El cine frente a la caída de sus propias estrellas, el irresistible prestigio del ocaso

El cine frente a la caída de sus propias estrellas, el irresistible prestigio del ocaso

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Querido primo Teo:

Noah Baumbach con "Jay Kelly" no ha inventado nada, por muy bien que nos cuente la historia de una estrella de cine que ya ha comenzado a asumir que su tiempo ha pasado, realmente valiente es George Clooney al mostrarse de una manera tan descarnada. El cine ha tenido siempre una fascinación casi morbosa por la caída de sus propias criaturas. Las estrellas de Hollywood, convertidas primero en dioses domésticos, terminan a menudo observando cómo la industria que las elevó deja de necesitarlas. Esa tensión entre gloria y olvido, entre memoria y decadencia, ha dado lugar a algunas de las películas más potentes y reveladoras del séptimo arte. A través de historias que van del drama al "noir" y de la sátira a la tragedia íntima, el cine ha construido un espejo en el que sus ídolos ven reflejado no solo su éxito, sino el final inevitable de éste.

Pocas obras han capturado esta dinámica con tanta precisión como "El crepúsculo de los dioses" (1950), donde Billy Wilder disecciona la psicología de la estrella caída con ironía cruel y compasión amarga. Norma Desmond, un reflejo de la propia Gloria Swanson, se convierte en un símbolo eterno: una actriz del cine mudo que se niega a aceptar el paso del tiempo y se aferra a un mundo que ya no existe. La mansión oscura en la que habita es casi un mausoleo del antiguo Hollywood, un espacio donde la realidad se disuelve y solo queda la ilusión. El descenso de Norma es también el del sistema que la creó, un recordatorio de que el estrellato es una construcción frágil y efímera.

Décadas más tarde, el propio Wilder volvería al tema con "Fedora" (1978), una mirada más triste y desencantada. Si en "El crepúsculo de los dioses" predominaba el sarcasmo, aquí domina la melancolía. Fedora, la actriz eternamente joven, existe gracias a una mascarada que desafía el paso del tiempo y cuestiona la identidad misma. La película funciona como una elegía al Hollywood clásico y al ideal imposible de juventud perpetua. El engaño que sostiene el mito se vuelve más inquietante cuanto más evidente es que la industria nunca ha permitido que las personas detrás de las estrellas envejezcan de forma natural.

En otro registro, "Ed Wood" (1994) ofrece un retrato profundamente humano del ocaso a través de la figura trágica de Bela Lugosi, que valió el Oscar al mejor actor de reparto a un extraordinario Martin Landau. Tim Burton transforma lo que podría haber sido una caricatura en un homenaje lleno de ternura hacia los olvidados del cine. Lugosi, antaño icono del terror, aparece consumido por el abandono, la adicción a la morfina y la sombra de su antigua fama. Su amistad con Wood revela la dignidad y vulnerabilidad de quienes, atrapados en la nostalgia de su propio mito, buscan un último lugar donde brillar, aunque sea en producciones marginales.

La caída de una estrella puede ser también el resultado de los cambios tecnológicos, como muestra la oscarizada "The artist" (2011). Aquí el drama se desarrolla durante la transición del cine mudo al sonoro, un periodo que dejó atrás a intérpretes que no lograron adaptarse. George Valentin contempla cómo su mundo desaparece mientras la industria celebra a nuevas figuras. La película, filmada como homenaje al cine de la época, recuerda que la caducidad en Hollywood es tan técnica como emocional, y que el artista puede quedar fuera de juego simplemente porque el medio decide avanzar sin él.

La historia de la fama que asciende mientras otra se derrumba tiene en "Ha nacido una estrella" su expresión más icónica. En todas sus versiones, la trama sigue el mismo patrón: una joven promesa asciende gracias a un talento arrollador mientras su mentor, o amante, se hunde, incapaz de sobrellevar la pérdida de protagonismo. La tragedia surge del contraste entre la luz que nace y la que se apaga, una dialéctica cruel que señala cómo el éxito de uno puede amplificar la caída del otro. La figura del hombre roto, devorado por sus adicciones y por su necesidad de brillar, revela el reverso emocional del estrellato.

Obras como “Birdman" (2014) actualizan ese conflicto al siglo XXI. El protagonista, antiguo actor de cine comercial, lucha desesperadamente por recuperar prestigio artístico. La presión de las redes sociales, la crítica y el propio ego convierten su intento de redención en una batalla casi alucinatoria. La obsesión por la validación pública, hoy amplificada por internet, actúa como una forma moderna de caída, donde la estrella se derrumba no por el abandono del público, sino por su propio miedo a ser irrelevante.

El cine ha abordado también la decadencia desde el horror psicológico, como en "¿Qué fue de Baby Jane?" (1962), donde dos antiguas actrices, aisladas y enfrentadas, viven atrapadas en un pasado que no pueden superar. El deterioro mental y físico se convierte en metáfora de la imposibilidad de aceptar el olvido. Algo similar sucede en "Mulholland Drive" (2001), donde la aspiración frustrada a la fama se transforma en un laberinto onírico y perturbador que muestra los mecanismos invisibles, y devastadores, del sueño hollywoodense.

Incluso las películas que observan el fenómeno desde la sátira, como "Maps to the stars" (2014) o "¡Ave, César!" (2016), dejan entrever el mismo mensaje: detrás de los brillos y las sonrisas se ocultan vidas rotas, inseguridades, luchas de poder y un sistema que deshumaniza a sus criaturas para convertirlas solo en fenómenos de consumo.

Todas estas películas componen, en conjunto, un retrato complejo y fascinante del ocaso de las estrellas. El cine que celebra la fama es también el que mejor ha sabido mostrar su ruina. En la pantalla, el declive se convierte en tragedia, en melodrama, en horror o en sátira, pero siempre cumple la misma función: recordarnos que la fama es un artificio luminoso que se sostiene con hilos frágiles. Y quizás por eso, precisamente, nos sigue obsesionando. Porque detrás de cada estrella que cae está el destello de lo que alguna vez fue, y la pregunta inevitable de qué significa realmente brillar. 

Mary Carmen Rodríguez 

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