Cine en serie: "Mil golpes", el retorno de elefantas y boxeadores

Cine en serie: "Mil golpes", el retorno de elefantas y boxeadores

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Querido Teo:

La segunda temporada de "Mil golpes" parte de una idea sencilla y muy poco tranquilizadora. El pasado no desaparece. Se queda cerca. Mira y espera. La serie regresa con seis episodios de una tacada y con la sensación de que nadie sale indemne. Steven Knight, el creador de la serie, decide empezar desmontando a sus personajes. Separarlos, dejarles sin refugio. Eso se nota desde el primer episodio. Hezekiah arrastra la traición y la muerte de Alec. Sugar se pierde en el alcohol y en una ruina que ya no tiene glamour. Mary Carr intenta sostener su poder cuando todo se le viene encima. Aquí está el cambio de tono. Menos ring como espectáculo y más calle. Menos exhibición y más desgaste. Da igual que la historia transcurra en 1880. Las personas seguimos moviéndonos por lo mismo. Amor. Celos. Hambre. Orgullo. El tiempo cambia el decorado, no el motor.

Cuando la serie se permite una subtrama clásica, como el robo de un Caravaggio, lo importante no es el golpe sino el precio de mantenerse a flote en un mundo que te empuja al arroyo por nacimiento. Por eso esta temporada es más sombría. Mary vive bajo la sombra de su madre. Hezekiah pelea en circuitos cada vez más turbios. Sugar camina como un fracaso con guantes.

La oscuridad se compensa con dos fuerzas claras. La primera es la idea de comunidad. Malachi Kirby lo explica en entrevistas recientes. Aquí la multiculturalidad no es gente distinta compartiendo espacio, sino colaborando. El Londres de 1880 funciona como un espejo incómodo del actual.

La segunda fuerza es la propia Mary Carr. Erin Doherty la interpreta desde la contención. La frialdad no es una pose, es una defensa. Doherty ha contado que la última escena le removió porque llevaba tiempo evitándola. Esa frase explica la temporada mejor que cualquier lema. No va de ganar. Va de aguantar sin venderse del todo cuando todo es mercado.

Las Forty Elephants no aparecen como curiosidad de un "true crime". La serie acierta al tratarlas como un sistema de trabajo. Robar es oficio. Logística. Disciplina. Una economía paralela creada por mujeres sin acceso a economías legales, que se reúnen en un barrio concreto: Elephant and Castle. Zona obrera dura y ruidosa, marcada por la Revolución Industrial; calles llenas de talleres, pequeñas fábricas y almacenes, con humo constante y olor a carbón.

Las viviendas eran estrechas, húmedas y superpobladas, ocupadas por obreros del ferrocarril y del puerto. Gran cruce de caminos con un tráfico caótico de carros, tranvías de caballos y peatones. La pobreza era visible, con alcoholismo y delincuencia cotidiana, pero también con fuerte vida vecinal. Las tabernas y posadas eran centros sociales esenciales tras jornadas laborales muy largas. Hoy el barrio es casi irreconocible tras décadas de demoliciones y reconstrucciones. Se ha convertido en una zona muy diversa, con fuerte presencia de comunidades inmigrantes.

Las mujeres del barrio convertidas en banda, las "elefantas", fueron reales. Activas desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX. Su longevidad es un manifiesto de una situación social. La serie coloca a Mary Carr como figura central. También existió. Fue una de las primeras líderes identificables del grupo. La prensa las menciona ya en 1873. Su especialidad era clara. Hurto en tiendas y reventa inmediata. Fencing. Colocar el género antes de que se enfríe.

El método era tan eficaz como visual. La moda ayudaba. Faldas largas. Polisones. Capas. Volumen. Bolsillos ocultos. Costuras hechas a medida. El cuerpo entraba estrecho y salía enorme. La tienda tardaba más en darse cuenta de lo que ellas tardaban en desaparecer. Steven Knight lo resume con humor. “Cuando iban a Harrods y se ponían tantas prendas encima para robarlas, al salir parecían elefantes por lo grandes que iban”. No es solo una anécdota. Es el origen de una marca criminal.

La serie se permite licencias. La más clara es Alice Diamond. La actriz Darci Shaw lo explica sin rodeos. “No es fiel a la realidad; la han traído antes de tiempo para que exista junto a Mary”. Alice Diamond nació en 1880 y alcanzó su poder en los años veinte. El salto temporal tiene sentido. Permite enfrentar dos generaciones de criminalidad femenina. La importancia de  las elefantas no se entiende sin su edad de oro posterior. Bajo Diamond se convirtieron en el terror del West End. Harrods. Liberty. Robos de joyas en eventos de alta sociedad entrando como invitadas.

Mary Carr fue encarcelada en 1896 por el secuestro de un niño y murió en 1924. Alice Diamond fue detenida en 1925. El grupo no desapareció de inmediato, pero empezó el declive. Nuevas bandas. Más violencia. La Depresión. La guerra. El desgaste. En los años cincuenta quedaba poco. Esta temporada habla de un imperio sostenido con cinta aislante. Mary intenta recomponer la marca mientras el mundo se estrecha. Más control. Más hambre. Más traición. El enemigo no es la policía. Es la precariedad y la desconfianza interna.

Para entender a las elefantas hay que mirar lo que había fuera. Servicio doméstico. Vivir en casa ajena. Horarios imposibles. Humillación con barniz de respetabilidad. La fábrica era trabajo peligroso. Salarios mínimos. Enfermedad. La serie menciona la huelga de las cerilleras de 1888 en Bryant and May. El fósforo blanco como veneno laboral.

La violencia no estaba solo en el ring o en los callejones. Estaba en el empleo. En el aire. En la moral. La caída en desgracia podía ser inmediata y vertiginosa. Pensiones infectas. Hambre. Calle. Prostitución. Policía y prensa como segundo tribunal. Las elefantas no son ladronas glamurosas. Son una salida organizada ante un sistema que no ofrece salidas. La serie usa un contraste clásico. Arriba el West End. Lujo. Abajo el East End. Barro. Pub. Humedad. Las elefantas se mueven entre ambos. No asaltan mansiones con pistola. Las vacían con modales, ropa buena y la certeza de que el uniforme social también se roba.

Knight dice que no escribe con la idea de dar un mensaje, pero reconoce que está ahí. Todos son clase trabajadora intentando escapar. Por eso Mary Carr nunca es una villana de opereta. La serie quiere que entiendas el mecanismo que la fabrica. No hay gloria posible en un sistema que te niega el futuro.

El otro eje sigue siendo el boxeo. Deporte y negocio del juego. A puño limpio. Entre la ilegalidad y el consentimiento tácito. Apuestas. Promotores. Pubs como oficinas de reclutamiento. El "prize fighting" (puño desnudo y combates sin límite fijo de asaltos con peleas hasta que uno de los boxeadores no podía continuar en pie) fue declarado ilegal en 1829. No desapareció. Bajó a sótanos y patios traseros.

En 1856 unos promotores alquilaron un tren para llevar a cientos de personas a una pelea en Suffolk. Hubo cargos y cárcel. El boxeo no eran solo dos tipos pegándose. Era logística y clientela masiva.

Esta temporada hay menos combates. La brutalidad sigue, pero el golpe social pesa más que el físico. Esta parte de la serie la dominan tres personajes: Sugar Goodson, Treacle y Hezekiah Moscow. Stephen Graham hablando de su interpretación de Sugar confesó que “es una barbaridad tener 50 años y ponerse en esa forma física. Fue régimen, entrenamiento y cambio de hábitos. No fue algo que se logra en tres semanas”. El esfuerzo se nota en cada pelea.

El personaje de Treacle aparece como la resaca de un sueño roto. James Nelson Joyce lo interpreta así. “No es el mismo Treacle; antes intentaba hacer lo correcto por razones equivocadas, ahora es un desastre. Los papeles se han cambiado y no está preparado ni para cuidarse a sí mismo, menos aún para cuidar de Sugar”.

Hezekiah va por otro camino. Para él boxear es una salida. Knight cuenta que fue Graham quien le habló de Hezekiah Moscow. Un hombre real que llegó desde Jamaica para domar leones y acabó como boxeador. Y suelta la frase clave para unir los dos mundos de la serie: "No hay prueba de que Hezekiah y Mary no se conocieran. Así que se puede imaginar que sí lo hicieron".

Ahí está el corazón de "Mil golpes". La serie no pide que celebres la violencia. Te pide que mires dónde estaba ya. Repartida por clase, raza, género y pobreza. El ring solo la hace visible. Lo más inquietante es que, siglo y medio después, la violencia no parece haber cambiado de lugar a nuestro lado de la pantalla.

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"Mil golpes" puede verse en España en Disney+

Carlos López-Tapia

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