Cine en serie: "La otra hermana Bennet", o la venganza de la que nadie escuchaba
Querido Teo:
Victorianos, Jane Austen y televisión británica. Cuando esos tres ingredientes se juntan, y extiendo el término victoriano por popularidad a la época georgiana y de la Regencia en la que vivió Austen, ya tienen medio público ganado antes de que alguien cruce un salón con una taza de té. Si decidís jugar con el primer capítulo de series británicas para apostar cuantos minutos tarda en salir ese té imprescindible, no apostéis por muchos minutos. "La otra hermana Bennet" juega precisamente con esa relación casi de confianza que hemos desarrollado con esa época. Nos invita a volver a Longbourn, una casa que creemos conocer de memoria, y nos dice: mira otra vez, porque la chica más interesante quizá estaba sentada en el rincón, tocando mal el piano mientras todos esperaban que terminara.
Mary Bennet era, en "Orgullo y prejuicio", la hermana sin etiqueta. Jane era buena, Elizabeth era brillante, Lydia era escandalosa, Kitty era el eco de Lydia, y Mary quedaba como un mueble lleno de libros y recado de escribir. A partir de la novela de Janice Hadlow, esta serie hace algo sencillo y muy agradecido: no cambia a Mary para que nos guste, sino que la acerca lo bastante como para descubrir que la rara no era un chiste, sino una persona.
Durante muchos años hemos sabido qué hacer con Elizabeth Bennet y con Darcy. Con Mary, en cambio, hemos hecho lo que se hace con los personajes que no brillan a primera vista: pasar de largo. No se trata de convertirla en una heroína moderna con ropa antigua, ni de hacerla simpática por definición, sino de pensar en cómo se forma una muchacha que recibe poca ternura, demasiada comparación y una educación sentimental hecha de desprecios pequeños. Esa es la clave. Mary no necesita que la rescaten de Austen. Necesita que alguien la interprete bien.
Ya conocemos los bailes, las cartas, las visitas, el orgullo de Darcy y los prejuicios de Elizabeth, así que la novedad consiste en mirar el mecanismo desde el lugar menos iluminado de la casa. Sarah Quintrell resumió el corazón del proyecto al decir que la historia exploraba "lo que significa hacerse adulta cuando eres la rara". Traducido a nuestra experiencia como espectadores, todos hemos querido ser Elizabeth alguna vez, pero casi todos hemos sido Mary muchas más veces de las que confesamos.
Ella Bruccoleri, la recordaréis por "¡Llama a la comadrona!" (2018-2022) y por su paso por "Los Bridgerton" (2024), interpreta a Mary con una mezcla muy útil de rigidez, orgullo herido, inteligencia y ternura defensiva. No la vuelve encantadora a la fuerza. Aporta personalidad reconocible. Ella misma dijo a Vogue que Mary "no es una heroína típica de drama de época. Es orgullosa, inteligente, desordenada. No sabe ser otra cosa".
Y añadió algo que explica bien el tono de la serie: "No estoy interpretando a una persona de un drama de época; estoy interpretando a un ser humano que resulta vivir en 1814". Esa frase implica menos tontería de corsé. Mary pertenece a su época, sí, pero su vergüenza, su deseo de ser vista y su dificultad para encajar nos resultan familiares. Tendemos a pensar que eso pertenece a todas las épocas.
Tanya Reynolds, de "Sex education" (2019-2021), aparece como Caroline Bingley y recuerda algo distintivo de los reflejos que han llegado hasta nosotros de aquella sociedad: "Una frase educada puede ser una cuchillada si se pronuncia con la sonrisa adecuada".
La parte más divertida de la propuesta está en su manera de tratar los salones como campos de batalla con música. En la Inglaterra de la Regencia, un baile era una operación social con vestidos, miradas, jerarquías y riesgos. Una joven no iba únicamente a bailar, sino a ser vista, comparada y comentada.
Aceptar o rechazar una pareja, bailar más de dos veces con el mismo caballero, quedarse sin invitación, tocar el piano, callar, hablar, parecer modesta o resultar sosa: todo podía convertirse en nota negativa para el expediente de la aspirante. Cuando Mary se expone ante los demás, no vemos solo a una muchacha incómoda haciendo el ridículo. Vemos a alguien examinándose ante un tribunal que sonríe, saluda y toma helados.
En la actitud de la madre de cinco hijas a las que casar aparece también una realidad histórica. La obsesión de Mrs. Bennet por colocar a sus hijas no es solo histeria cómica. Es terror al futuro. La serie conserva ese fondo y lo aprovecha para que comprendamos mejor a Mary. Su rareza no es solo temperamento. Es falta de sitio. Carece de la belleza celebrada de Jane, del ingenio de Elizabeth y del descaro de Lydia. Tiene libros, principios, torpeza, orgullo y una necesidad enorme de que alguien la mire sin usar a sus hermanas como vara de medir.
La serie tuvo una dificultad interesante: cómo hacer Austen sin convertirlo todo en museo. Además del estudio habitual, los exteriores son de Gales e Inglaterra, con esa climatología británica que obliga a negociar con cada nube. La idea era que el drama de época respirara. Menos postal, más vida. Menos cuadros de antepasados por las paredes, más gente entrando en habitaciones donde cada objeto parece inamovible.
Merthyr Mawr, en Gales, hace de Meryton, el pequeño mundo social donde los Bennet se mueven entre rumores, bailes y visitas. Badminton House, en Gloucestershire, se utiliza para Pemberley, y tiene el detalle curioso de estar vinculada al origen del nombre del deporte del bádminton.
Bristol presta arquitectura de Regencia para doblar Londres, y paisajes galeses recrean entornos asociados al Distrito de los Lagos. Mary pasa de salas cerradas, muebles rígidos y vigilancia familiar a espacios de agua, montaña, barro, brisa y conversación más libre. El viaje exterior acompaña al viaje íntimo.
El contraste entre realidad y ficción está bien llevado. Jane Austen no escribió este destino para Mary, pero dejó huecos suficientes para que alguien lo imaginara. La ficción añade viaje, romance, humillaciones, segundas oportunidades y una afirmación personal más cercana a nuestra sensibilidad, pero no rompe el mundo de Austen. Lo ensancha. Richard E. Grant lo definió como la transformación de Mary "de patito feo a cisne" y dijo que estaba escrito "completamente en el espíritu de Jane Austen".
Puede que algunos personajes comprendan la rareza de Mary con una delicadeza más contemporánea que estrictamente histórica, pero esa licencia trabaja a favor del relato, porque nos permite verla sin obligarla a pagar durante diez episodios el precio completo de no encajar.
"La otra hermana Bennet" es, a la postre, un caramelo de televisión británica: entretenido, amable, literario y más astuto de lo que parece. No viene a demoler a Austen ni a coronar a Mary como santa de las inadaptadas. Viene a sacar a bailar a la hermana que nadie quería escuchar, y ese gesto basta para que Longbourn parezca una casa nueva.
A veces somos la persona brillante de la conversación, y a veces somos quien llega tarde a la frase adecuada. A veces nos sale Elizabeth. Otras, Mary. Esta serie tiene la paciencia de quedarse con esa segunda posibilidad y recordarnos que muchas vidas parecen secundarias solo porque nadie se ha molestado en narrarlas bien.
"La otra hermana Bennet" puede verse en España en Movistar+
Carlos López-Tapia























