Cannes 2019: Los miserables de Victor Hugo siguen vigente en el siglo XXI y el esperpento del Brasil más profundo

Cannes 2019: Los miserables de Victor Hugo siguen vigente en el siglo XXI y el esperpento del Brasil más profundo

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Querido Teo:

Tras el despertar zombie que nos ofreció Jim Jarmusch, que aun así cumple lo que se pide de una cita inaugural como es que haga hablar, que garantice el disfrute sin pretensiones, y que tenga una buena nómina de estrellas, Cannes adopta el que va a ser su ritmo definitorio con dos películas a concurso de las eminentemente festivaleras más lo que nos vamos encontrando en otras secciones, esas joyas ocultas que tienen difícil sacar cabeza frente a lo mediático que supone estar en la competición oficial. Ese ha sido el terreno de “Les misérables” de Ladj Ly y de “Bacurau” firmada a cuatro manos por Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles.

La inmortal obra de Victor Hugo es un clásico cuyas versiones son incesantes y continuas en el tiempo bien sea en formato cinematográfico, televisivo o musical. El espíritu de la obra que mejor supuso reflejar la lucha de clases y esa enfermedad congénita que es la de la pobreza cobra vida en la sección oficial de la mano del director de origen senegalés Ladj Ly adaptando su propio cortometraje homónimo de hace dos años y llevando a nuestro tiempo, la de la Francia que ganó el pasado Mundial de fútbol de 2018 frente a Croacia, una analogía del grito unido de un pueblo que, al margen de culturas y diferencias sociales, tiene todavía pasiones comunes que tienden puentes como es la del deporte. Y es que “Les misérables” arranca con una pandilla de críos dirigiéndose a las puertas del estadio para ver en pantalla grande la cita futbolística y el duelo entre dos impulsores futbolísticos para los respectivos equipos como son Mbappé en la selección gala y Modrić en la croata. Ladj Ly merece el calificativo de ser el Spike Lee de la periferia francesa y es que, con un estilo muy documental de cámara al hombro, se adentra en esa pulsión futbolística entre pullas cómplices, banderas enrolladas independientemente de procedencias y La Marsellesa sonando a todo pulmón.

“Les misérables” es un potente retrato rodado con verdad y nervio sobre esa Francia raída que vemos en los noticiarios, la de un caldo de cultivo en permanente ebullición que históricamente dio estallidos como la Revolución Francesa de 1789 o las revueltas estudiantiles de Mayo de 1968 y que ahora se traduce en las manifestaciones de los llamados “chalecos amarillos”, las quemas de coches de hace una década y en el desarraigo de una sociedad multicultural pero que convive mirándose con recelo estigmatizada por la raza y lo que tienen en el bolsillo. Un retrato social e intenso con un trío de policías que patrulla los suburbios del barrio de Montfermeil entre trapicheos por los mercadillos, actuaciones que se extralimitan de lo que se conoce como cumplimiento de la ley, y el contraste del cabecilla del trío (que usa sus galones y su arma como continua amenaza intimidatoria sintiéndose fuerte en su poder) y una nueva incorporación (un padre separado que es destinado para no estar lejos de donde vive su hijo) que cuestiona esos métodos ante el peligro que supone prender la mecha entre unos policías que son vistos como la represión, negros inmigrantes y gitanos nómadas, salpicado por una doctrina moral marcada por ciertos propugnadores religiosos que van a la caza mentes volubles y tiernas para la causa. Una violencia social aceptada con resignación y sobre la que cada una de las partes estira sus límites desencadenándose los hechos cuando el robo de un cachorro de león deriva en un chico negro que es disparado fruto de la confusión y la desesperación del caos y en un dron que es testigo de esa actuación policial.

“Les misérables” es precisamente la disección a vista de dron de un enjambre entre chabolas y pisos colmenas en los que reina la podredumbre moral y en el que el Gavroche de la obra de Victor Hugo muta en esos adolescentes extranjeros de sí mismos en el que el sentido de comunidad, la propia de las circunstancias, es una vía de supervivencia y de resistencia frente al que amenaza el “status quo”, aquí unos policías que no pueden superar las barricadas nacidas en el miedo y la rabia de una población segregada, estigmatizada y sin posibilidad de progreso por parte de la sociedad y de unos políticos que miran hacia otro lado. La película no esconde la violencia de ambos lados, sintiendo como el sudor frío inunda el cogote de unos y otros, y aunque puede pecar de moralizante a la hora de intentar mostrar al mundo una realidad es de alabar su pulso, intensidad, ausencia de autocomplacencia y el dibujo de unos policías (Damien Bonnard, Alexis Manenti y Djibril Zonga) que en el fondo, entre arrogancia, desdén y aburrimiento, lo único que quieren es llegar al final de la jornada con la dignidad de haber hecho el único trabajo en el que se consideran buenos para ejercerlo. La media hora final sólo confirma la disparidad de opiniones que puede despertar una película condenada a la polémica por el riesgo en el tono crudo que asume y en su generación de preguntas más que respuestas, llegando a una última secuencia en la que (como si fuera la peonza de “Origen”) sólo el espectador puede apostar por dónde caerá la providencia del destino. A lo “Nocturama”, y siguiendo la senda de títulos como “El odio” de Mathieu Kassovitz, es una película condenada a la división y a la polémica en su trato. Muy bien realizada y con una potencia en su mensaje a ratos extremo pero también muy fácil de premiar por un Jurado que se incline por lo social, el riesgo y en cómo actualizar el mensaje perenne que nos legó todo un clásico. Más mérito siendo una ópera prima que se cierra con la siguiente frase de la obra de Victor Hugo: “Amigos míos, retened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay más que malos cultivadores”.

También resistencia es la que propugna “Bacurau” que nos lleva a las favelas de un Brasil muy próximo en el que la violencia y las corruptelas de los poderosos se han recrudecido. El nuevo trabajo de Kleber Mendoça Filho, ahora acompañado por Juliano Dornelles, conecta con el realismo mágico de la obra de Gabriel García Márquez o Juan Rulfo en lo enigmático, excéntrico y tribal de ese pueblo que, a pesar de no tener nada, se permite tener un desvencijado Museo Histórico mientras se despide a una nonagenaria vecina con el rito propio de un funeral marcado por ese carácter latino que hace prevalecer el recorrido vital y la nueva etapa que el sentimiento de pérdida. El director demuestra en esta cinta uno de sus mayores problemas, algo más camuflado en “Doña Clara (Aquarius)”, y es su dificultad ante la concreción y la síntesis en lo que es una cinta que pasa del costumbrismo de un prólogo brillante a la espiral violenta que no tiene fin y que se marca también por los intereses capitalistas, y casi fascistas, de un grupo de paramilitares USA que buscan borrar del mapa a ese pueblo privándoles del agua y que se resiste a desaparecer defendiendo su tierra con el mismo empeño en que Sonia Braga quería seguir viviendo en el vacío edificio residencial que era el escenario de todos sus recuerdos. La actriz vuelve a ser lo mejor, ahora dando vida a una peculiar doctora llamada Domingas a la que imprime su garra y personalidad, en un reparto muy coral que se mueve entre personajes quijotescos y desquiciados en un western salvaje, vengativo y con una gran carga de sátira y crítica ante la amenaza de la extrema derecha representada por Bolsonaro. Una cinta incómoda y molesta, desgarbada y abstracta, en la que las ideas funcionan mejor en su plasmación visual, onírica y lugareña que en un desarrollo poco consistente y caótico que naufraga cuando intenta adoptar los patrones clásicos del thriller sacrificando su ya de por sí exigua coherencia y dinamitando la paciencia del espectador que asiste a lo que ve más desesperado que fascinado ante la peor definición de la palabra esperpento.

Una cierta mirada se ha abierto con “Bull” de Annie Silverstein, una ópera prima de corte independiente USA que se vendía como la nueva “The rider”, uno de los mejores títulos que nos llegaron en las últimas fechas y que en poco tiempo se ha convertido en referencia. Siempre es atrayente ese reflejo de la USA profunda con personajes derruidos que se agarran a sus modos de vida caducos como si fuera un blues melancólico pero este intento queda fallido y sin personalidad sustentándose sólo en la atmósfera que logra. La singular amistad entre una adolescente y una ex estrella del rodeo que ni transmite ni interesa funcionando mejor los personajes por separado que en conjunto. Lo mejor esa atmósfera de America profunda real y doliente en personajes que deambulan en el límite de la pobreza y que, exenta de todo sentimentalismo, capta la intensidad emocional de los mismos perdiéndose en su minimalismo temático y formal y en un guión poco interesante con el que poco pueden hacer la debutante Amber Havard y Rob Morgan.

La cuota del cine hablado en francés se ve representado con otra película de Una cierta mirada como es la canadiense “La femme de mon frére”, dirigida y escrita por Monia Chokri, una propuesta tan juguetona como naif que se mueve entre el aire “indie” de la Nouvelle Vague y el saturado del cine de Jean-Pierre Jeunet del que hereda personajes excéntricos sostenidos en el histerismo de un ecosistema familiar que bien podría pertenecer a Xavier Dolan. Dos hermanos treintañeros que se entienden a la perfección, y en cierta nadería simplona en su vida con pocas aspiraciones de futuro más allá de su infantilismo, que ven minar su relación cuando la chica vea que su hermano ya no le sigue el juego al haberse echado una novia doctora que, en cierta manera, va a suponer también (aunque no lo quiera) su obligado pasaje hacia la madurez emocional. La cinta tiene algunos recursos estilísticos notables, con la música de Gabriel Fauré en su idílica y algo psicotrópica escena final, pero el intento de ser algo tan ingenioso y transgresor le hace que su fingida frescura necesite mucho de los golpes de humor y de la empatía con los personajes. Lo primero llega en contadas ocasiones (sobre todo en las secuencias con los padres interpretados por Sasson Gabai y Micheline Bernard) y lo segundo nunca lo hace por lo que se queda en las ínfulas de una nueva voz como realizadora que habrá que ver como se desarrolla en el futuro o se queda en una ópera prima en clave de disparate tan disperso como la personalidad de estos hermanos algo cargantes.

También nos acercamos a la cinta inaugural de la Semana de la Crítica que no ha sido otra que la colombiana “Litigante” de Franco Lolli. Un drama cotidiano y áspero tan doloroso como autentico con una madre soltera, una abogada que tiene a su cargo a un niño de cinco años, y lidia con el cáncer de su madre, la típica que ha controlado con su torrencial personalidad la vida de sus dos hijas, y una investigación judicial relacionada con su trabajo acusándola de un caso de corrupción. Buen trabajo de sus actrices y se ve bien a pesar del dramón. Solvente y resuelta con elegancia y sabiendo captar el tono auténtico del momento vital de estos personajes gracias al medido guión y a unas interpretaciones que se desnudan emocionalmente.

Y atención a John Carpenter que se ha llevado premio Carosse D´Or por su influencia en el género de terror con la revancha de las malas críticas que habitualmente ha cosechado en los circuitos festivaleros tradicionales.

Nacho Gonzalo

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