Cine en serie: “Fuga en Dannemora”, una huida sin retorno del “white trash”

Cine en serie: “Fuga en Dannemora”, una huida sin retorno del “white trash”

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Querido Teo:

“Fuga en Dannemora” se ha convertido en uno de los grandes títulos de la temporada, no sólo a nivel seriéfilo sino también audiovisual ya que la cinta, con gran poso y alarde cinematográfico, adapta la historia real de un suceso que no por inverosímil deja de ser cierto como fue la huida de prisión en 2015 de dos presos peligrosos ayudados por una trabajadora de la cárcel a cambio de favores sexuales y que se movía ésta entre la atracción y el miedo hacia ellos. Un retrato impecable, crudo y muy noventero en estética y realización que nos mete de lleno en la suciedad y alianzas entre rejas de dos tipos, Richard Matt y David Sweat, que son claros exponentes de ese “white trash (basura blanca)”, con el que se define a una numerosa clase social en Estados Unidos, la desencantada, dolida y mugrienta (tanto en aspecto como en valores morales) que harta de la vida viven entre partidos de béisbol, programas de cable, casas prefabricadas, caravanas y perritos calientes.

Dannemora es un pueblo ubicado en el condado de Clinton en el estado estadounidense de Nueva York en cuya cárcel pasaban sus días de la manera más rutinaria y tosca dos tipos que cimentaron lo más parecido a una amistad que en ese escenario puede surgir. Dos balas perdidas que viven el día a día con más delirios de grandeza que el resto de mortales condenados a su suerte. Richard Matt imponiendo con su presencia corpulenta, voz profunda, pelo de alquitrán y ojera perenne como un gallo del corral que incluso se permite algunos privilegios como tener contacto directo y cómplice con uno de los funcionarios de prisión (como si fuera un delegado de clase influyente y manipulador) y un David Sweat que, a pesar de su presencia más frágil, esconde un pasado tortuoso que fue el que le llevó a ser carne de presidio cuando era poco más que un adolescente truncando toda su vida futura y siendo renegado por su familia. Precisamente ese desarraigo, fruto de la condena social pero también del abandono de los suyos, los convierte en una bomba de relojería andante cuando deciden iniciar un plan para escaparse de la prisión.

Además de su tesón y paciencia, algo que refleja muy bien una serie que va poco a poco cimentando el momento de la fuga, ambos forman un triángulo con Tilly Mitchell, una cincuentona entrada en carnes e insatisfacciones que comanda el taller de costura en el que varios presos (entre ellos los dos protagonistas) pasan algunas horas de trabajos colectivos. Será la clave para, aprovechándose de su carácter voluble, influirla a través de aprecio fingido y polvos furtivos y desesperados en el trastero para que les ayude con las herramientas que necesitan del exterior para que la misión sea un éxito. Hay que destacar a una Patricia Arquette que demuestra su gran versatilidad pasando de la femme fatale de “Carretera perdida”, o la madre que intenta hacer lo correcto a pesar de su mala suerte con los hombres en “Boyhood”, a una choni de extrarradio menos frágil y más manipuladora de lo que parece y que desde la distancia de la pantalla huele a perfume barato y hamburguesa Big Mac. Por este trabajo ha ganado este 2019 el Globo de Oro, el SAG, el Critics´Choice y sólo le queda redondearlo con el Emmy.

Uno de los grandes aciertos de “Fuga en Dannemora” es el retrato de personajes, complejo psicológicamente y con sus aristas emocionales pero donde la serie nos gana definitivamente es en cómo muestra ese cambio de roles. El Richard Matt, dominador, altanero y chulesco, además de amante de la pintura, que pone en la mente de su compañero la semilla del deseo de huida, acaba siendo un gato asustado que bordea la locura fruto de una inseguridad que mina su aparente coraza de poder una vez que ya se ha hecho a su entorno carcelario, mientras que David Sweat (a pesar de su inicial falta de iniciativa) se revela como el auténtico artífice, peón y ejecutor de que ambos puedan salir de prisión siendo el que hace todo el trabajo sucio en noches de vela mientras trabaja con ahínco en los subsuelos de la prisión convencido de que, a pesar de lo quimérico de la empresa, no tiene nada que perder siendo las montañas de Canadá la frontera que marcará el éxito de su huida.

Es precisamente ahí cuando “Fuga en Dannemora” alcanza algunos de sus mejores momentos, primero por una tensión e intriga siempre presente, y segundo por un clasicismo y empaque en la dirección a cargo de Ben Stiller (ya destacado realizador en “Un loco a domicilio”, “Bocados de realidad”, “Tropic Thunder” o “La vida secreta de Walter Mitty”) que se luce especialmente, además de la textura, el cuidado en los detalles, el ritmo a fuego lento, y el interés de una historia que no hace más que crecer, en un travelling en el que el personaje de Sweat recorre el laberíntico recorrido que hay desde su celda hasta el final del túnel que marca la ansiada libertad por la que trabajan, más por el hecho de que sepan a dónde ir por demostrarse a sí mismos su imbatibilidad. Además, la seriedad con la que ha abordado el proyecto Stiller le lleva a ambientar la serie musicalmente con los éxitos que sonaban en la radio en ese 2015 y en querer rodar en escenarios reales como el propio patio de la cárcel.

La serie de Showtime, escrita por Brett Johnson y Michael Tolkin sobre el informe policial del caso de 2016, tiene además un golpe maestro. En el capítulo sexto, y con la fuga ya materializada, dedica gran parte del episodio a construir un gran flashback que nos lleva al pasado de los tres personajes, marcado en todos ellos por la violencia, el ensañamiento y la podredumbre moral, lo que quita de un plumazo cualquier intento de empatía que el espectador podría haber ido construyendo a través de los anteriores capítulos. En ningún momento hay que olvidar que se está del lado de unos criminales que han dado con sus huesos en la cárcel no de manera fortuita, sino por cometer unos hechos en el pasado que no les hace más que ser unos fantasmas en vida condenados por siempre y en el que, algún atisbo de sensibilidad que muestran al añorar a sus familias o la vida que tuvieron, no les libra de la sangre que han vertido a su paso.

Hemos hablado de Patricia Arquette pero Benicio del Toro y Paul Dano bordan sus respectivos personajes. Del Toro se aprovecha de su presencia y va a más conforme avanza la serie, tras el estereotipo de matón mafioso de los dos primeros capítulos, mientras que Dano demuestra que es un camaleón que, a pesar de un físico que le podría llevar a personas frágiles o con pocas luces, saca todo el nervio, garra, rabia y empeño que tiene el personaje tan complejo como lleno de claroscuros.

Mención aparte merecen dos secundarios de lujo como David Morse, el funcionario de prisiones que sin quererlo acaba siendo una pieza del tablero de ajedrez de los personajes, y especialmente Eric Lange, que se merecería varios premios por el papel de Lyle Mitchell, toda una revelación gracias a su simiesca transformación como el marido paciente y con pocas luces de Tilly, el rol que encarna Arquette, un testigo de lo que se va tejiendo a su alrededor (aunque prefiera no ser consciente de ello) pero que termina siendo el mayor ejemplo de honestidad que hay en la serie siendo esa rémora (pero también anclaje) que conecta a Tilly con su realidad, por muy aborrecible y frustrada que ella le parezca.

“Fuga en Dannemora” supone todo un ejercicio de talento y tensión que no se queda sólo en la anécdota de ese hecho real, en cuyos títulos de créditos finales sabremos qué ocurrió con cada uno de los personajes, sino que sobre todo en un relato tan seco y hermético como punzante y revelador sobre esa huida sin retorno que supone, cuando uno ha tocado ya fondo, escapar de uno mismo y los fantasmas que ya nunca le abandonarán.

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Nacho Gonzalo

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