"La conspiración del cuervo" (Kasia Adamik) // Sección Oficial - Clausura fuera de concurso
Varsovia, Polonia, 13 de diciembre de 1981. Se impone la ley marcial y de la noche a la mañana paraliza el país justo cuando la profesora británica de psiquiatría, la Dra. Joan Andrews, llega a Varsovia como docente invitada de la universidad. Los taxis han sido reemplazados por tanques; los ciudadanos son tratados como criminales. Pero mientras el caos se apodera de la ciudad, Andrews, armada con su cámara, presencia un brutal asesinato a manos de la policía secreta.
"La conspiración del cuervo" es un thriller de atmósfera sombría y lánguida que se mueve por terrenos obvios que juega con el suspense y el drama histórico apoyándose en una Lesley Manville que es el gran aliciente de la película que nos lleva al contexto del golpe militar con la Ley Marcial de Wojciech Jaruzelski en la Varsovia de diciembre de 1981 instaurando un régimen comunista y totalitario. Una cinta que no lo que pretende transmitir es la atmósfera asfixiante de miedo, represión, peligro y resistencia en una Varsovia cuyo gobierno dirige sus acciones contra el sindicato Solidaridad, fundado en septiembre de 1980 por Lech Walesa.
Un trabajo prometedor que nos lleva a esa situación casi kafkiana a través de la mirada de una profesora universitaria invitada y el asesinato de la que es testigo, haciendo una serie de fotografías que comprometerán su situación, pero que, conforme va transcurriendo, se hace errática y plomiza. A pesar del solvente trabajo de la actriz británica la misma no puede hacer mucho con un personaje que se contagia de esa atmósfera ocre y mortecina. El plano final no es suficiente para que sea una película que despierte interés a pesar de los buenos mimbres y que genera sopor e indiferencia por su frialdad y escaso ritmo.
"Frankenstein" (Guillermo del Toro) // Película sorpresa
Un científico brillante y obsesivo, Victor Frankenstein, en su ambición por desafiar a la muerte, consigue dar vida a una criatura humanoide ensamblada con partes de cadáveres. Pese a tratarse de una proeza científica, Frankenstein considera que la criatura carece de inteligencia y la rechaza. Dolida, ésta se rebela contra su creador.
"Frankenstein" es un proyecto largamente anhelado por Guillermo del Toro desde que leyera la novela de Mary Shelley a los 11 años y que ahora ha sido hecho realidad gracias al respaldo económico de Netflix y, por supuesto, al rico y apabullante universo visual del mexicano. Del Toro concibe la historia como un relato profundamente autobiográfico: un intento de plasmar su vida entera, desde la infancia hasta la actualidad en su persistente interés entre el proceso creativo (que ya quedaba plasmado en otra adaptación apabullante como la de "Pinocho") y la dualidad de hombres y monstruos que siempre le ha interesado. Más allá del mito de Prometeo, el director ha reinterpretado la historia como un melodrama familiar en el que la paternidad se convierte en el verdadero eje narrativo.
El resultado es una fábula visualmente impactante, que no impide que emerja su vertiente más emocional, donde los personajes clásicos se transforman y adquieren nueva dimensión, con un reparto en el que destaca sobremanera la criatura encarnada por Jacob Elordi que termina siendo el verdadero aliciente de la cinta. Muy distinto a Boris Karloff pero quizá, con el tiempo, igual de icónico para la generación actual. El alma y bastión emocional de la historia como una criatura en forma de figura escultural condenada a ser un monstruo por el hecho de ser considerada que no es digna de amor. Aunque la exuberancia de Guillermo del Toro a veces amenaza con devorar la narración, cuando logra equilibrar el exceso y la acción más explosiva, la película se erige como un viaje hipnótico al corazón del misterio humano conformando una cinta tan ambiciosa como íntima, tan gótica como profundamente romántica, que no puede evitar ser tanto una adaptación modélica y definitiva del clásico como sufrir algunos peajes de ritmo que hacen que la película se enriquezca más cuando adopta la perspectiva de la criatura que la del creador.
Una belleza envolvente tan fastuosa como íntima en la que Del Toro, además de ser un creador de imágenes de primera magnitud, y un ensalzador del oficio como algo artesanal que alcanza el carácter de mágica evocación de sueños, nos regala esa joya de criatura que te roba el corazón por la soledad, tristeza e infortunio que la envuelve como víctima de la megalomanía del hombre pero también de su crueldad a la hora de desterrar cuando no satisface su cometido. Una adaptación que si bien es fiel no es la más canónica (en ello gana la de Kenneth Branagh siendo más rigurosa) pero sí muy personal sin provocar que los puristas se sientan traicionados a pesar de que reinvente el tramo central siendo más fiel en su inicio y, sobre todo, en la conclusión. Del Toro sale más que victorioso del reto en una traslación que se antoja definitiva e incontestable sobre el universo creado por Mary Shelley y que conecta con su propia infancia y aquello que le llevó a ser cineasta y también uno de esos prestidigitadores del cine que, actualmente, es uno de los pocos capaces de recordarnos la capacidad embriagadora que puede tener lo que vemos a través de la pantalla.
Nacho Gonzalo











