"El precio de la red" y la red social que terminó explicándonos
Querido primo Teo:
Cuando David Fincher estrenó "La red social" (2010), Facebook todavía podía contemplarse como una revolución tecnológica, una herramienta destinada a modificar nuestra manera de comunicarnos. Dieciséis años después, la película parece mucho más ambiciosa. Ya no es solamente la historia de cómo Mark Zuckerberg creó una de las plataformas que transformaron internet. Es el retrato de una sociedad que estaba a punto de descubrir que las relaciones humanas podían convertirse en datos y que esos datos podían generar una forma inédita de poder.
Hay que detenerse también en Aaron Sorkin, porque buena parte de la extraordinaria capacidad de la película para trascender su argumento está en su escritura. Prestigioso dramaturgo y creador de series como "El ala oeste de la Casa Blanca" (1999-2006), Sorkin convirtió una historia sobre programadores, demandas y algoritmos en un drama de ambición, traición y poder. Su guion de "La red social" le valió el Oscar y contribuyó decisivamente a transformar una historia reciente de Silicon Valley en un relato cinematográfico con la dimensión de una tragedia clásica.
Sorkin, también como director, vuelve a aquel universo con "El precio de la red", continuación que desplaza el foco desde el nacimiento de Facebook hacia las consecuencias de aquel invento. Si "La red social" narraba la construcción de una maquinaria de poder, su nueva película se pregunta por el precio que hemos pagado por ella. El dramaturgo que convirtió en cine la creación de Facebook regresa al escenario que ayudó a construir para observar sus efectos sobre una sociedad cada vez más fragmentada, en la que las redes sociales ya no solo condicionan nuestra manera de relacionarnos, sino también la conversación pública y nuestra percepción de la realidad.
No es exagerado considerar a "La red social" como una de las películas que mejor han descrito la sociedad individualista del siglo XXI. Fincher comprendió que la tecnología no iba a acabar con nuestra necesidad de relacionarnos, sino que iba a cambiar radicalmente el escenario. En este sentido, Facebook no surgió de la nada: puede entenderse como una extensión de los foros de Internet y de los primeros servicios de mensajería instantánea, como MSN Messenger, que ya habían empezado a trasladar las relaciones sociales a espacios digitales.
Sin embargo, Facebook llevó esa lógica un paso más allá al convertir la propia identidad y las relaciones personales en el centro de la experiencia. El mundo real empezaba a competir con un espacio virtual donde cada individuo podía construir su identidad, seleccionar sus vínculos y encontrar comunidades afines sin necesidad de compartir físicamente un territorio.
Zuckerberg es el centro de esa transformación y Fincher tiene la inteligencia de no convertirlo en un simple visionario tecnológico. Lo filma como un personaje cinematográfico: frío, brillante, hermético, incapaz de expresar convencionalmente aquello que desea. Parece estar siempre a unos centímetros de los demás y, al mismo tiempo, a años luz de ellos. Su obsesión por crear Facebook puede interpretarse como una búsqueda de poder, pero también como la respuesta a una carencia íntima que nunca llega a resolver.
Hay algo de Charles Foster Kane en él. No porque ambos personajes sean moralmente equivalentes, sino porque Fincher utiliza una figura extraordinariamente poderosa para preguntarse qué ocurre cuando alguien consigue construir un imperio sin alcanzar aquello que realmente estaba buscando. "Ciudadano Kane" (1941), la película de Orson Welles, convertía la vida de un magnate de la prensa en una investigación sobre el poder, la soledad y el deseo imposible de recuperar algo perdido.
"La red social" actualiza esa operación para el siglo XXI. Kane construye un imperio de periódicos; Zuckerberg, una red que termina convirtiéndose en un imperio de relaciones humanas. La comparación resulta especialmente interesante porque ambos entienden el mundo como algo que puede organizarse desde arriba. Kane quiere influir en aquello que los demás piensan. Zuckerberg crea el espacio en el que millones de personas van a decidir qué quieren ver, con quién relacionarse y qué versión del mundo consumir.
La diferencia es que el poder de Zuckerberg resulta mucho más invisible. No necesita que leamos un periódico determinado: consigue que las noticias, las conversaciones, los amigos, los enemigos, y hasta nuestra propia identidad, aparezcan dentro de la misma pantalla. Fincher convierte esa idea en cine sin necesidad de subrayarla.
La película está construida a partir de conversaciones rápidas, pantallas, reuniones, interrogatorios y personajes que hablan constantemente mientras parecen incapaces de escucharse. Incluso las escenas más concurridas transmiten una extraña sensación de aislamiento. Es como si el director hubiera entendido que la soledad del futuro no consistiría en estar físicamente solo, sino en permanecer permanentemente conectado sin llegar a sentirse acompañado.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de las redes sociales. Las creamos para acercarnos, pero también nos proporcionaron las herramientas para elegir qué queremos escuchar y, sobre todo, qué no queremos escuchar. La promesa de la conexión absoluta contenía también la posibilidad de construir pequeñas cámaras de eco. Eso ayuda a entender su influencia en la polarización contemporánea.
No sería justo atribuir a las redes sociales por sí solas la fractura política y social de nuestro tiempo, porque las divisiones ya existían. Pero plataformas como Facebook introdujeron una dinámica nueva: nuestras preferencias podían convertirse en datos y esos datos permitían personalizar aquello que veíamos.
La conversación pública empezó a fragmentarse en millones de conversaciones privadas, cada una con sus propias certezas. La pantalla puede convertirse así en una habitación llena de espejos: entramos buscando conversación y terminamos encontrando confirmación. El algoritmo no necesita convencernos de nada para favorecer la polarización; basta con mostrarnos una y otra vez aquello que consigue mantener nuestra atención. Lo que antes era una plaza pública comienza a parecerse a miles de habitaciones contiguas en las que cada uno escucha una versión diferente de la realidad.
Por eso resulta tan significativa la manera en que Fincher retrata a Zuckerberg. Su personaje no parece interesado en construir una comunidad en el sentido tradicional, sino en organizar las conexiones. Y esa diferencia es fundamental. Una comunidad implica vínculos imprevisibles, encuentros incómodos, personas que pueden contradecirnos. Una red puede convertirse, en cambio, en una arquitectura diseñada para que cada individuo encuentre aquello que quiere encontrar. Puede que por eso la película nos resulta hoy más inquietante que cuando la vimos por primera vez.
Entonces podía parecer la historia de unos jóvenes brillantes que habían creado una empresa extraordinaria. Ahora parece el principio de algo mucho más grande: el momento en que descubrimos que nuestra intimidad, nuestros gustos y nuestras relaciones podían ser cuantificados, almacenados y utilizados. Sorkin vuelve ahora sobre ese mismo territorio para mirar las consecuencias.
Si en 2010 el conflicto era quién había creado Facebook y quién se quedaría con el mérito, en "El precio de la red" el problema es qué hizo Facebook con el mundo que ayudó a construir. La conexión entre ambas películas resulta inevitable: la primera narra el nacimiento de una maquinaria de poder; la segunda examina algunas de sus consecuencias sociales y políticas.
Ahí puede estar la razón por la que "La red social" ha terminado adquiriendo una dimensión que sus propios creadores difícilmente podían prever. Hay películas que retratan una época y otras que, con el paso del tiempo, terminan explicándola. La de Fincher pertenece a esta segunda categoría. Lo verdaderamente inquietante no es que Mark Zuckerberg supiera intuir hacia dónde se dirigía Internet, sino que nosotros, en nuestra desesperada búsqueda de la conexión que no siempre encontramos en el mundo real, aceptáramos con tanta facilidad convertir nuestra vida cotidiana en la materia prima de un negocio.
En plena epidemia de soledad, entregamos nuestra intimidad a cambio de una promesa de conexión y acabamos convertidos en mercancía: datos, hábitos y emociones explotados para alimentar una maquinaria que obtiene beneficios precisamente de nuestros vacíos.
Mary Carmen Rodríguez
























