Cine en serie: "Negocios turbios", dos jubilados contra la corrupción del agua

Cine en serie: "Negocios turbios", dos jubilados contra la corrupción del agua

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Querido Teo:

"Privatizar el agua es mejor que nacionalizarla. Creo que la privatización del agua tendrá un gran éxito. Tendrá un gran éxito y quizá por ese motivo deberíamos esperar para poder opinar con conocimiento de causa". Una frase de Margaret Thatcher abre el primer episodio de "Negocios turbios". Es una declaración política y, en manos del guionista Joseph Bullman, también el punto de partida para juzgar, con la perspectiva que da el tiempo, la bondad o maldad del planteamiento. La opinión queda muy clara tras ver los tres capítulos de esta miniserie, basada (no inspirada) en hechos muy reales que se remontan al inicio de la privatización del agua por parte de los conservadores que gobernaron el Reino Unido con la dama de hierro al frente.

La serie no necesita que sus protagonistas conozcan los entresijos de Westminster: ninguno de los dos hombres reales en los que se basa "Negocios turbios" tenía experiencia política. Uno era policía y el otro científico experto en análisis de datos. Ambos estaban jubilados. A los dos les basta con mirar el río Windrush, en Oxfordshire. Han desaparecido peces que antes abundaban y el agua ha cambiado de aspecto. Empiezan a preguntar por qué.

Su relación tiene aroma a comedia británica: el primero insiste, desconfía y busca testigos; el segundo descubre patrones en las cifras que reciben de la compañía privada que gestiona el agua. No se presentan como héroes. Ni siquiera empiezan pensando que investigan un delito. Quieren saber qué se vierte al río y con qué frecuencia.

Las respuestas oficiales, redactadas con el lenguaje preciso para evitar respuestas, son un motor dramático formidable. La compañía distingue entre aguas residuales sin tratar y aguas residuales sin tratar mezcladas con otras ya depuradas. Los dos hombres descubren que una frase puede ser técnicamente defendible y, sin embargo, inducir al público a una conclusión equivocada. El espectador aprende pronto que las palabras importan tanto como los análisis de laboratorio.

La privatización del agua en Inglaterra y Gales, aprobada bajo el Gobierno de Thatcher en 1989, constituye el marco de la historia. Esto no equivale a decir que todos los problemas ambientales empezaran entonces ni que cualquier gestión pública sea, por definición, mejor. La serie cuestiona algo más concreto: qué ocurre cuando una empresa controla un servicio esencial, acumula incentivos financieros y las autoridades encargadas de vigilarla carecen de recursos o dependen en exceso de la información que les suministra la propia empresa.

"Negocios turbios" se interesa por los mecanismos de esa dependencia, que en un mundo paradisiaco se calificaría de autocontrol responsable. En un mundo capitalista desenfrenado, consiste en poner a un lobo a cuidar de las ovejas y pedirle que avise cuando mate alguna. Un vertido autorizado en condiciones excepcionales no debería convertirse en una práctica ordinaria.

Una inspección anunciada con antelación no ofrece las mismas garantías que una visita imprevista. Y una base de datos que parece incomprensible puede revelar, una vez examinada, períodos enteros en los que las instalaciones no habrían depurado lo que debían. En ese terreno, la perseverancia de Hammond y Smith resulta más convincente que cualquier discurso.

David Thewlis aporta al antiguo policía una obstinación sin solemnidad. Quien lo recuerde como Remus Lupin en las películas de Harry Potter (2004-2011) encontrará aquí un personaje muy diferente. Jason Watkins, conocido por "The crown" (2019), interpreta a un hombre que prefiere demostrar antes que proclamar.

Las discusiones entre ambos, a veces tan domésticas que recuerdan a "La extraña pareja" (1968), alivian un relato de considerable dureza. Su relación sostiene la miniserie incluso cuando el guion subraya los datos con rótulos informativos.

La serie alterna la búsqueda de la verdad con las consecuencias humanas de la contaminación. Una familia de vacaciones, un baño y una infección introducen una dimensión que ninguna gráfica puede contener. Conviene hacer una distinción esencial: la serie dramatiza sucesos y personas reales, pero una representación televisiva no equivale a una sentencia judicial sobre todas las relaciones de causalidad que sugiere.

El caso de Heather Preen, fallecida tras contraer una infección por E. coli, exige precisamente esa cautela. La causa concreta del brote no quedó establecida de manera concluyente. Pero al espectador le queda muy claro cuál sería su voto como jurado.

"Negocios turbios" se sitúa en la tradición británica de ficciones que convierten la burocracia en materia de suspense. "Mr. Bates contra Correos" (2024) es su pariente más cercano: ciudadanos ordinarios, documentos difíciles de descifrar y una institución que responde con procedimientos cuando debería responder con hechos. Aquí no hay un asesino oculto entre los vecinos. El posible delito está disperso entre oficinas, protocolos, presupuestos y decisiones tomadas a lo largo de años.

La realización utiliza una estética próxima al documental, incorpora materiales de archivo y reconstruye comunicaciones y declaraciones. Es una opción eficaz para explicar un problema técnico sin convertirlo en una conferencia. También tiene inconvenientes: en algunos momentos, la insistencia del mensaje reduce los matices y deja poco espacio a las contradicciones personales de los personajes. El propósito de denuncia domina sobre la ambigüedad que suele enriquecer a la mejor ficción.

El relato, no obstante, acierta en una cuestión fundamental: investigar consiste en hacer preguntas verificables. ¿Cuántas veces se vertió? ¿En qué fechas? ¿Qué medían los sensores? ¿Quién revisó los datos? ¿Dónde se tomaron las muestras? ¿Quién decidió no actuar? Son preguntas sencillas que, juntas, pueden desmontar una explicación aparentemente sólida. Para cualquier ciudadano, esta es quizá la parte más estimulante de la serie.

No conviene verla como un tratado definitivo sobre la privatización. Sí como una demostración de que el control de un recurso básico no puede descansar únicamente en la buena voluntad de quien cobra por gestionarlo. Al terminar, la cuestión más interesante no es solo qué ocurrió en el río Windrush, sino quién tiene la obligación de garantizar que no vuelva a ocurrir. 

Vídeo

"Negocios turbios" puede verse en España en Movistar+

Carlos López-Tapia

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