El cine en las estrellas: Astronomía catastrófica, la amenaza viene del cielo

El cine en las estrellas: Astronomía catastrófica, la amenaza viene del cielo

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Querido Teo:

El cine, como cualquier arte que se base en contar historias, necesita de conflicto, es decir, de personajes sumergidos en una situación que deben resolver o de la que son víctimas. Y que mejor manera de generar conflicto que escarbar en los miedos más profundos y ancestrales que acechan a la humanidad desde sus albores, aquellos que atañen de manera directa a su propia supervivencia. Esta es la base de todo un género cinematográfico que cuan Guadiana fílmico ha ido apareciendo y desapareciendo a lo largo de la vida del llamado séptimo arte; que vivió su época más fructífera en los setenta, y que en las últimas décadas, gracias a la entrada de la tecnología digital en el arte de los efectos especiales, se mantiene en buena forma. Nos referimos al cine de catástrofes. Virus letales, volcanes en máxima actividad, terremotos devastadores, huracanes imparables, abejas enfurecidas, profecías apocalípticas, monstruos radiactivos, y un largo etcétera de causas aniquiladoras de lo más diversas – naturales o artificiales -, que ponen a prueba el instinto de supervivencia más primitivo de un grupo de personas que, en la mayoría de los casos, suelen terminar siendo pasto de la enfurecida imaginación de los guionistas.

Y hablando de guionistas, una variante catastrófica que les encanta a la hora de poner en un brete a la humanidad es la que tiene un origen extraterrestre. Y por extraterrestre no nos referimos sólo a la multitud de violentas invasiones alienígenas que por doquier pueblan la historia de la ciencia-ficción, generalmente con el objeto de imponernos su cultura, apropiarse de nuestros recursos o introducirnos en su cadena alimenticia (o incluso las tres a la vez), sino también a toda una suerte de accidentes astronómicos con mayor o menor fundamento científico que abarcan desde las proféticas alineaciones planetarias, a las tormentas solares, pasando por los asteroides con ganas de jugar al billar con el pobre planeta Tierra.

Y es bastante lógica esta predilección de los guionistas por las catástrofes astronómicas. Por un lado, les permite globalizar la catástrofe a escala planetaria. En las películas con amenaza astronómica es TODA la humanidad al completo la que está en peligro (aunque en general solo veamos cómo afecta a Estados Unidos). Ya no es un “Tiburón” que le ha dado por hacer de una playa su chiringuito particular, o un barco perdido en la “La tormenta perfecta”, sino todo el planeta el que las pasa canutas, por lo que el guión adquiere proporciones de índole bíblico, apocalíptico, vamos, el sueño de todo guionista de Hollywood que se precie (máxime lo fácil que es ahora simular la destrucción de todo el planeta) Por otro lado, este pánico interplanetario hurga directamente en uno de nuestros miedos más atávicos, enraizado en la parte menos evolucionada de nuestra corteza cerebral: el miedo a la dominación (invasiones alienígenas), o a lo que escapa de nuestro control (colisión con un asteroide) Todo esto unido a una buena dosis de efectos especiales con mucha devastación, una banda sonora trepidante, y un par de héroes anónimos que se sacrifiquen por el resto de la humanidad, y se tiene asegurado el éxito de taquilla y el de producción de palomitas, al menos el primer fin de semana de exhibición.

Dejando las civilizaciones extraterrestres para otra parte de este artículo, existe toda una serie de causas catastróficas de origen astronómico. La mayoría bordean o directamente entran en los terrenos más inverosímiles y pseudocientíficos que podamos imaginar. En “Tomb Raider” (2001) una perfecta alineación planetaria puede ser la puerta de una serie de catastróficas desdichas, en la reciente “2012” (2009) un comportamiento esquizoide de nuestro Sol hace que el volumen de neutrinos solares eleven la temperatura del núcleo de la Tierra (¿?) comenzando el Apocalipsis final, y en “Sunshine” (2007) nuestra estrella decide acabar con sus días unos 5000 millones de años antes de lo que le corresponde como estrella de la secuencia principal.

Por el contrario, aunque su desarrollo fílmico pueda entrar en derroteros muy alejados de lo estrictamente científico, las películas con un asteroide encorajinado con impactar sobre nuestro indefenso planeta no presentan una amenaza tan inverosímil, todo lo contrario. En plena época dorada del cine de catástrofes, en 1979 se estrenaba “Meteoro”, con un reparto de lujo y donde Rusia y Estados Unidos debían cooperar en plena guerra fría si querían salvar el planeta del asteroide Orpheo. Años después en 1998 coincidieron en la cartelera dos películas de similar temática: “Armageddon” y “Deep Impact”. La primera, considerada la película con más errores científicos por metro de celuloide, narraba la misión de un conjunto de perforadores petrolíferos – si, has leído bien, “perforadores petrolíferos” – entrenados por la NASA para hacer detonar el asteroide amenazante. En la segunda era un cometa el que amenaza toda la vida en la Tierra y cuenta con alguna interesante recreación de cómo debe ser el núcleo de un cometa

En realidad, no hace falta retrotraerse al gran impacto que provoco hace 65 millones de años la extinción masiva de la vida en la Tierra para comprender que ésta ha sufrido, y lo seguirá haciendo, el encuentro de estos molestos vecinos de Sistema Solar. Eventos como el que ocurrió en 1908 que arrasó Tunguska en plena Siberia, una de las zonas más despobladas del planeta, debido a la deflagración a unos 12km de altura de un cometa de unas decenas de metros de diámetro, presentan una periodicidad de unos pocos siglos. De hecho dos eventos muy próximos en el tiempo ocurridos en el 2002 como son el Evento del Mediterráneo Oriental y el de Vitim pueden estar asociados a la entrada en la atmósfera terrestre de pequeños fragmentos de asteroides no detectados y que estallaron antes de llegar al suelo generando una energía próxima a la de una pequeña bomba atómica (afortunadamente en zonas deshabitadas).

Son ejemplos de lo que los científicos denominan PHAs (Potentially Hazardous Asteroids) es decir, cuerpos con orbitas susceptibles de impactar contra la Tierra. Se definen como aquellos asteroides o cometas cuya trayectoria tienen una distancia mínima de intersección con la órbita terrestre menor que 0.05 veces la distancia Tierra-Sol, así como un diámetro suficiente como para hacer daño. Actualmente hay catalogados más de 1110 PHAs, entre ellos el conocido Apophis con una probabilidad de colisión en el año 2039 de 1 entre 45000.

¿Y si a alguno de estos PHAs – o peor, alguno que no hayamos descubierto aún – le da por tropezarse con nuestro planeta?, ¿habría que recurrir a los guionistas de Hollywood para enfrentarse a él?. Pues casi. En la actualidad no existe un protocolo definido para este tipo de eventualidades, todo pasa por pronosticar la posibilidad de colisión lo antes posible. Disponiendo del suficiente tiempo, bastaría una misión que anclara unas velas solares en la superficie del asteroide, o le provocara un pequeño impacto, ya que en general una pequeña desviación con el suficiente tiempo de antelación sería suficiente para desviar su rumbo de colisión, aunque finalmente todo dependería de su tamaño y densidad. Por ese motivo, toda una red de observatorios repartidos por el mundo, tanto profesionales como amateur, vigilan los cielos permanentemente como los programas LINEAR, o el Catalina Sky Survey, entre otros. Los telescopios en el espacio son también de una gran utilidad, como el telescopio espacial infrarrojo de la NASA, WISE (Wide-field Infrared Survey Explorer), lanzado recientemente y que lleva descubierto un buen número de asteroides con mala baba. En cualquier caso, si todo falla, siempre nos quedará la posibilidad de recurrir a Bruce Willis.

Emilio J. García Gómez-Caro (Astrónomo)

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