Cine en serie: “The crown”, superando la excelencia en la soledad del trono

Cine en serie: “The crown”, superando la excelencia en la soledad del trono

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Querido Teo:

“The crown” ha superado todos los prejuicios con nota y es que, en un mundo en que se cuestiona todo, la serie de Netflix sigue siendo la mejor imagen de marca seriéfila de la plataforma, uno de esos logros de los que sentirse orgulloso y que hacen que toda inversión valga la pena. No sólo “The crown” encabeza tops seriéfilos tanto de gente interesada en la monarquía como de republicanos confesos sino que funciona como fresco histórico y como retrato social de una institución que ha sido testigo de los virajes del mundo y que, a pesar de los avatares de unos tiempos cada vez más inciertos, se mantiene como patrimonio cultural, político e inspirador del pueblo británico que sigue sustentando la monarquía más longeva (exceptuando la japonesa) y con más salud del mundo. Además, y a pesar del tan comentado cambio de actores debido al salto temporal de la serie en su tercera temporada, ésta se ha refrescado y ha ganado poso y madurez logrando que los nuevos rostros (más cercanos a la imagen que tenemos de los personajes que retratan) se hayan adaptado como un guante y que, nada más transcurre la primera escena de la nueva temporada en la que de manera inteligente se ironiza sobre el cambio físico de Isabel II, en ningún momento chirríe la transición ni se eche de menos a los anteriores intérpretes a pesar del gran trabajo que hicieron los mismos. Y es que, tras lo acontecido en la primera y la segunda temporada, la serie creada por Peter Morgan ha alcanzado cotas de absoluta excelencia con la tercera.

Olivia Colman se ha erigido como una Isabel II que conecta con el imaginario que tiene el público general de la reina. Más acorde en físico y carácter teniendo en cuenta que la monarca llega en esta fase de la serie a cumplir sus 25 primeros años de reinado (1952-1977) y a ya haber visto pasar a seis Primeros Ministros en un país del que cuando ella se responsabilizó contaba con el analista y mentor de Winston Churchill (del que la serie no ha podido dejar de tener un guiño de despedida ante el magistral trabajo que hizo John Lithgow) y que ahora ve llegar a los laboristas a Downing Street representados por un Harold Wilson vehemente en su antimonarquía, y con su inseparable pipa, que provoca que cierta preocupación se instale en el Palacio de Buckingham, tanto por las ideas que representa como por los rumores de hasta qué punto ha habido una injerencia del espionaje ruso en su llegada al gobierno. Algo que no parece muy alejado de los tiempos actuales pero que, en definitiva, también muestra una de las grandes lecciones de la serie y, también de la Historia, y que no es otra que las personas están por encima de las ideas a pesar del choque de trenes inicial y siendo la disparidad de opiniones, pero el respeto mutuo, la mejor base para crear una relación constructiva y de confianza.

Uno de los temas que ha dominado la serie desde el principio son las dudas de sus personajes a la hora de saber cuál es su papel en el mundo, seres que se sienten diminutos entre el lujo y los palacios inmensos. En la primera y segunda temporada estuvo representado sobre todo en el rostro de una Claire Foy que con sus ojos azules mostraba la inseguridad de haber llegado al trono demasiado pronto y por circunstancias imprevistas tras la muerte de su padre, teniendo que moverse en un sistema dominado por hombres, jerarquías y protocolos en el que ella sufría una doble discriminación, la de ser mujer y la de su inexperiencia. Ahora, tras 25 años de narración en la serie, Isabel II está asentada y nadie cuestiona ni su posición ni su liderazgo, aunque sí el anacronismo de un estamento al que, si bien es un elemento de unión de los británicos respecto a su soberana, también se le achaca los altos costes que supone para las arcas del país mantener semejante boato, algo especialmente criticable en épocas de miseria en las que la ciudadanía tiene o bien que apretarse el cinturón sufriendo recortes en el uso de la energía o asistiendo a la devaluación de la libra ante el endeudamiento del país.

Pero si hay algo que se ha cuestionado tradicionalmente a la monarquía británica es su falta de sentimientos, por lo menos de puertas hacia afuera. Es en el capítulo 3×03, que narra la catástrofe minera del pueblo galés de Aberfan en 1966, cuando vemos a una reina que se resiste a prestar la ayuda necesaria tras el hecho que tuvo como consecuencia la muerte de 144 personas (116 niños y 28 adultos) por una acumulación de agua en la roca y piedra caliza acumulada, que de repente empezó a deslizarse ladera hacia abajo en forma de barro provocando que más de 40.000 metros cúbicos de escombros cubrieran el pueblo en cuestión de minutos. Las aulas del colegio Pantglas Junior se inundaron de inmediato, provocando que los niños pequeños y los maestros murieran por impacto o asfixia. La furtiva lágrima derramada de una mujer que ha sido enseñada a no mostrar sus sentimientos, al considerarse muestra de debilidad, es el perfecto resumen de la personalidad de la monarca (considerándose uno de los errores de los que más se arrepiente en su vida) y catapulta a Olivia Colman a todos los premios de la temporada tras su terquedad a no acudir a la zona hasta pasada más de una semana de los hechos a pesar de los consejos tanto de su marido como del Primer Ministro considerando que “no podemos ser lo que los demás quieren y seguir siendo fieles a nosotros mismos. Nuestro trabajo es calmar más crisis de las que creamos”. Un capítulo que por su proeza técnica, narración y emoción es uno de los mejores de toda la serie.

Y es que uno de los aciertos de “The crown” ha vuelto a ser no centrarse sólo en Isabel II dando la dimensión que merecen al resto de personajes que la rodean, algunos incluso más interesantes que la propia reina y todos ellos ejemplos de una soledad que, ante lo especial de su estatus, les hace ser unos incomprendidos a ojos de los demás y unas marionetas del oropel que hay a su alrededor. Y es que ésta ha sido la temporada del personaje del príncipe Carlos, interpretado por un Josh O´Connor que le ha dotado de ternura, vulnerabilidad pero también ilusión por el papel que sabe que tiene que desempeñar en el futuro de su país. Tras ver al príncipe Carlos sufrir cuando era un niño en el portentoso capítulo Paterfamilias de la segunda temporada, O´Connor da vida ahora al joven heredero que es nombrado príncipe de Gales teniendo que formarse para ello en Aberystwyth durante un trimestre preparando en la universidad su discurso de investidura junto a un profesor de claras ideas nacionalistas sobre la identidad y la autodeterminación galesa que ve en el representante de la Casa Real todo contra lo que ha luchado durante su vida y su carrera como docente.

Carlos asiste a un lugar decadente, que le margina y le etiqueta como “persona non grata”, castigado y abandonado por sus gobernantes, y al que tendrá que comprender en su individualismo y complejidad para que pueda nacer un entendimiento y una convivencia que provenga de la naturalidad y del respeto y no de las imposiciones asumiendo las diferencias lingüisticas y culturales sin pretender negarlas o erradicarlas. Un capítulo emotivo que supone un aprendizaje para ambas partes y tiende puentes frente a los desencuentros y los prejuicios y que ayuda a construir la personalidad de un Carlos que vive acomplejado dentro de la burbuja real y maquinaria protocolaria en la que ha vivido sin tener voz ni voto y siempre a la sombra de una madre de la que sabe que, mientras esté viva, no le dejará ser realmente quien es.

Es por eso por lo que Carlos se siente identificado con el Duque de Windsor, su tío David, el tío de la reina, Eduardo VIII, que abdicó del trono presionado por ese “establishment” que no veía con buenos ojos su relación con una estadounidense, Wallis Simpson, divorciada ya por partida doble. Un matrimonio que era visto por los miembros de la familia real como díscolos, frívolos y traidores a su misión en la genealogía dinástica, que vivía su retiro en París y con el que Carlos tiene relación mediante cartas poco antes de la muerte del Duque de Windsor, representado por un estupendo Derek Jacobi acompañado por Geraldine Chaplin en el papel de Wallis que mantienen en su mirada ese amor y complicidad que les hizo hacer valer su relación frente a todo aunque el peaje a pagar les convirtiera en unos proscritos desarraigados de su país, sólo volviendo el Duque de Windsor de manera oficial a él una vez ya fallecido.

Ese espejo en el que se mira Carlos, al estar más cómodo en sus escarceos en el mundo actoral (entonando con dolor los versos de “Ricardo II” ninguneado por su familia) y en su relación con una joven llamada Camilla Shand que con las férreas obligaciones de su destino, le hace conectar con su lado más humano y enfrentarse a una familia que no tiene ningún escrúpulo en coartar cualquier elemento externo que pueda poner en peligro el peso de la corona, aunque ello implique separarlos geográficamente o forzar un matrimonio para que esa relación no prospere, ante la sensibilidad del papel que juega y de la visión que se tiene de la misma en un entorno que se prepara para cuestionar a la monarquía, ante el menor desliz, por el hecho de considerarse algo caduco e innecesario. Gran trabajo de un Josh O´Connor que ha abordado de manera sensible y muy humana las tribulaciones de un joven eclipsado por una madre que en cuestión de coronas no entiende de afectos aunque intente emerger dentro de ella la certeza de la importancia del amor verdadero y las vidas que ha destrozado cuando no se ha seguido esa senda.

Además de conocer un poco más a otros personajes como la Reina Madre (Mairon Bailey) y a la revelación de la princesa Ana (Erin Doherty), impagable cantando por David Bowie y echándose el mundo por montera, ha vuelto a haber capítulos centrados en el príncipe Felipe o en la princesa Margarita. El primero sigue siendo el eterno consorte, el hombre que camina unos pasos más atrás de manera encorvada y con las dos manos entrelazadas en la espalda, una posición que amarra sus ideales y espíritu de aventura y que se destapan con ese hecho histórico que muy pocas producciones ambientadas en esa época han querido dejar de lado. La llegada del hombre a la Luna en Julio de 1969 fue un momento que también revolucionó al pueblo británico y especialmente a un Felipe que recobra vida e ilusión ante la proeza de esos hombres a los que no puede evitar querer conocer cuando llevan a cabo una visita en el Reino Unido y que, por otro lado, le hace conectar con la épica del logro pero también con el hecho de que ésta tiene que apoyarse en una dimensión más humana que técnica siendo precisamente esa profundidad filosófica la que encuentra con las revolucionarias ideas del nuevo diácono de Windsor que llega como un estímulo para impulsar un balneario para el debate y para la reflexión con el fin de superar esa crisis de la mediana edad que vive el personaje interpretado por Tobias Menzies.

Atención también al capítulo 3×04 en el que nos introducimos en el pasado de Felipe con la aparición de su madre, la princesa Alicia de Grecia, una enigmática y singular figura que es acogida por el Palacio de Buckingham por orden expresa de la reina ante las revueltas que se viven en su país por el llamado Golpe de Estado de los Coroneles de 1967. Jane Lapotaire da vida en dos capítulos a esa Alicia de Battenberg cuya vida da para una serie para ella sola. Una mujer que sufrió una sordera congénita y una esquizofrenia diagnosticada, el exilio, las guerras, el casamiento de dos de sus hijas con los nazis, la muerte de una de ellas en un accidente de avión y la pobreza, formando una orden de enfermeras religiosas y siendo reconocible su hábito de monja con el que vivió sin bienes materiales y dedicándose a la fe y al reposo espiritual hasta el último de sus días. Todo tras una vida de incesantes episodios despertando su naturalidad el interés de un periodista que acude a la Casa Real para hacer un reportaje sobre lo que hay detrás de los muros de palacio tras el empeño de Felipe por hacer un documental que ensalce la cercanía y el papel de la familia real ante la sociedad británica pero siendo su madre y su excentricidad la que acaba humanizando a la familia.

Helena Bonham Carter ha sido uno de los reclamos de esta nueva etapa para la serie con el papel de la díscola princesa Margarita centrándose en ella la atención en dos de los capítulos. En el 3×02 es la representante de la Casa Real en un viaje a Estados Unidos en el que ofrecerá una imagen refrescante más acorde con la cultura usamericana protagonizando todos los papeles a cargo de la prensa y una desternillante recepción con un Lyndon B. Johnson que asiste embelesado a la rotunda personalidad rebelde de una Margarita que quiere ser popular pero también sentirse libre alejada de los muros del castrador Buckingham. Un espíritu indómito reflejado en su personalidad desde el primer momento de la serie y que hace derrapar su matrimonio con Lord Snowdon (Ben Daniels), antes Tony Armstrong-Jones, entre reproches, discusiones, insultos, borracheras y sexo formando ese tipo de relación tóxica a cabo de dos personas volcánicas e inquietas que no pueden estar ni juntas ni separadas.

Atención también a ese Lord Mountbattem lleno de clase y veteranía a cargo de Charles Dance que, a pesar de sufrir los vaivenes de los recortes económicos en el estamento militar, sigue manteniendo su estatus de cómplice y mentor especialmente para el joven Carlos aunque, por otro lado, también se mueva entre las sombras siendo tentado para derrocar al gobierno laborista por un lado, ante la preocupación del ala más conservadora de la clase política británica, y por otro impedir que florezca la relación entre Carlos y Camilla.

En todo caso, ver escenas como la que su personaje se va para siempre de su despacho oficial, y su posterior recitación de unos versos de Rudyard Kipling en pleno sentimiento de desmembración del imperio británico, demuestra el empaque visual de una serie que está cuidada al máximo, con una exquisitez regia, y con una banda sonora realmente meritoria tanto en temas propios para definir a cada personaje o como en el 3×09 cuando sobre las notas de Beethoven que interpreta al piano el Primer Ministro Edward Heath, ante la grave crisis energética que vive el país en un pulso testarudo entre el gobierno y los sindicatos de la minería, vemos a la Reina en el discurso de su 25º aniversario de matrimonio, la boda que partirá el corazón de Carlos o el exilio forzado de éste en El Caribe durante ocho meses en su experiencia en La Marina.

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“The crown” ha alcanzado su punto justo de maduración y no podemos más que esperar que llegue el año que viene porque hay mucho que contar. La aparición de Diana de Gales, y todo lo que ello conllevó para la vida sentimental de Carlos y el pueblo británico, o una década de los 80 marcada por las políticas de Margaret Thatcher darán a buen seguro mucho juego en la serie. La perfecta coronación para enmarcar un año seriéfilo envidiable.

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Nacho Gonzalo

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