“Asesinato en el jardín botánico”

“Asesinato en el jardín botánico”

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La casa de Lorenzo La Marca está en el centro histórico de Palermo. Un edificio de cuatro pisos, estrecho y largo, con un apartamento por planta. El edificio es suyo, una herencia, y Lorenzo ocupa el ático. Al entrar en su vestíbulo, John Wayne te mira directo a los ojos desde la taberna de “La diligencia”. El cartel es el primer reflejo de su cinefilia, más amplia que su devoción por los clásicos de Hollywood. La elección de  Wayne como mayordomo invita a pensar que aquí vive un conservador. Sería un error dejarse llevar por el prejuicio.

Título: “Asesinato en el jardín botánico”

Autor: Santo Piazzese

Editorial: Siruela

“Me dispongo a fisgar un poco aprovechando que Lorenzo está en el trabajo. Trabaja en el jardín botánico, da clases, y yo he elegido para venir el día que encontrará el cadáver de un amigo colgando de un ficus espectacular.

Domina el salón un sofá frente a una reproducción de un cuadro de Andrew Wyeth. Una joven en primer plano, de espaldas: grácil, huesuda, de cabellos negros, medio tumbada con las piernas estiradas de lado y el costado derecho en contacto con el suelo. Sostiene el busto apoyándose en las palmas de las manos y mira en dirección a dos viejas construcciones rurales que están en lo alto de una pendiente. Entre ella y las casas, una extensión de hierba amarilla y segada en parte. El cuadro se titula Christina’s World. La chica es poliomielítica. Es un poco patético, pero no resulta almibarado. Transmite seguridad.

En otra pared se ordenan unos 2.000 discos, entre vinilos y CD, con preferencia por la calidez nostálgica del vinilo. No ha devuelto a su lugar un CD con la banda sonora de “Ascensor para el cadalso”, interpretada por Miles Davis: 72 minutos de música con seis piezas inéditas que no se utilizaron para la película. En el plato, un LP de Billie Holiday. Lorenzo tiene oído.

Lo que más tira de la vista es la pared de cristal que conduce a la terraza. Una extensión de tejas viejas cubiertas por una capa de musgo seco. Más lejos, la cúpula del Observatorio Astronómico y el palacio de los normandos; luego, una detrás de otra, las cúpulas de la catedral y otras siete hasta las cupulillas árabes de San Cataldo y, al fondo, una franja de mar entre los tejados y el cielo.

La zona es bastante tranquila. Es una de las bases de los emigrantes de retorno, los magrebíes que entran en los barrios abandonados por sus antepasados hace más o menos 1.000 años. Buena gente que se gana su pan. Disponen de una mezquita en una iglesia antigua y desacralizada que les concedió la curia, con un café anexo estilo “Casablanca”. Algunas veces, cuando el viento sopla desde allí, llega la voz del imán llamando a la oración en el nombre de Dios Clemente y Misericordioso.

Tiestos con flores y alguna planta aromática, una tumbona recogida y otra extendida frente a una mesa baja con un vaso vacío y ligeramente teñido de algo blanquecino. El olor es inconfundible: pastis. A Lorenzo le parece que es lo  que pega con el siroco. Y cuando el siroco se adueña de Palermo, más vale tener algún plan. Aunque colgarse de un árbol es demasiado radical”.

Es un buen momento para tumbarse un rato a leer “Asesinato en el jardín botánico”, la primera historia de Santo Piazzese con Lorenzo de protagonista. Los lectores en español han tenido que esperar veinte años para encontrarse con este biólogo y escritor palermitano de novela negra, alejado de los clichés habituales que transmite el cine y la literatura de mafiosos.

La editorial Siruela acaba de sacar también el segundo de los cuatro libros con Lorenzo La Marca dentro y ojalá les compense hacer lo propio con los que faltan porque, al margen de cada aventura, es una buena manera de pasar por Palermo sin sufrir el siroco.

Carlos López-Tapia

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