Los perros también son estrellas

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Querido diario:

El hombre es el peor enemigo del perro, pero el cine ha concentrado más a menudo su interés en los casos de amistad entre ambos. Si mi mascota “Cascos”, un cerdo trufero todavía mejor entrenado que esos perros capaces de oler el rastro de un cadáver hasta catorce meses después, no fuera un ser tan celoso tendría perro.

El perro fue el primer animal en incorporarse al cine como un arquetipo argumental. En los primeros westerns mudos de serie B, el espectador sabía desde el primer momento quién era el héroe porque nunca fumaba, iba bien afeitado y por un detalle que se convirtió en algo muy popular: se veía a un hombre antes de entrar al “saloon”, si le pegaba la patada a un perro en la calle era el malo, si lo acariciaba era el héroe.
Salvo casos contados, el perro y el cine han mantenido buenas relaciones, tal vez porque cuando la gente del cine llegó por primera vez al poblacho de Hollywood, los pocos habitantes colocaron letreros en las puertas y jardines de sus casas que Decían: «No se permiten ni perros, ni actores».
Después de hacer una consulta en La Clínica aprovechando la cola del electroshock, sale que el perro más popular del cine sigue siendo Rin Tin Tin. Es un buen resultado, tan falso como el propio cine, porque Rin Tin Tin nunca apareció en ninguna de sus películas. En su primer día de rodaje en el estudio, no le debió gustar el todopoderoso Jack Warner y le mordió por detrás. Warner prohibió que el “animal salvaje” volviera a entrar en su plató. Así que probaron con otro, hijo del original, que se hizo famoso.

Lassie.jpgEs lógico que los dueños quieran que sus perros muertos estén localizados, a mi me pasa igual con las personas, y suelen enterrarlos en sus jardines cuando los tienen, o en algún lugar tranquilo y visitable. Digo suelen porque no siempre es así. Errol Flynn zarpó cierto día con su yate Sirocco, y cuando se dio cuenta de que su perro “Amo” no estaba, llamó al guardacostas, que encontró el cuerpo del perro y se ofreció a llevárselo. «No, no, por favor, envíenme su collar», y enterró el collar en un cementerio para animales de Compañía.
Freud afirma que la relación entre un perro y su dueño es semejante a la de un padre con su hijo, con una diferencia: «No hay ambivalencia ni elementos de hostilidad.» Así se entiende el cariño póstumo que pervive y que ha favorecido los cementerios caninos, pero hasta ahora eran cementerios democráticos, sin clases, donde sólo el capricho de los dueños establecía diferencias en formas y tamaños retumbas. Pero ahora ya tenemos el primer cementerio canino para estrellas, casi una bombonería para necrófilos.

Una organización británica ha decidido rendir homenaje a los héroes de cuatro patas que han enaltecido el séptimo arte con su presencia canina. Sus ladridos, saltos y movimientos de cola han tenido también mucha presencia en el cine. Esas mascotas de la pantalla serán inmortalizadas con un boulevard de las estrellas, al estilo de Hollywood, y con bancas que tendrán placas con su nombre. Algunos de los candidatos son Gromit (de Wallace y Gromit), Lassie, Rintintin o el simpático Totó de “El mago de Oz” junto a clásicos de Disney como los 101 dálmatas o la dama y el vagabundo destacando su escena de extasis amorosa en plena zampada de tallarines.

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