Cine en serie: “El método Kominsky”, un segundo golpe de mala leche para seguir agarrándose a la vida

Cine en serie: “El método Kominsky”, un segundo golpe de mala leche para seguir agarrándose a la vida

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Querido Teo:

A pesar de que muchos huyen de las producciones protagonizadas por personas mayores pocos pueden resistirse al humor negro que dota Chuck Lorre a los dos protagonistas de “El método Kominsky”. Mucha mala leche, amistad, recuerdos del pasado e intentos de seguir sintiendo y viviendo a pesar de achaques, pullas, sornas y comprobar que el tiempo es finito pero ver a Sandy y Norman en acción (ahora en la segunda temporada) es uno de los placeres más imprevisibles que nos ha regalado Netflix en contraposición al marcado carácter juvenil de muchas otras series de la plataforma.

Una nueva tanda de ocho capítulos en la que se ha vuelto a jugar con la química y finos guiones que permiten los diálogos que mantienen Michael Douglas y Alan Arkin, esos dos amigos eternos que siempre se tienen el uno al otro aunque aprovechen cuando tienen la oportunidad para enviar a pasturar al otro. Sandy ha dejado su escuela en mandos de la gestión de su hija Mindy en una época en la que ésta le sorprende con un novio, Martin, un excelente Paul Reiser que ha terminado convirtiéndose en tercer vértice de la serie ya que sus dinámicas con su futuro suegro han dado mucho juego, primero por la bonhomía despreocupada y algo infantil de este tierno jubilado y depués por el hecho de descubrir que ambos tienen mucho en común. El popular intérprete de “Loco por ti”, la serie noventera que protagonizó con Helen Hunt, ha sido un estupendo fichaje como se puede ver en la escena del restaurante en la que no puede evitar tener que acudir al baño por una inoportuna y llamativa diarrea.

Éste no ha sido el único fichaje de la temporada. Ahí dónde se le ve el cascarrabias personaje de Alan Arkin sería el terror de las nenas en cualquier residencia ya que, tras tener a Ann-Margret detrás de él durante la primera temporada, ahora es Jane Seymour, la inolvidable protagonista de “La doctora Quinn”, la que irrumpe de nuevo en la vida de Norman retomando el romance y pasión que ambos mantuvieron muchas décadas antes de que sus caminos se separaran. Todo teniendo que lidiar con el recurrente fantasma de su mujer, quizás uno de los recursos más obvios y torpes de la serie, y el aparente intento de reinserción de esa hija que quizás ya ha conseguido encontrar la madurez y su lugar en el mundo.

“El método Kominsky” sigue apoyándose en capítulos breves fruto de la sitcom en la que también se mueve Chuck Lorre jugando con pocos espacios y con una sensación de austeridad que en ningún momento se convierte en handicap para una serie que se apoya mucho en la acidez del guión y en unos actores a favor de obra. Es el caso también del reparto femenino formado por Sarah Baker (Mindy), Nancy Travis (Lisa), Lisa Eldestein (Phoebe), los alumnos de Sandy con sus egos, deseos de fama y frivolidades, así como los gozosos cameos de Alex, ese camarero que ya hace mucho que pasó la edad de jubilación “haciendo excitante lo mundano”, o tener incluso el guiño para el espectador de descubrir en el segundo capítulo quién es la ex mujer del personaje que interpreta Michael Douglas, entrar en contacto por teléfono con un importante miembro de la Cienciología llamado Tom, ponerse en Netflix la última película de Scorsese, o ver como un monólogo con la mismísima Allison Janney se va de las manos.

“Es el cuarto funeral al que voy este mes. A nuestra edad se le llama vida social” es una de las frases que define de manera acertada cuál es el espíritu de una serie disfrutable, evasiva y muy representativa de las preocupaciones de una generación aunque estemos ante dos tipos viejos, de clase alta y con sus propias motivaciones anclados todavía en un Hollywood que, aunque quieran resistirse a ello, ya no existe y del que son meros “outsiders” o esfinges de otro tiempo. Y es que el hecho de ver a Sandy preocupado por su salud, y seguir medicándose cuando tiene la perspectiva de un cada vez más esporádico encuentro sexual, o un Norman recuperando las alegrías de vivir a pesar de su rígido rictus caustico nutren de vida una serie que acierta más que erra por el hecho de saber hasta qué punto tiene que llevar las situaciones y combinar humor, cinismo, drama y ternura.

Los protagonistas de “El método Kominsky” son incisivos e inteligentes y, a pesar de su coraza, también patéticos y frágiles ya que con el paso del tiempo lo que han terminado valorando (aunque no quieran reconocer) es tener una amistad atemporal, cómplice y que siempre ha resistido a pesar de los vaivenes de la industria o del corazón. Una forma de ver la vida anclándose a la misma siguiendo trabajando hasta el último aliente, tomándose un cóctel en el restaurante vintage de toda la vida o intentando abrazarse a esa última pasión romántica para seguir sintiéndose vivo, joven y feliz. Un canto, con mucha sorna, a seguir agarrándose a la vida en todo momento y ante cualquier edad.

Nacho Gonzalo

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