Desmontando a Sigmund: Palabra de psicólogo

Desmontando a Sigmund: Palabra de psicólogo

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Querido Teo:

Algunos atribuirán al decimonónico Sigmund aquello de curar con la palabra, lo cual siendo cierto creo que es posterior a la idea de vender con la palabra, de lo que han sabido mucho todos y cada uno de los políticos y comerciantes desde el principio de los tiempos. Pregunta a los especialistas en psicolingüistica que participaron en la campaña de Obama, por ejemplo. La buena palabra cala bien en la corteza paralímbica, es capaz de hacerte querer compartir una carrera por la banda del terreno de juego mientras el equipo corona el éxito, o de salir con un deseo animal de dominar la pelota.

Ahora bien, la palabra, no es infalible, debe estar acompañada de un buen equipo de personas talentosas, que hagan el trabajo colectivo e individual de manera brillante, inteligente y eficaz, de una cierta imagen y estilo correcto y educado, de éxito. En definitiva, de hechos empíricos cotidianos, que no de resultados de laboratorio necesariamente, que la refuercen. Cuando todo esto no termina de acompañar, el mismo que cree a Freud, puede creer a Rhonda Byrne o a cualquier tweet de cualquier amiga/o que se precie, porque la palabra pierde peso, queda huérfana, hay que renovarla, se vacía.

Así describía a cierto famoso entrenador de cierto deporte famoso hace poco cuando me pedían que les contara qué hay de cierto en eso de aplicar la psicología como herramienta – lenguaje para controlar, dirigir, gestionar o dominar a un colectivo grupal.

La psicología científica no tiene el secreto de cómo ser un creador de discursos infalibles. Desde la perspectiva clínica se puede ayudar a controlar la ansiedad para hablar en público, y no dudo que entidades privadas independientes, fascinadas por las posibilidades publicitarias, hayan tratado de encontrar la fórmula mágica de qué palabras decir en qué momento adecuado. Yo a día de hoy desconozco evidencias científicas robustas al respecto. También se ha tratado de entender el funcionamiento del cerebro a la hora de procesar el lenguaje. Esto se ha hecho desde el área básica (test sencillos en laboratorio con ayuda de algún sencillo programa informático y/o alguna prueba de lápiz y papel) y desde un área tan ciertamente multidisciplinar como puede llegar a ser la neuropsicología.

El mecanismo neural esencial del lenguaje está definido científicamente hace tiempo, si bien es cierto que conforme ha ido mejorando los recursos, diversos modelos se han ido completando. Enumerar y describir cada uno me llevaría mucho tiempo. Sólo diré que te quedes con el nombre de tres estructuras fundamentales: Giro Angular, Área de Broca (para la articulación y producción), Área de Wernicke (para la comprensión). Si sientes mucha más curiosidad por esto puedes formularme las preguntas que quieras en los comentarios. O si no te apetece, recurrir a algún manual de neuropsicología. Yo particularmente preferiría lo primero, nos divertiremos más.

Son muchas las películas que han intentado cuestionar y analizar esa cosa que parece tan humana del lenguaje. “El planeta de los simios”, “El día del delfín”… Otras tantas han tratado de hacernos empatizar con gente de distinta índole con dificultades para la comunicación. Desde producciones tan desconocidas como “Ting shuo” (“Óyeme”, Cheng Fen-fen, Taiwán, 2009) hasta la archiconocida y archipromocionada “El discurso del rey”.

Lo cierto es que el cine, de hecho, es una forma de lenguaje en sí mismo, o podría considerarse así. La cuadratura del círculo metalingüístico llega cuando la película guarda especial relación con otras expresiones artísticas que tratan también de comunicar. Aquí cabe cualquier biopic de cualquier escritor, músico, o ficciones tipo “Jóvenes prodigiosos”, etc…

Así que sí. No sería nada difícil relacionar cine y lenguaje desde un millón de perspectivas, pero volviendo a la idea inicial del artículo nos vamos a quedar con Paul Thomas Anderson, del cual, se acaba de estrenar en España su último film.

Este estadounidense, de apellidos tan escandinavos, parece tener especial fijación, a la par que habilidad, a la hora de retratar a grandes oradores para algunos, charlatanes para otros. Ya vimos algún que otro rol parecido en el Tom Cruise de “Magnolia” y en el Paul Dano de “Pozos de ambición”. Ahora, en su último trabajo, parece que nos trae ese papel en su máximo exponente con una historia sobre un hombre que guarda bastantes parecidos con el fundador de la Cienciología, como ya sabrás.

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Adrián Ramos Domínguez

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