Cine en serie: “The handmaid´s tale”, el uniforme de la criada

Cine en serie: “The handmaid´s tale”, el uniforme de la criada

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Querido Teo:

El sexto capítulo (de los diez)  de una de las series mejor criticadas de este año, “The handmaid´s tale”, de la que ya te conté por aquí alguna cosa, se titula “El sitio de las mujeres”. No revelo nada de la trama contando que en un momento dado vemos a unos camiones que recogen libros, revistas, objetos variados, de colores alegres, cosas que las autoridades consideran superfluas y recordatorios vanos de la sociedad anterior, la nuestra. Estas imágenes rememoran el momento del cambio moral que conduce violentamente a convertir el país donde transcurre la historia, Estados Unidos, en el sueño de los moralistas más religiosos y conservadores. La vanidad femenina en este nuevo mundo es considerada una gran responsable del deterioro que ha conducido a una sociedad capaz de derrochar hasta la autodestrucción.

Margaret Atwood escribió el libro consciente de que esta situación se había repetido históricamente cada vez que la religión se adueñaba de las mentes dirigentes. En la civilización romana, politeísta a más no poder, se dictaron sucesivas leyes suntuarias contra el gasto excesivo de las mujeres, pero no funcionaron nunca, ni siquiera a medio plazo. El monoteísmo tuvo más fortuna arrinconando a sus fieles femeninas, incluso en momentos de apertura mental como fue el Renacimiento. En las postrimerías del siglo XV, el dominico Girolamo Savonarola dominó durante varios años Florencia, convertida en una «República cristiana» estricta. Los sermones apasionados y carismáticos de Savonarola hicieron que muchos florentinos, nobles, comerciantes o plebeyos, adoptaran una actitud fanática de arrepentimiento. La homosexualidad fue perseguida como un crimen merecedor de pena capital; el juego fue prohibido, lo mismo que las canciones, las danzas y toda forma de diversión mundana. El acto más memorable de los turbulentos años de Savonarola fue cuando los seguidores más ardientes del fraile recorrieron las calles requisando espejos, cosméticos, vestidos tentadores, cancioneros, instrumentos de música, barajas de naipes, dados y tableros de juego, pinturas y esculturas de tema pagano, y las obras de los poetas antiguos. Savonarola llevó en procesión un niño Jesús de Donatello el día en que todo lo requisado se arrojó a una enorme pira levantada en la Piazza della Signoria; la famosa “hoguera de las vanidades”, un recuerdo desgraciado que sobrevive quinientos años después en la mancheta de la revista Vanity Fair.

Despojadas las mujeres de los ornamentos que tanto valoran en el mundo creado por Atwood, condenadas a un hábito idéntico para las criadas y dos clases únicas de vestidos recatados para el resto, quedaba otro detalle, el pelo.

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La serie convierte una toca en icono visual. La protagonista se cubre con ella, recordando a las monjas (todavía hoy se realiza el rapado de novicias) o a burguesas protestantes. Obligar a cubrir el pelo, salvo a prostitutas, es un símbolo de sumisión que ha resultado más persistente que ningún otro. Lo promovieron los primeros cristianos. Las primeras misas, aunque se llamaran de otra forma, eran mixtas, sin segregación entre sexos. Los hombres y las mujeres estaban mezclados. Al final se despedían con un beso en los labios y con recomendación de no abrir la boca al darlo. Hubo abusos y se pasó al beso solo unisex. Pero también había homosexuales o bisexuales que disfrutaban con la despedida y el beso dejó de darse. Pequeños contratiempos de acoplamiento que tienen todas las religiones hasta que encuentran su liturgia. Al monoteísmo no le gusta el pelo femenino y el padre de la Iglesia cristiana San Jerónimo propuso con toda seriedad que la mujer debía cortarse el pelo porque los ángeles se distraían. Aunque pueda sonar ridículo, funcionó. Desde entonces se colocaron algo en la cabeza para evitar que los ángeles fueran castigados o se enredaran con sus alas… y eludir el rapado, que fue limitado a las religiosas ordenadas.

Esta serie puede resultar algo lenta en sus primeros capítulos, pero va de menos a más, y a partir del sexto se aparta del libro que la inspira para ampliar el argumento y acelerar el ritmo. Debería funcionar como antídoto de actitudes moralistas extremas.

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Carlos López-Tapia

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