Cine en serie: "Amadeus", la farsa dorada del bulo
Querido Teo:
Hablemos de "Amadeus", la reciente incursión televisiva en la vida de Wolfgang Amadeus Mozart. Hay un acuerdo general: visualmente es un banquete de tres estrellas Michelin; históricamente un menú infantil de comida basura. Los responsables parecen haber producido un guion de "Gossip Girl" ambientado en el siglo XVIII, empeñados una vez más en vendernos la milonga de la enemistad mortal entre Mozart y Antonio Salieri. ¿Es así?
La realidad sobre esto hay que ir a buscarla más de cuatro décadas atrás, en un escenario londinense. El guion de "Amadeus" para la película de Milos Forman que reventó taquillas, nace como adaptación cinematográfica de la obra teatral que Peter Shaffer estrenó en Londres en 1979.
Shaffer escribió el guion para el film en 1982, retirándose durante varios meses en la granja de Forman. La imagen de Salieri como villano no fue inventada por la película ni por la obra de teatro, sino que procede de un bulo literario anterior, consolidado en el siglo XIX con la obra "Mozart y Salieri" de Pushkin y su posterior versión operística.
Shaffer recupera esa leyenda porque le permite construir una tragedia sobre la envidia y el talento inexplicable. En ningún momento, ni al principio ni al final de la obra, se informa al espectador y se protege la memoria de Salieri. La difamación ha impregnado la cultura popular por mucho que sus autores siempre la defendieron como ficción dramática, no como historia.
Es fascinante observar cómo, en pleno 2026, se sigue arrastrando el cadáver del “genio atormentado por su némesis mediocre”. La serie insiste en un Salieri conspiranoico, una sombra que acecha entre las columnas del palacio de Schönbrunn. Según las notas de producción, se buscaba reflejar “una envidia visceral que trasciende lo profesional para entrar en lo patológico”. La realidad es que Salieri era un tipo ocupado, respetado y bastante amigo de Mozart. Pero la “colaboración profesional y el respeto mutuo” requieren mucha más imaginación y talento para venderse.
Al margen de la malversación histórica, no se debe negar el esfuerzo titánico en la puesta en escena, otra cosa es que sea verídico. La producción se trasladó a Budapest, utilizando el palacio de Gödöllő para recrear la fastuosa Viena imperial. El esfuerzo por el nivel de detalle es casi insultante si se compara con la ligereza del guion. Se destacan el uso de “sedas traídas expresamente de telares italianos para replicar la caída exacta de las casacas de la época”. Es decir, el actor que interpreta a un Mozart caricaturizado lleva encima miles de euros en vestuario solo para que podamos verlo comportarse como un adolescente con sobredosis de azúcar.
Si algo queda claro es que la verdad histórica es un accesorio que estorba si no combina con el satén. Mientras la narrativa se empeña en resucitar el mito del genio infantil e idiota, la producción se regodea en un despliegue de “opulencia material sin precedentes” rodado en los escenarios barrocos de Budapest. Es el triunfo del continente sobre el contenido.
El diseño de vestuario, a cargo de un equipo que claramente sabe lo que hace, presume de haber confeccionado “más de trescientos pelucones empolvados siguiendo técnicas del siglo XVIII para asegurar la autenticidad táctil”. Bravo. Es un alivio saber que, mientras la serie destruye la reputación de Salieri presentándolo como un villano de opereta, sus pelucas tienen la textura correcta.
Es irónico: se gastan fortunas en “reproducir fielmente los estucos y la iluminación con velas de la época” para luego soltar a un Mozart que parece un personaje de "sitcom" contemporánea. El vestuario buscaba “capturar la rebeldía del compositor a través de texturas anacrónicas dentro de patrones clásicos”, destaca el productor. En romance: le han puesto una peluca de mil euros para que siga pareciendo un bufón.
Hay algo casi poético en rodar escenas en los pasillos de la Ópera Estatal de Hungría, para que la cámara pueda recrearse en la arquitectura barroca... mientras la poesía se derrite ante el diálogo hundido en el sensacionalismo. La serie describe a Mozart como “una fuerza de la naturaleza cuya presencia, a menudo sudado, desaliñado y con una energía sexual y directa, es un insulto a la sobriedad de la corte”. Es el viejo uso: si no tienes profundidad, ponle estridente y di que es un incomprendido.
La serie ignora deliberadamente que Mozart no era un “idiota-sabio”, sino un hombre culto, políglota y un hábil gestor de su propia marca. Las notas de prensa prefieren vender “el contraste entre la divinidad de su música y la vulgaridad de su carácter”. Es un espectáculo visual donde las “sedas italianas y los encajes hechos a mano” intentan distraernos de un guion que ha elegido el chisme.
La recreación es excelsa, de eso no hay duda. Todos los comentarios alaban incluso la sensación del frío de las estancias de mármol y el peso de las joyas. Pero, al final del día, "Amadeus" es un envoltorio de lujo para una mentira contada ya muchas veces como si fuera historia. Valoremos el despliegue técnico, las localizaciones de ensueño y ese vestuario que merece un museo, pero desestimemos el empeño de convertir la historia de la música en un thriller de sobremesa, ya que la música se vende como un personaje más. Sin embargo, hay una distancia abismal entre la interpretación “rockstar” de Will Sharpe y la realidad de los manuscritos originales.
Aplaudamos el esfuerzo de Sharpe, quien pasó semanas “practicando escalas y piezas para que cada movimiento de dedos fuera real”; y que, bajo la dirección musical de Benjamin Holder, la serie haya optado por usar instrumentos de época para lograr un sonido “sucio, auténtico y alejado de la perfección de estudio”.
Sin embargo, aquí reside otra ironía: se dice que la serie usa fragmentos “no adulterados de Mozart”, pero el montaje los fragmenta para que encajen en el ritmo de un thriller moderno. Mientras el Mozart real escribía con una estructura arquitectónica donde según los expertos, “desplazar una sola nota destruiría la obra”, la serie trata las piezas como si fueran jingles emocionales.
"Amadeus" insiste en mostrar a un Mozart caótico, pero sus partituras originales, como las de "Las bodas de Fígaro", son modelos de orden y precisión casi inhumana. La producción presume de mostrar “manuscritos recreados con caligrafía de época”, pero los utiliza como atrezo para una escena de borrachera, ignorando que el Mozart real era un trabajador metódico. Es encomiable que hayan incluido más de 115 obras y evitado los sintetizadores modernos, pero la serie sigue cayendo en el cliché de que el genio es fruto del descontrol.
Dicho todo esto, despreciando históricamente "Amadeus" sin el menor complejo, deseando que un sencillo rótulo inicial hubiera protegido la memoria de Salieri (unas imágenes metateatrales no bastan), la serie es un esfuerzo digno, amena, divertida y se agradece del mismo modo que se hace en los buenos hoteles vieneses cuando te dejan un bombón en la almohada, una bola de chocolate, con el nombre de Mozart. No sirve para conocerlo pero endulza un rato.
"Amadeus" puede verse en España en SkyShowtime
Carlos López-Tapia





















