"La primera escuela"

"La primera escuela"

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El argumento: Francia, finales del siglo XIX. Louise Violet es una profesora parisina, enviada a la campiña francesa. En un lugar donde la vida cotidiana está ligada a las estaciones, la tierra y los cultivos, primero deberá convencer a los habitantes para que envíen a sus hijos a la escuela. Con la ayuda del alcalde, los padres y sus hijos acaban por aceptarla. Pero pronto, su pasado la alcanza. A pesar de los obstáculos, la señorita Violet se entregará en cuerpo y alma a su creencia: la educación es la clave de la libertad.

Conviene ver: "La primera escuela", dirigida por Éric Besnard, se sitúa en la Francia rural de finales del siglo XIX, en las secuelas del fracaso sangriento de la Comuna de París en la que buscaba imponerse un socialismo autogestionado que rigió durante un par de meses el París de 1871 hasta que el movimiento fue erradicado por el ejército nacional. Su protagonista, Louise Violet (Alexandra Lamy), es una mujer marcada por haber tomado parte en aquella insurrección y por los diez años de cárcel que debió purgar como castigo. Convertida en símbolo incómodo de un pasado revolucionario, así como traumatizada por la enorme pérdida personal que ha sufrido como peaje, es "desterrada" a un pueblo remoto de la campiña francesa donde la educación ha sido relegada durante décadas. Allí, en un entorno áspero, conservador y agreste, marcado por el machismo y por el poco acogimiento hacia los que son forasteros, deberá enfrentarse con empeño e ilusión al recelo de unos vecinos que la consideran una intrusa, a la desconfianza inicial del alcalde (Grégory Gadebois) y, sobre todo, a la resistencia de unos campesinos aversos al cambio que prefieren mantener a sus hijos en el campo, con el fin de poder preservar ese modo de vida, antes que verlos sentados en un pupitre. La película retrata con sensibilidad el choque entre la ignorancia asumida como destino inevitable y la educación entendida como la verdadera vía de emancipación. La tierra como algo tradicional y conservador frente al progresismo del cambio y las nuevas ideas que invitan a pensar que otro futuro es posible. Besnard, habitual de historias inspiradoras y reparadoras ambientadas en entornos campestres y costumbristas, construye un relato que combina el drama íntimo con un trasfondo social de gran calado, sostenido en la calidez de la ambientación y en la belleza de una fotografía cuidada hasta el último detalle. Sin embargo, ese mismo preciosismo, con sus cielos iluminados y paisajes bucólicos, roza a veces lo pintoresco, suavizando la dureza de un contexto histórico marcado por la precariedad y la represión en un entorno natural pero en el que es difícil subsistir por sus duros inviernos y la dureza física que implica. El ritmo pausado y el tono contenido acompañan con coherencia la lucha de Louise por convencer, uno a uno, a los habitantes de la aldea y lograr enganchar a unos pequeños que hasta esa fecha no parecían tener posibilidad de optar a algo distinto. El entorno de Louise se torna más complejo cuando su pasado político sale a la luz y amenaza con minar su autoridad y la confianza que empieza a ganarse, pero ahí reside también la fuerza moral de la historia: la educación no como un servicio más, sino como un gesto de resistencia y de libertad bien se imparta desde un establo o desde una escuela construida con ilusión por todo el pueblo de manera colectiva.

Un elogio a la educación como elemento de unión frente a las desigualdades y como vía hacia un futuro digno del que todo el mundo es merecedor con el fin de poder alcanzar una oportunidad para poder ser lo que uno quiera. En ese recorrido, el film encuentra su mayor poder en las interpretaciones. Alexandra Lamy compone una maestra obstinada, luminosa y creíble, que conjuga firmeza y ternura intentando dar una oportunidad a las generaciones del mañana destinadas a cambiar el mundo; mientras que Grégory Gadebois aporta humanidad, tan ruda como noble, a un personaje que, partiendo de la rigidez y el rechazo, termina revelando una vulnerabilidad inesperada y su necesidad de afecto. Sin embargo, esa solidez actoral contrasta con la construcción del relato, que a menudo peca de exceso de contención y cierto academicismo, como si la historia temiera arriesgarse más allá de lo previsto sin ayudar una definición de secundarios que no va más allá de lo obvio con niños encantadores, padres que se mueven entre la cerrazón al cambio y el miedo a lo desconocido, la madre del alcalde que quiere que su hijo estreche lazos con la maestra, un cartero cotilla y borrachín y un sacerdote que se permite dudar sobre la fe. La narración avanza con suavidad, sin sobresaltos ni sacudidas, sostenida por buenos sentimientos pero con una falta de garra dramática que resta intensidad a un material que pedía mayor contundencia más allá del choque social y de una mujer que intenta abrirse y superar su losa del pasado. "La primera escuela" se erige como una obra sobria, accesible y honesta, que se deja ver con agrado y que logra recordarnos que la educación pública y universal no fue una conquista inmediata, sino el fruto de luchas silenciosas y persistentes en entonos hostiles y poco acogedores para el conocimiento, lastrados por la ignorancia desdeñosa y las acusaciones prejuiciosas, frente a la fuerza, la maña y los cánones que marca el cultivo de la tierra. Puede que no sorprenda ni emocione con la fuerza de otras aproximaciones al mismo tema, al moverse en terrenos previsibles con poca enjundia dramática, pero ofrece un retrato cálido y entrañable de un tiempo en que abrir un aula en medio del campo era, por sí solo, un acto profundamente revolucionario encendiendo la mecha que propague una educación que sea vía no solo para alcanzar la libertad sino para poder manejar el timón que marca el destino de cada uno. 

Conviene saber: Grégory Gadebois y Alexandra Lamy consiguieron los premios a los mejores intérpretes en el BCN Film Fest 2025.

La crítica le da un SIETE

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