"El ser querido"
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El argumento: El aclamado director de cine Esteban Martínez es una leyenda tanto por sus películas como por un pasado marcado por la violencia y los excesos. En su nuevo proyecto, le ofrece un papel a su hija Emilia con el pretexto de ayudarla a relanzar su estancada carrera como actriz. Convivir en el set fomentará una cercanía que no han compartido en años, pero también reabrirá viejas heridas que nunca cicatrizaron.
Conviene ver: "El ser querido" es un nuevo ejercicio de tensión de Rodrigo Sorogoyen que ahora no necesita de corrupciones y desmanes políticos, operaciones de antidisturbios en el contexto de las cloacas del Estado, o el contraste y recelos entre lugareños en un recóndito pueblo del norte de España, sino que se adentra en nuevos terrenos ante la disección en clave de autopsia (tras ya explorar el mundo de la pareja con "Stockholm" o con la serie "Los años nuevos") de una relación mortecina; la de un padre y una hija marcada por la ausencia, la culpa y el reproche que les impide mirarse el uno al otro.
Es lo que ya presenta la película desde unos portentosos 20 minutos iniciales en los que ambos; el director de cine que regresa a España tras haberse afincado en Nueva York y la hija actriz que va de casting en casting y no ha encontrado su oportunidad en la profesión viviendo en la precariedad, se dan cita en un restaurante. Un reencuentro en el que el padre le hace la oferta de contar con ella para protagonizar su próxima película; una cinta sobre el Sahara en la época colonial. "El ser querido" confirma la capacidad del director para construir conflictos humanos llenos de tensión. El cambio de género no supone una ruptura radical con su cine. La violencia sigue presente, aunque aquí adopta una forma mucho más íntima. Ya no está en las instituciones ni en las calles. Está en una familia, en las heridas que se acumulan con los años y en todo aquello que permanece sin resolver.
"El ser querido" impresiona por sacar toda la potencia posible a una premisa que podría parecer previsible pero que le convierte en el Sorogoyen más personal, profundo y dialogado a la hora de abordar con profundidad relaciones humanas y actos del pasado que rebotan en el presente, siendo un lastre anclado como una garrapata en sus respectivas existencias y que acentúa una compleja dinámica entre padre e hija durante un rodaje por confluir no solo la exigencia profesional sino también por el torbellino personal de pasados, traumas y reproches.
Javier Bardem y Victoria Luengo rozan la excelencia alternando la vulnerabilidad y la capacidad de imponerse el uno al otro, circunstancia que es aprovechada por una cámara que juega con los primeros planos en los que se van robando el espacio abordando un rodaje dentro de la trama de la película en el que será imposible que las propias vivencias y circunstancias acumuladas por el paso del tiempo entre ese padre y esa hija, con mucho que decirse pero con el enquistamiento fruto del silencio y el paso del tiempo, no impregne el ambiente de ese rodaje ambientado en Fuerteventura.
Conflictos morales en los que pasado y presente, realidad y ficción, se dan la mano ante el portentoso manejo de la cámara de un Sorogoyen ante un relato de perdón y memoria con un plató de rodaje como escenario de canalización de emociones. El abandono de los españoles a las colonias del Sahara dejando a este pueblo a su suerte es la premisa temática de esa película de ficción que supone una analogía de la propia relación entre padre e hija.
Un director de cine, con muchas aristas y complejidades, conocido por episodios violentos en el pasado y abusos de poder que le han convertido en una figura prestigiosa (habiendo ganado el Oscar y la Palma de Oro) pero también maldita y que ahora tiene que ser consciente de que una nueva sociedad no va a permitir comportamientos del pasado. Y es que ahora se encontrará con el freno a arrebatos de masculinidad tóxica y violencia que, hasta ahora, ha sido auspiciada en poder piramidal en forma de gritos, humillaciones y desplantes amparados en un egoísmo y una crueldad en el que hasta hace bien poco el resultado (por el bien del arte) era suficiente para justificarlo todo.
Un padre que no dudó en huir fruto de su ego dejando a su hija atrás, formando una nueva familia lejos de España y lejos de querer saber nada más de ella hasta que realmente la ha necesitado por interés y para querer sanar, a su manera y con sus propias reglas, un vínculo afectivo en estado comatoso en el que se plantea ante el espectador, si ante el daño tan profundo que ha dejado una herida por cicatrizar, se es posible recuperar la confianza.
Un conflicto a través de la memoria y de la narrativa que cada uno de ellos se ha construido y que convive en un rodaje en el que la tensión del mismo hace que salten determinados resortes que, bien por educación o complacencia, permanecían soterrados pero con potencialidad de explotar en cualquier momento.
Ese es el gran acierto de un Sorogoyen, excelente como siempre en la narración formal y en el manejo del ritmo, que conecta y hace confluir realidad y ficción entre el nervio y el desasosiego con escenas especialmente memorables como aquella en la que intentan rodar una secuencia y es imposible ante la furia iracunda de un director que asiste a los continuos fallos de los actores a la hora de decir sus frases o a la hora de simular que están comiendo y que resulte creíble. Una cinta que es mucho más que ver a un padre y una hija enfrentándose durante dos horas en un estado permanente de calma tensa ante una complejidad emocional que está muy por encima de las opiniones que hablan de cierto artificio burgués a la hora de definirlos.
El director mantiene aquí algunas de las características de su cine anterior. Aunque no exista un thriller propiamente dicho, la tensión está presente en muchas escenas. Sorogoyen sabe convertir una conversación cotidiana en un momento incómodo. Una mirada puede anticipar una discusión. Un silencio puede resultar más contundente que cualquier reproche. La amenaza no procede de un enemigo exterior, sino de aquello que los protagonistas llevan años evitando decirse.
Una película en la que los actores vuelven a brillar en el cine de Sorogoyen tanto en lo más expresivo como en miradas desde la distancia o o gestos espontáneos. Javier Bardem no hace más que superarse y crea un personaje complejo, tan carismático como temperamental de un instante a otro, que impone y perturba pero que también encierra cierta ternura al ver a una figura tosca incapaz de relacionarse de manera sana con los demás, más allá de transmitir sus imágenes en la pantalla. Es un hombre carismático, dominante y capaz de ocupar todo el espacio de una escena. Pero bajo esa seguridad existe una enorme fragilidad. Bardem consigue mostrar ambas caras sin convertir al personaje en una figura completamente previsible. Puede transmitir afecto y amenaza casi al mismo tiempo. Esa contradicción hace que cada conversación con su hija tenga una tensión particular.
Por su parte, Victoria Luengo no se achanta y brilla tanto en la réplica como en unos gestos tan medidos como orgánicos que la confirman como una de las actrices del momento a través de una desbordante naturalidad y sin miedo al salto sin red. Emilia no necesita levantar la voz constantemente para mostrar su enfado. Lleva demasiado tiempo conviviendo con él. La actriz transmite con eficacia esa mezcla de dolor, rabia y necesidad de afecto que define a una hija que todavía busca el reconocimiento de un padre al que también responsabiliza de parte de sus heridas.
No hay tampoco que olvidar el trabajo de Raúl Arévalo, Marina Foïs, Mourad Ouani, Raúl Prieto o Melina Matthews que forman parte de ese séquito que, casi como alivio cómico entre sus egos y preocupaciones propias de la burbuja en la que viven, asisten al día a día de los encontronazos entre padre e hija combinándose momentos de acercamiento entre ambos, fruto de la admiración y los lazos sanguíneos, pero otros en los que su carácter temperamental y el peso del pasado actúan como bolas de demolición. La película aprovecha esta situación para desarrollar un juego entre realidad y ficción. El rodaje se convierte en una extensión de los problemas familiares. Los personajes interpretan determinados papeles delante de la cámara, pero sus verdaderos conflictos terminan apareciendo fuera de ella. Poco a poco, las fronteras entre la película que Esteban está rodando y su propia historia comienzan a desaparecer.
El conflicto de la cinta queda evidente cuando Esteban (Bardem) recuerda cuánto le gustaba llevar a Emilia (Luengo) al cine cuando tenía 12 y 13 años siendo un recuerdo que ellos comparten. Pero para ella permanece de otra manera refiriéndose a la vez que fueron a ver "Kill Bill: Volumen 2" y Esteban, borracho y drogado, se metió en una pelea a puñetazos. Un ser narcisista con falta de autocrítica que crea su propia realidad en un ejercicio de negación frente a lo que ha quedado en su hija y que, a la postre, la ha terminado definiendo. Uno de los grandes aciertos de Sorogoyen es no presentar el perdón como una solución automática. Esteban puede reconocer sus errores, pero eso no significa que Emilia esté obligada a olvidarlos. La película entiende que una disculpa no borra los años de ausencia ni las consecuencias de determinadas decisiones. El afecto puede seguir existiendo al mismo tiempo que el resentimiento. Y esa contradicción resulta mucho más interesante que cualquier reconciliación sencilla.
Esteban es director y está acostumbrado a decidir qué ocurre delante de una cámara. Intenta trasladar esa misma lógica a su vida personal. Pero una relación familiar no puede dirigirse como una película. No existe un guion que permita modificar una escena desagradable ni una segunda toma para corregir una decisión equivocada. El pasado permanece y Emilia no está dispuesta a interpretarlo según las necesidades de su padre. Alguien que en la vida y en el trabajo no ha aceptado un "no" por respuesta y que es incapaz de ser consciente del daño infringido a los demás como el culmen del artista que está por encima del bien y del mal y que por ello piensa que cualquiera de sus actos están justificados a pesar del daño provocado. Un Sahara abandonado a su suerte por una España que no asumió sus responsabilidades y deberes, lo mismo que un padre que solo pensó en él, cargado de razón y fruto de su carácter y adicciones, emprendiendo otro camino sin echar la vista atrás y ser consciente de lo que había dejado.
"El ser querido" es un paso adelante en la carrera de un director que no hace más que sorprender y que difícilmente da pasos en falso porque siempre tiene algo que contar, sabiendo darle interés a sus historias llevando al espectador por donde quiere ante un ritmo en forma de metrónomo que, incluso en los momentos más calmados, está activo en todo momento gracias a un montaje modélico y engarzado que lleva a que incluso el director se permita honrar esta labor con el cameo de su propio montador, Alberto del Campo.
Un juego de espejos magistral, tanto en lo formal como en lo emocional, que sabe superar lugares comunes y que enfrenta la necesidad de un perdón (más sanador y liberador para ella frente a alguien que vive en la permanente justificación como él) frente al peso de una memoria que paraliza. Entre ambos existe una mezcla complicada de cariño, resentimiento y desconfianza. Se necesitan, pero al mismo tiempo saben que acercarse demasiado puede volver a abrir heridas que nunca terminaron de cerrarse. Una película sobre el cine, sobre quienes lo hacen y sobre la dificultad de utilizar la ficción para reparar aquello que la vida ha roto.
Aunque sufre una excesiva duración y que, una vez más, parece que el cine del director vaya de más a menos durante su metraje, habiendo trabajos superiores en su filmografía a nivel de precisión y contundencia, "El ser querido" no hace más que confirmar el poder narrativo y técnico de un cineasta que, gracias a un sólido guión que sabe partir de algo clásico para que parezca algo nuevo, y unos actores en estado de gracia, es capaz de abrirse emocionalmente más que nunca siendo capaz de culminar un nuevo hito en su cine. Su mayor virtud está en no ofrecer una respuesta fácil sobre la posibilidad de reparar una relación rota. Porque la película no habla solamente de un padre que quiere recuperar a su hija. Habla de todo aquello que el tiempo no puede devolver. De los años perdidos, de las heridas que permanecen y de la dificultad de pedir perdón cuando ya se ha causado demasiado daño.
Conviene saber: A competición en el Festival de Cannes 2026 y formará parte del el Festival de Toronto 2026.
La crítica le da un OCHO











