“El cuento de la criada”

“El cuento de la criada”

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Cuando Margaret Atwood concibe esta historia, hacia 1980, las madres de la Plaza de Mayo llegan a todas las portadas informativas conquistando la Plaza de Buenos Aires, a pesar de los policías con ametralladoras en los árboles. En España el ansia de maternidad lleva ante los tribunales a médicos y monjas, dedicaciones muy valoradas, por mentir y robar recién nacidos a sus madres para entregarlos a parejas estériles. Atwood imagina un lugar en el futuro donde las criadas lo son por pertenecer al pequeño grupo de mujeres que conservan la fertilidad, lo que las convierte en víctimas de un sistema que las trata como esclavas privilegiadas.

Título: “El cuento de la criada”

Autor: Margaret Atwood

Editorial: Salamandra

Predecir el futuro es inútil, banal, pero también inevitable, y nos ofrece muy buenos momentos de literatura y cine. Recordarás sin ningún esfuerzo de memoria, “1984”, “Un mundo feliz”, “Blade Runner” o “Black Mirror”. Con muy poco más esfuerzo se sumarán decenas de títulos. Al igual que en el cine de época, en realidad reflejan las preocupaciones y debates del momento en que se crean, añadiendo un toque de ciencia aquí y otro de sociología allá. Pasada su época, alcanzado y sobrepasado el tiempo en que se proyectaron las historias, por suerte nunca dan en la diana, aunque en ocasiones no sea necesario forzar mucho para reconocer alguna buena intuición.

Hay que desear que la historia imaginada por Margaret Atwood, y convertida en imágenes por HBO para su nueva serie, no sea una excepción y se equivoquen, y de entrada los últimos 30 años han cambiado mucho las opciones de reproducción, pero esto no impide disfrutar de la intuición de esta canadiense, activista pro derechos humanos, que se acerca a los 80 años con muy buena salud mental.

“El cuento de la criada” comienza en lo que fue un campo de baloncesto cubierto, donde duermen mujeres fértiles, destinadas a parir a los futuros ciudadanos de una sociedad trastornada por una guerra limitada, permanente, la infertilidad y la contaminación. La protagonista se encuentra entre ellas, y tiene el recuerdo de un mundo como el nuestro, el occidental, cuando solo era una niña, antes del cambio:

“Estamos en el centro de Gilead, donde la guerra no llega salvo a través de la televisión. No estamos seguras de dónde están los límites, varían según los ataques y contraataques. Pero éste es el centro, y aquí nada se mueve. La República de Gilead, decía Tía Lydia, no tiene fronteras. Gilead está dentro de ti. Alguna vez vivieron aquí médicos, abogados, profesores de universidad. Pero ya no existen los abogados, y las universidades están cerradas. En ocasiones, Luke y yo paseábamos juntos por estas calles. Decíamos que nos compraríamos una casa como ésta, una casa grande, y que la arreglaríamos. Tendríamos un jardín y columpios para los niños. Porque tendríamos niños. Aunque sabíamos que no era muy probable que pudiéramos permitirnos ese lujo, al menos era un tema de conversación, un juego para los domingos. Ahora, aquella libertad parece una quimera.

Hay más de un tipo de libertad, decía Tía Lydia. Libertad para y libertad de. En los tiempos de la anarquía había libertad para. Ahora nos dan libertad de. No la menospreciéis”.

En el mundo limitado que nos ofrece Atwood, los jardines están cuidados, las fachadas son bonitas y están bien conservadas. La calle es casi como un museo, como si formara parte de la maqueta de una ciudad, hecha para mostrar cómo vivía la gente. Y al igual que en esas fotos, esos museos y esas maquetas no se ve ni un solo niño.

La autora de “El asesino ciego”, su obra más popular, nos ofrece un giro final, seco, lógico y sorprendente, que abrocha un libro que da para pensar.

Carlos López-Tapia

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