento.

El director franco- senegalés Alain Gomis se llevó el Gran premio del jurado en la Berlinale 2017 con “Félicité” y en esta edición compite con “Dao”, planteada como su obra más ambiciosa, tanto por su extensa duración de tres horas como por la profundidad y amplitud de los temas que aborda.  

“Dao” se define desde su arranque como un “movimiento perpetuo y circular que fluye en todo y une al mundo”, y la película encarna esa idea al entrelazar dos ceremonias en apariencia distantes: la boda de una joven en Francia y el funeral de un anciano en Guinea-Bissau. Gloria viaja con su hija Nour a la tierra de sus ancestros para participar en un ritual de memoria y, posteriormente, celebra en Francia el matrimonio de la joven. Este montaje paralelo permite a Gomis construir un mosaico de gestos, miradas y conflictos en el que lo colectivo prevalece sobre lo individual, y donde cada encuentro revela tensiones sociales, ecos del pasado colonial y heridas aún abiertas.

La película adopta la forma de un híbrido caleidoscópico entre ficción y documental, con diálogos en francés, wolof, manjak y criollo de Guinea-Bissau. Gran parte del reparto está integrado por intérpretes no profesionales que participan activamente en la construcción de sus personajes. Este recurso, que expone el propio artificio del cine al mostrar el proceso de preparación y las aspiraciones de los actores, genera un constante juego entre realidad y fabulación, y refuerza la dimensión ritual que atraviesa toda la obra.

“Dao” es también una experiencia sensorial de notable intensidad, gracias al trabajo de sus tres directores de fotografía, que capturan con viveza la textura de los cuerpos, los paisajes y la vida cotidiana, y a una banda sonora que amplifica la carga emocional del conjunto. Con todo, su metraje dilatado y su estructura abierta pueden resultar exigentes e incluso agotadores, pues reclaman una implicación y una paciencia que no todos los espectadores estarán dispuestos a conceder.

Lejos de rendir homenaje a Nino Bravo, İlker Çatak utiliza “Yellow Letters” para denunciar la represión del gobierno turco contra artistas y docentes críticos, aunque insiste en que la historia podría suceder en cualquier país europeo. Por ello rodó en Berlín y Hamburgo como metáfora de una libertad de expresión amenazada también en Occidente.

La trama sigue a Derya (Özgü Namal), actriz y ex estrella televisiva, y a su esposo Aziz (Tansu Biçer), dramaturgo y profesor despedido por motivos políticos. Forzados a mudarse con la madre de él, la pareja intenta sostener sus principios mientras afronta la precariedad, tensiones conyugales y el impacto en su hija adolescente. El título alude a las “cartas amarillas” de despido enviadas a docentes incómodos para el régimen y articula una reflexión sobre poder, resistencia artística, patriarcado y dilemas morales.

Çatak combina recursos metatextuales con un tono realista y gradúa la tensión hasta una escena final memorable. Destacan la intensidad del reparto —especialmente Namal— y la ambición ética y política del director. Sin embargo, la acumulación de conflictos dispersa el relato y una resolución anticlimática diluye parte de la fuerza dramática, dejando difuso qué está verdaderamente en juego más allá de los sacrificios inmediatos de los protagonistas.

El documentalista británico Grant Gee, conocido por su retrato de Joy Division, debuta en la ficción con “Everybody Digs Bill Evans”, un biopic íntimo y experimental centrado en el verano de 1961, cuando el pianista lucha contra su adicción a la heroína. Lejos de recrear su mítica actuación en el Village Vanguard, la película indaga en el reverso humano del talento: la drogadicción, la precariedad y el impacto devastador de la muerte de su amigo y bajista Scott LaFaro.

Acogido primero por su hermano Harry y después por sus padres en Florida, Evans inicia un proceso de recuperación marcado por tensiones familiares, celos y afecto incondicional. El filme privilegia lo cotidiano sobre lo musical, con una narrativa fragmentaria en viñetas y una estética que alterna blanco y negro contrastado con pasajes en color, subrayando la fricción entre arte y vida. Anders Danielsen Lie encarna con precisión la angustia y genialidad del músico, secundado por la calidez de Bill Pullman y Laurie Metcalf.

Entre sus virtudes destacan la apuesta formal, la intensidad emocional y la reflexión sobre el coste humano del genio. Sin embargo, su ritmo lento y su estructura dispersa, junto a un desenlace anticlimático, pueden diluir parte de su fuerza dramática.

La tunecina Leyla Bouzid ha defendido “In a whisper”, un retrato íntimo y emocional de una familia marcada por secretos, prejuicios y silencios. La historia sigue a Lilia, quien regresa a su Sousse natal desde Francia tras la muerte de su tío Daly, y se enfrenta a la compleja red de relaciones familiares mientras investiga las circunstancias de su fallecimiento. A través de esta búsqueda, el filme aborda la homosexualidad en Túnez, mostrando la tensión entre la condena pública y la aceptación privada dentro de la familia, así como los conflictos internos de Lilia respecto a su relación con Alice.

La primera mitad del largometraje destaca por su sutileza y elegancia: Bouzid construye personajes creíbles, retrata los rituales funerarios y las dinámicas familiares con sensibilidad, y equilibra la melancolía con pequeños momentos de ternura, como encuentros íntimos con amigos y antiguos amantes del tío. Las interpretaciones de Eya Bouteraa como Lilia y Hiam Abbas como Wahida aportan profundidad y contención emocional, haciendo que los dilemas de los personajes resulten palpables y conmovedores.

Sin embargo, en la segunda mitad el filme pierde parte de esa delicadeza: Bouzid recurre a conflictos más directos y confrontaciones evidentes —detenciones policiales, enfrentamientos familiares, tensiones forzadas en la relación de Lilia y Alice— que restan ambigüedad y suavizan el misterio que había definido el relato. A pesar de ello, logra humanizar a sus personajes y ofrecer una reflexión sobre el amor, la memoria y la represión social, destacando cómo la vida del tío y sus secretos revelan los silencios y prejuicios de todos los que lo rodean.

En conjunto, esta propuesta combina sensibilidad, profundidad emocional y sutileza visual con algunas caídas en exceso melodramáticas y tensiones forzadas, ofreciendo un retrato complejo de familia, identidad y memoria en un contexto cultural restrictivo.

La directora flamenca Anke Blondé ha presentado en competición “Dust”, su segundo largometraje, para el que ha contado con la colaboración de Angelo Tijssens, guionista habitual de Lukas Dhont. La película retrata la caída de dos ejecutivos flamencos que, en 1999, desarrollaron un pionero software de reconocimiento de voz y financiaron su expansión falseando cifras. Con una investigación periodística a punto de destapar el fraude y su arresto inminente, Luc y Geert disponen de apenas 36 horas para enfrentarse a sus decisiones, asumir responsabilidades y cuestionar la identidad construida tras la máscara del éxito.

El filme adopta un enfoque más introspectivo que judicial: el fraude funciona como detonante de un tiempo suspendido en el que emergen la culpa, la cobardía y la fragilidad de una masculinidad tradicional en declive. Blondé envuelve el relato en una atmósfera sombría y estilizada, montaje elíptico, saltos temporales y una música grave que acentúa la fatalidad, dotándolo de un aire casi fantasmagórico y de un humor sutilmente cruel. Las interpretaciones de Jan Hammenecker, emocionalmente expuesto, y Arieh Worthalter, contenido y hermético, sostienen con firmeza el conflicto moral.

Destacan la elegancia formal, la mirada crítica al ego tecnológico y la voluntad de humanizar a personajes moralmente cuestionables. Sin embargo, tras un arranque prometedor, la película pierde impulso: el estilo acaba imponiéndose al contenido, la tensión se diluye y la reflexión sobre poder e identidad no alcanza toda la profundidad sugerida. El resultado es una obra visualmente impecable y sólidamente interpretada, aunque menos incisiva de lo que su premisa anticipa.

Plato fuerte de la competición ha sido la austriaca “Rose”, de Markus Schleinzer, rodada en un poderoso blanco y negro y protagonizada por la excepcional Sandra Hüller. Se trata de un estudio de personaje austero y visualmente hipnótico que convierte el paisaje en extensión moral del relato. Ambientada en la Alemania del siglo XVII, sigue a una mujer que, tras combatir en la Guerra de los Treinta Años, se hace pasar por hombre para heredar y reconstruir una granja, integrarse en una comunidad protestante y acceder a una libertad vedada a su sexo. “Hay más libertad en unos pantalones”, afirma ante el juez, sintetizando un filme más interesado en la autodeterminación que en el escándalo.

Aunque el prólogo adopta un tono sensacionalista al presentarla como impostora, la narración desmonta esa mirada y construye un retrato sobrio y complejo sobre identidad, ambición y pertenencia. El matrimonio con Suzanna, inicialmente estratégico, evoluciona hacia una complicidad íntima, mientras la presión por la descendencia y el rígido orden patriarcal precipitan un conflicto inevitable. El relato avanza con ritmo contenido hacia un desenlace trágico que subraya la resistencia de la protagonista.

Entre sus hallazgos destacan la interpretación contenida y magnética de Hüller, la química con Caro Braun y la coherencia estética de la puesta en escena, que refuerza su reflexión sobre el binarismo de género y la exclusión. Como posibles debilidades, su severidad tonal y su cadencia pausada pueden percibirse como frialdad y exigir paciencia. Con todo, es una obra rigurosa y elocuente sobre la identidad y los límites impuestos por la historia.

Mary Carmen Rodríguez   

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