Berlín 2026: Amy Adams no evita el descalabro de 'At the sea' mientras que Lance Hammer remueve al poner el foco en el consentimiento en plena demencia

Berlín 2026: Amy Adams no evita el descalabro de 'At the sea' mientras que Lance Hammer remueve al poner el foco en el consentimiento en plena demencia

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En una edición de la Berlinale marcada por la tensión entre la ambición artística y la necesidad de proyección internacional, el ecuador de la competición llega con una selección que transita del drama íntimo a la reflexión política y la experimentación formal más radical. De cineastas consolidados como Kornél Mundruczó, Angela Schanelec o Warwick Thornton a autores que siguen afinando una voz cada vez más reconocible, como Anthony Chen o Fernando Eimbcke, el certamen berlinés ha configurado un mosaico heterogéneo en el que conviven decepciones notorias, hallazgos de gran sensibilidad y propuestas tan exigentes como estimulantes.

Por su trabajo en “Fragmentos de una mujer”, Vanessa Kirby fue distinguida con la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia 2020 y obtuvo además una nominación al Oscar. Aquella película supuso el debut en lengua inglesa del cineasta húngaro Kornél Mundruczó, que años antes había deslumbrado a la crítica con “White God (Dios blanco)”, ganadora de la sección Una Cierta Mirada en Cannes 2014. Además, marcaba el inicio de una trilogía centrada en la crisis personal de mujeres en distintas etapas de la vida. Había, por tanto, expectación ante la presentación en la Berlinale de su segundo capítulo, “At the Sea”, donde Amy Adams interpreta a Laura, una antigua bailarina cuya vida se desmorona tras provocar un accidente de tráfico por conducir ebria con su hijo en el coche. Después de seis meses en un centro de rehabilitación, regresa a su hogar decidida a reconstruirse, pero se enfrenta a una familia herida por el resentimiento y a la persistente sombra de su padre, un brillante y narcisista coreógrafo que llevó su compañía a lo más alto y cuya estatura artística ella siente no haber alcanzado.

Sin embargo, “At the Sea” ha resultado una profunda decepción en la Berlinale. Aunque el filme se sostiene sobre una interpretación intensa y vulnerable de Adams —que dota al personaje de autenticidad y una fragilidad conmovedora—, el conjunto deriva en un drama reiterativo y excesivamente sombrío. El uso insistente de la danza interpretativa como sustituto del diálogo, especialmente en los enfrentamientos entre madre e hija, aspira a expresar lo inefable, pero termina por percibirse artificioso y resta credibilidad emocional. El reparto secundario —con Dan Levy, Rainn Wilson, Jenny Slate y Brett Goldstein—, pese a su probada solvencia, aparece desaprovechado en un conjunto que acumula dolor sin alcanzar verdadera hondura dramática.

La canadiense Geneviève Dulude-De Celles da el salto a la Sección Oficial con “Nina Roza”, después de causar una grata impresión en 2019 con “A Colony”, presentada en Generation Kplus. Su nueva película propone una reflexión poética sobre el arte, el exilio, la identidad y la herencia cultural.

El protagonista es Mihail, un comisario de arte búlgaro afincado en Montreal que, tras años de distanciamiento de su país y de su propia historia familiar, se ve obligado a regresar a Bulgaria para evaluar el talento de Nina, una niña prodigio cuyas pinturas —abstracciones vibrantes con ecos del folclore local— han despertado el interés del mercado internacional. En paralelo, la relación con su hija Roza, que le reprocha no haberle transmitido la lengua ni la conciencia de sus raíces, pone de manifiesto las fracturas íntimas que atraviesan el relato.

La película aborda estos temas con indudable ambición y delicadeza, especialmente en su aproximación a la experiencia de la diáspora y a la tensión entre autenticidad artística y comercialización del talento infantil. Hay momentos de auténtica sensibilidad visual y una atmósfera contemplativa que refuerza su tono meditativo, además de interpretaciones matizadas, en particular la presencia magnética y ligeramente inquietante de las gemelas que encarnan a Nina.

“Nina Roza” ha sido bien acogida, aunque su empaque formal termina jugando parcialmente en su contra. El uso de filtros cromáticos intensos y de recursos simbólicos subrayados resulta a veces demasiado calculado, como si la directora estuviera más preocupada por evidenciar la gravedad de su propuesta que por permitir que las emociones fluyan con naturalidad. Tampoco ayuda cierta contención dramática que acentúa la distancia del espectador respecto a un protagonista excesivamente encorsetado en el perfil del intelectual taciturno.

La directora alemana Angela Schanelec ha presentado “My wife cries”, una película que aborda un tema universal, la crisis de un matrimonio a raíz de una infidelidad, pero lo hace de manera radicalmente distinta al cine convencional.

La historia sigue a Carla, maestra de guardería, y a su marido Thomas, operador de grúa. Tras un accidente de coche en el que muere un hombre cercano a Carla, la pareja enfrenta las tensiones de su relación. Sin embargo, la película rehúye la psicología tradicional: los sentimientos se representan de manera abstracta, como “diagramas de la vida” más que como drama psicológico, y los personajes interactúan con una sobriedad que dificulta la identificación emocional convencional. Las escenas alternan diálogos largos y tomas contemplativas de la ciudad y sus alrededores, construyendo una experiencia desorientadora pero absorbente. Los colores, especialmente el amarillo, funcionan como hilos conductores que guían al espectador en un relato donde muchos acontecimientos ocurren fuera de campo o se narran de manera distante.

Entre sus aspectos positivos, “My wife cries” destaca por su rigor formal y ambición conceptual: la combinación de composición visual, profundidad de campo y uso simbólico del color crea momentos de rara sensibilidad estética, mientras que la película provoca una reflexión sobre el lenguaje, la comunicación y la fragilidad de las relaciones humanas. La música, la puesta en escena y los detalles aparentemente triviales adquieren resonancias poéticas que invitan a la contemplación, ofreciendo un placer refinado a los seguidores del modernismo austero y el cine experimental. Su tratamiento de las emociones y de la incomunicación resulta, además, profundamente original.

No obstante, es una película de difícil acceso para un público general. El tono deliberadamente distante y la contención dramática generan separación respecto a los personajes, que a menudo se perciben fríos. La mínima acción narrativa y los diálogos artificiosos pueden frustrar al espectador, y la ambigüedad deliberada deja muchas preguntas sin respuesta, convirtiendo la experiencia en un desafío constante. La película exige paciencia y atención sostenida; quienes busquen una narrativa lineal o identificación psicológica tradicional pueden sentirse excluidos.

En 2008, el cineasta estadounidense Lance Hammer sorprendió con su ópera prima “Ballast”, que le valió el premio a la Mejor Dirección en el festival de Sundance y la inclusión en la sección oficial de la Berlinale. Ahora regresa a la competición con “Queen at Sea”, un drama protagonizado por Juliette Binoche, Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall, que pone bajo el foco la demencia y la capacidad de tomar decisiones difíciles en el ámbito familiar.

La trama sigue a Amanda, una académica recién divorciada, que se traslada a Londres con su hija adolescente para estar cerca de su madre Leslie, quien sufre demencia, y de su padrastro Martin. El conflicto surge cuando Amanda descubre un encuentro sexual entre Martin y Leslie y, alarmada por la incapacidad de su madre para dar un consentimiento significativo, acusa a Martin de abuso. Sin embargo, él defiende su acto como una expresión de amor y cuidado, tanto para Leslie como para él mismo.

La película explora con minuciosidad y sin concesiones la ambigüedad moral de la situación, cuestionando el significado del consentimiento en casos de demencia, la naturaleza de la intimidad en la vejez y los límites de la intervención familiar. Cada decisión tiene consecuencias dolorosas y no existen respuestas fáciles, reflejando la complejidad ética y emocional de estos conflictos.

Hammer se sirve de la atmósfera de un Londres invernal y sombrío para reforzar la sensación de aislamiento y fragilidad, al tiempo que aprovecha el talento de su trío protagonista: Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall ofrecen actuaciones brillantes y matizadas, mientras que Binoche transmite con intensidad la desesperación y el conflicto moral de su personaje.

“Queen at Sea” se ha convertido en una de las propuestas más impactantes de esta edición de la Berlinale, por la honestidad brutal con la que aborda la vejez, la enfermedad y las relaciones familiares, en una obra que remite a la intensidad de "Amour" de Michael Haneke. No obstante, su tono sombrío y su falta de concesiones la convierten en un filme exigente, que puede resultar angustiante, perturbador y difícil de digerir, especialmente por la ambigüedad moral que plantea y por un desenlace que evita la resolución fácil.

Anthony Chen regresa a Singapur con “We are all strangers”, cierre de su trilogía sobre el crecimiento personal iniciada con "Retratos de familia" y “Wet season”. La película ofrece un retrato poético de la vida cotidiana y de las familias imperfectas, combinando observación minuciosa de los detalles con un estilo naturalista y sin sentimentalismo exagerado.

La historia sigue a cuatro personajes: Boon Kiat, dueño de un puesto de fideos Hokkien; su hijo Junyang, inmaduro y en busca de un futuro más lucrativo; Lydia, su novia de familia acomodada; y Bee Hwa, camarera mayor y eventual interés romántico de Boon Kiat. Chen retrata con ternura la evolución de estas relaciones, desde malentendidos iniciales hasta la formación de una familia extendida, mostrando cómo personas aparentemente dispares pueden encontrar apoyo mutuo.

El filme destaca por su sensibilidad visual, su sentido del lugar y la atención a la vida cotidiana, así como por la construcción de emociones honestas y creíbles. Koh Jia Ler transmite la vulnerabilidad e ingenuidad de Junyang, Yeo Yann Yann combina dureza y afecto como Bee Hwa, y el resto del elenco aporta matices que enriquecen la narrativa sin necesidad de gestos exagerados.

Su desarrollo pausado y duración, más de dos horas y media, exige paciencia, y algunos momentos de ternura pueden rozar la ingenuidad. La escasa acción dramática externa y el enfoque en la observación de personajes hacen que la película sea más recomendable para quienes valoran el naturalismo y la exploración íntima que para quienes buscan tramas lineales o conflictos intensos.

La cinta de animación “A new dawn” supone el debut en la dirección de Shinomiya Yoshitoshi, conocido por sus trabajos como animador en proyectos de Makoto Shinkai. La cinta destaca por su riqueza visual y meticulosa atención al detalle: cada fotograma parece una pintura, desde insectos y montañas hasta paisajes urbanos y máquinas de demolición, creando un mundo estéticamente cautivador. La paleta de colores, pastel y ocasionalmente pintoresca, y los fondos cuidadosamente elaborados generan una sensación de lugar muy marcada, mientras que la animación incorpora momentos ingeniosos, como secuencias de stop-motion o efectos estilizados que representan estados de ánimo o fenómenos naturales.

La historia sigue a los hermanos Chichi y Keitaro y a su amiga Kaoru, mientras intentan salvar la fábrica de fuegos artificiales familiar frente a la gentrificación, preparando el legendario “Shuhari”, símbolo de metas inalcanzadas y legado familiar. Aunque la narrativa pretende explorar temas como la tradición frente a la modernización, el paso del tiempo y la transmisión de sabiduría entre generaciones, la historia carece de claridad y fuerza dramática. Los personajes son poco profundos, sus diálogos expositivos y emocionalmente distantes, y el clímax de los fuegos artificiales llega demasiado tarde y sin la tensión esperada, lo que dificulta la conexión del espectador con la trama y sus protagonistas.

Warwick Thornton sorprendió a la crítica internacional en 2017 con “Sweet country”, llevándose el premio especial del jurado en el festival de Venecia. Compite por el Oso de Oro con “Wolfram”, un western que combina violencia, racismo y crueldad hacia los aborígenes. La acción se sitúa en la frontera colonial de Australia durante la década de 1930 y sigue a un grupo diverso de personajes: los jóvenes aborígenes Max y Kid, explotados por colonos blancos; un par de forajidos, Casey y Frank, cuya llegada desata un conflicto lleno de amenaza y tensión; la madre de los niños, que escapa en busca de ellos; y personajes inmigrantes chinos, que también deben enfrentarse al racismo mientras intentan sobrevivir.

La película construye una estructura compleja que refleja, de manera casi metafórica, los conflictos y desigualdades de la sociedad contemporánea, mostrando cómo los pueblos originarios encuentran lazos de solidaridad frente a la violencia sistemática de los terratenientes y la indiferencia de la justicia. Thornton combina esta crítica social con un western de ley difusa, en el que la supervivencia depende de redes de apoyo y resistencia frente a abusos, en un relato que recuerda en ciertos aspectos a la dinámica de “Pozos de ambición” o “Una batalla tras otra” de Paul Thomas Anderson.

Visualmente, “Wolfram” es impresionante: los desiertos y cielos de Australia se muestran en colores saturados —azules intensos y arenas naranja— que refuerzan el calor, la violencia y la sensación de aislamiento del territorio. La dirección de Thornton alterna secuencias de acción trepidante con momentos de tensión contenida, resaltando la opresión y la crueldad cotidiana. El filme también destaca por su capacidad para entrelazar múltiples hilos narrativos y subtramas, otorgando visibilidad a personajes marginados, aunque su complejidad a veces resulta en confusión para el espectador.

Entre sus virtudes sobresalen la fuerza visual, la construcción de tensión constante, el comentario social profundo y la reivindicación de los personajes más vulnerables, que culmina en un desenlace ingenioso que recompensa la atención del público. Sin embargo, la película muestra debilidades narrativas: la historia puede resultar fragmentada, con personajes difusos y algunas actitudes caprichosas; el relato no mantiene la misma potencia dramática ni la coherencia narrativa de “Sweet country”, y ciertas escenas pierden impacto al dispersar demasiado la atención entre escenarios y subtramas.

En conjunto esta película confirma a Thornton como un cineasta audaz que fusiona western, emoción y crítica social, ofreciendo una obra visualmente impactante y provocadora, aunque imperfecta en su desarrollo narrativo.

Por último, el reputado director Fernando Eimbcke presenta “Moscas”, un delicado y melancólico retrato de la infancia, la soledad y los vínculos intergeneracionales. La historia sigue a Cristian, un niño de nueve años que viaja con su padre Tulio para hospitalizar a su madre enferma, y a Olga, la mujer mayor que le alquila temporalmente una habitación. Desde el primer plano, en el que las moscas zumban mientras Olga permanece en su cama, la película establece un tono de malestar y vulnerabilidad que atraviesa a todos los personajes.

Eimbcke narra gran parte de la historia desde la perspectiva del niño: al situar la cámara a la altura de Cristian, muestra un mundo pocas veces visto desde la infancia, donde la sociedad y la economía limitan su libertad. A través del videojuego que ocupa al niño, se establece un vínculo inesperado con Olga, cuya rigidez inicial se suaviza ante la presencia de Cristian, dando lugar a momentos de humor, ternura y humanismo. El montaje alterno entre Olga jugando al Sudoku y Cristian frente al “Cosmic Defenders Pro”, filmado en blanco y negro con atención casi abstracta a los píxeles, refleja la mirada íntima y sensible del director, así como su respeto por los personajes.

La película destaca por su sensibilidad visual, la elegancia del blanco y negro y la capacidad de Eimbcke para generar emociones creíbles sin recurrir a sentimentalismos. Las actuaciones son otro de sus aciertos: Bastian Escobar da vida a Cristian con una mezcla de ingenuidad y madurez prematura, mientras Teresita Sánchez encarna a Olga con sutileza, mostrando un dolor interior que el guión no sobreexplica pero que se percibe claramente. Hugo Ramírez completa el trío principal con un papel afectivo y pragmático.

Sin embargo, mantiene cierta distancia emocional debido a su estilo minimalista y a la contención de las emociones explícitas. La narrativa, centrada en la observación de los personajes y limitada a pocos escenarios, puede resultar demasiado contenida para quienes busquen drama intenso o explicaciones claras. Además, detalles como la interacción con el videojuego o los silencios de Olga exigen atención activa del espectador para captar la profundidad de la historia.

En conjunto, Eimbcke realiza un ejercicio de cine íntimo y humanista, que combina humor, ternura y reflexión sobre el lugar de los niños en la sociedad y la importancia de la empatía intergeneracional. Lo que parece un relato sencillo se transforma en un retrato poético y contenido de crecimiento, duelo y conexión humana, donde la vida cotidiana adquiere resonancias universales sin necesidad de exageraciones ni sentimentalismos.

Mary Carmen Rodríguez 

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