Hollywood canalla: El escándalo de la relación entre Ingrid Bergman y Roberto Rossellini
Querido primo Teo:
Si Hester Prynne, la protagonista de "La letra escarlata", fue obligada a llevar cosida en el pecho una gran letra "A" como castigo por haber cometido adulterio en la puritana Nueva Inglaterra del siglo XVII, tres siglos después la sociedad estadounidense no fue mucho más indulgente con Ingrid Bergman. La actriz sueca nunca interpretó al personaje creado por Nathaniel Hawthorne, pero durante varios años, y debido a su relación con el director italiano Roberto Rossellini, soportó una condena pública que recordó inevitablemente a la de la heroína de la novela.
Para comprender la magnitud del escándalo hay que situarse en el Hollywood de finales de los años cuarenta. La industria cinematográfica vivía sometida al Código Hays, un estricto código de autocensura que no solo regulaba lo que podía verse en la pantalla, sino que también condicionaba la conducta de sus estrellas. Los grandes Estudios invertían millones en construir una imagen pública impecable de sus actores, convencidos de que cualquier escándalo privado podía perjudicar la taquilla. El público no solo compraba entradas para ver a sus ídolos; también esperaba que estos encarnaran fuera de la pantalla los valores morales que representaban en ella.
En ese contexto, Ingrid Bergman era la estrella perfecta. Había llegado a Hollywood en 1939 de la mano de David O. Selznick, el productor de "Lo que el viento se llevó". Supuso un soplo de aire fresco porque, a diferencia de otras actrices europeas, rechazó modificar su aspecto. No quiso cambiar de nombre, ni depilarse las cejas, ni ocultar su acento. Su belleza natural y una extraordinaria capacidad dramática la convirtieron en una de las intérpretes más admiradas de su generación.
En apenas diez años había protagonizado títulos como "Casablanca" (1942), "Por quién doblan las campanas" (1943), "Luz que agoniza" (1944), por la que obtuvo el Oscar a la mejor actriz, o "Las campanas de Santa María" (1945). También había triunfado en Broadway interpretando a Juana de Arco, papel que le hizo ganar el Tony y reforzó su imagen de mujer íntegra, valiente y virtuosa. Su vida privada parecía corresponderse con esa imagen. Estaba casada con el neurocirujano sueco Petter Lindström y era madre de una niña, Pia. Todo parecía indicar que Ingrid Bergman seguiría ocupando durante muchos años el trono de la actriz ideal.
Pero, mientras Hollywood seguía produciendo grandes melodramas de Estudio, en la Italia devastada por la guerra estaba naciendo una forma completamente distinta de entender el cine. Las calles en ruinas sustituían a los decorados; los edificios bombardeados y los barrios empobrecidos se convertían en escenarios naturales; los actores no profesionales compartían pantalla con intérpretes consagrados, y la pobreza, la desesperanza y la lucha cotidiana de la gente común desplazaban a las historias idealizadas y al glamour de las superproducciones.
Era el nacimiento del neorrealismo italiano, un movimiento decidido a filmar la realidad sin artificios y a retratar, con una sinceridad inédita, las cicatrices de un país devastado por el conflicto. Uno de sus principales artífices fue Roberto Rossellini, quien rodó "Roma, ciudad abierta" (1945) en condiciones precarias, con escasez de película virgen, financiación improvisada y apenas unos meses después de la liberación de Roma.
Inspirada en la resistencia frente a la ocupación nazi, la obra se adentraba sin concesiones en las heridas aún abiertas de la sociedad italiana y demostró que la realidad podía poseer una fuerza dramática superior a cualquier ficción cuidadosamente construida. Su impacto fue inmediato: obtuvo el Gran Premio del Festival de Cannes y recibió una nominación al Oscar al mejor guion original, consagrando a Rossellini como una de las figuras decisivas del cine del siglo XX.
Cuando Bergman vio "Roma, ciudad abierta", quedó profundamente impresionada. Aquella película poseía una autenticidad desconocida para ella. Poco después descubrió "Paisà" (1946) y decidió escribir al director una carta que terminaría cambiando la historia del cine:
Rossellini no podía creer que una de las mayores estrellas del mundo quisiera trabajar con él. Le ofreció protagonizar "Stromboli, tierra de Dios" (1950), un proyecto pensado inicialmente para Anna Magnani, la gran actriz del neorrealismo y con quien mantenía una relación sentimental.
Bergman viajó a Italia con la intención de rodar la película y regresar después a Hollywood. Aquel viaje debía ser apenas un paréntesis en una carrera que parecía perfectamente encauzada, pero acabaría cambiando su vida para siempre. Durante el rodaje nació entre la actriz y Rossellini una pasión tan intensa como inesperada.
Algunas biografías recogen incluso una anécdota que ha acabado formando parte de la leyenda: el director habría apostado con un amigo que necesitaría menos de dos semanas para conquistar a la estrella sueca. Sea cierta o no la historia, lo que nadie discute es que aquella relación sentimental terminó desencadenando uno de los mayores escándalos de la historia de Hollywood y convirtiéndose en un auténtico terremoto internacional.
Cuando Bergman quedó embarazada seguía casada con Petter Lindström. Intentó mantener la noticia en secreto, pero las todopoderosas columnistas Hedda Hopper y Louella Parsons hicieron del caso su principal objetivo. La actriz negó inicialmente el embarazo ante Hopper, pero pocos días después Parsons publicó que ya se encontraba de tres meses de gestación. Desde ese momento Hopper emprendió contra ella una campaña feroz.
El divorcio tampoco llegó con la rapidez que Bergman esperaba. Peter Lindström se negó en un primer momento a conceder la separación inmediata, por lo que el hijo que la actriz esperaba de Rossellini nacería antes de que pudiera contraer matrimonio con el director italiano.
Hasta entonces, Lindström había tolerado otras infidelidades atribuidas a Bergman, quizá porque su matrimonio con una estrella de Hollywood había favorecido también el desarrollo de su propia carrera como médico. Sin embargo, aquella relación ante la opinión pública, marcó un punto de no retorno. Humillado por la dimensión mediática del romance, decidió endurecer su postura y retrasar al máximo el proceso de divorcio.
La reacción fue desproporcionada incluso para los estándares de la época. Las organizaciones religiosas promovieron boicots contra sus películas. Numerosos exhibidores dejaron de programarlas. La actriz recibió centenares de cartas cargadas de insultos y amenazas. Algunos corresponsales la comparaban con una pecadora bíblica y otros aseguraban que merecía acabar en la hoguera, como la Juana de Arco a la que ella había dado vida sobre los escenarios.
El asunto llegó incluso al Senado de los Estados Unidos. El senador del partido Demócrata Edwin C. Johnson denunció públicamente la conducta de Bergman y la calificó como "una poderosa influencia para el mal". Resulta difícil encontrar otro caso en el que la vida sentimental de una actriz alcanzara semejante dimensión política. Mientras tanto, Bergman parecía haber aceptado pagar el precio de su decisión. Se casó con Rossellini en mayo de 1950, tras el nacimiento de su hijo Robertino. Más tarde llegarían las gemelas Isabella e Isotta.
Su colaboración artística dio lugar a seis películas que desconcertaron tanto al público como a buena parte de la crítica. Lejos del glamour de Hollywood, Rossellini convirtió a Bergman en el rostro de un cine austero, íntimo y profundamente personal, centrado en personajes femeninos enfrentados a conflictos morales, espirituales y existenciales.
Entre ellas destacan "Stromboli, tierra de Dios" (1950), donde el paisaje volcánico refleja la angustia interior de su protagonista; "Europa '51" (1952), una conmovedora reflexión sobre el sufrimiento, la compasión y la incomprensión social; y, sobre todo, "Te querré siempre" (1954), un innovador melodrama sobre el desgaste de un matrimonio cuya libertad narrativa y hondura psicológica ejercieron una influencia decisiva en cineastas como Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard y Martin Scorsese.
Incomprendidas en su estreno, estas obras acabarían siendo reconocidas como una de las aportaciones más decisivas a la historia del cine moderno. Sin embargo, la relación sentimental terminó deteriorándose. Rossellini inició un romance con la guionista india Sonali Dasgupta, con quien tendría un hijo.
Paradójicamente, cuando su matrimonio se deshacía, la carrera de Ingrid Bergman comenzaba a renacer. Obtuvo su segundo Oscar gracias a "Anastasia" (1956). No acudió a recoger la estatuilla y fue su amigo Cary Grant quien la recibió en su nombre. La reconciliación definitiva con Hollywood llegaría una década después. Invitada a presentar el Oscar a la mejor película, fue recibida con una ovación interminable. Aquella mujer que había sido expulsada simbólicamente del paraíso hollywoodiense regresaba convertida, una vez más, en una leyenda.
Con la perspectiva del tiempo, el llamado "escándalo Bergman-Rossellini" ha dejado de hablar de un adulterio para convertirse en el retrato de una época. Una sociedad que aceptaba sin dificultad la infidelidad de muchos hombres célebres y que condenó con una dureza extraordinaria a una mujer que decidió vivir su vida al margen de las expectativas que otros habían construido para ella. Más que un episodio de la prensa del corazón, fue el choque entre la moral pública y la libertad individual, entre el Hollywood de las apariencias y el cine que buscaba mostrar la verdad.
Mary Carmen Rodríguez



























