“Enero sangriento”

“Enero sangriento”

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“Acabó metiéndose en el sótano del Maggie’s, en la calle Sauchiehall. Se quedó mirando a los moteros jugar al billar, demasiado colocado para irse a casa. Pidió una pinta y se sentó en un rincón apartado. El local era una especie de club para moteros. Las paredes estaban cubiertas con fotos de revistas pornográficas de chicas tetudas montadas en motos, los bancos que rodeaban las paredes estaban ocupados por tipos de pelo largo y chicas con chalecos vaqueros. La música sonaba a todo volumen, el único tema que reconoció fue «Silver Machine», todos los demás se mezclaban unos con otros. Todos ellos lucían una enorme insignia bordada en la espalda. «Discípulos del Diablo». Algún tipo de versión barata de los Ángeles del Infierno, supuso. Se dijo que la mayoría de ellos serían, con toda probabilidad, instaladores de moquetas o carpinteros de Carntyne, con esposas e hijos esperándoles en casa, aunque su rollo fuera otro. Vaqueros grasientos y pelo largo. Seguramente habían visto demasiadas veces la película Easy Rider. Los entendía: él también fantaseaba con una vida en la carretera. Drogas, alcohol, nada de responsabilidades. Podría ser peor”.

Título: “Enero sangriento”

Autor: Alan Parks

Editorial: Tusquets

“En las trincheras no hay ateos” es una frase salida de la masacre de la I Guerra Mundial europea que recogió Alan Parks hace cuatro años, cuando su protagonista se sorprende musitando una oración ante el horror que tiene ante sí, sumergido en una bañera. Harry McCoy, al igual que el autor, quedan biográficamente muy lejos de aquel conflicto, pero la imagen sirve para definir bien un impacto que, si es que no lo ha hecho ya, puede recibir cualquiera de nosotros, donde presupongo que abunda un razonable ateísmo. Hace tres años el escocés Parks publicó su primera novela, “Enero sangriento”, recién traducida a nuestro idioma. La aceptación de los lectores inició esta serie para un nuevo detective de la policía, con la ciudad de Glasgow como escenario.

La historia se abre el 1 de Enero de 1973, en una ciudad donde la nieve cae suavemente, cumpliendo con la metáfora de cubrir Glasgow con una limpia capa blanca, enmascarando la suciedad que hay debajo; Rod Stewart llena las emisoras de radio con su Maggie May, David Bowie sale en la televisión vestido como una mujer extraterrestre, la ola de la heroína está lamiendo ya los bajos fondos de la ciudad, y McCoy celebra su treinta cumpleaños en un prostíbulo clandestino, uno de esos enormes pisos de estilo victoriano que se podían encontrar en Glasgow, con todas las habitaciones convertidas en dormitorios, excepto la cocina: “Ése era el territorio de Iris. Se sentaba en una vieja silla de cocina junto a la puerta, con cajas de botellas y el gran Chas, el gorila amenazador, a su espalda. En una ocasión le dijo que en aquel garito ganaban el doble de dinero con el alcohol que, con las chicas, lo cual decía mucho sobre Glasgow”.

Cuando un joven, casi un adolescente, dispara a una chica en mitad de una calle céntrica y después se suicida mientras sonríe con placidez, McCoy tiene la convicción de que no se trata de un aislado acto de violencia. Mientras lidia con un compañero novato, McCoy desobedece la orden de acercarse a la familia más rica de la ciudad, los Dunlop, cuando la investigación le lleva hasta ellos. En el mundo de los Dunlop cada deseo encuentra satisfacción, a expensas de los más débiles de la sociedad, donde reina el que fuera el mejor amigo y protector del niño McCoy en el orfanato donde ambos crecieron.

A Harry le gusta bastante la poli, es bueno en su trabajo y le había ido bastante bien. Se decidió a los dieciséis años, pues no tenía estudios. Era eso o el ejército. Aunque tenía la sensación de que se había enrolado tarde. Tendrían que haberlo nombrado detective hacía diez años. En aquel entonces todo era más sencillo. En la actualidad estaba atrapado, y se le podía encontrar sentado de madrugada en un club nocturno colocado de anfetaminas con la placa de policía en el bolsillo de su americana. Dos cosas que, sabía que no casaban. La juventud de Harry McCoy, su temeridad y su cabezonería, que le llevan constantemente a cruzar la raya de la legalidad, son las únicas armas con las que cuenta para resolver su primer caso.

Alan Parks nació en Escocia y estudió en la Universidad de Glasgow, ciudad donde vive. Ha trabajado durante veinte años en el mundo de la música, y se nota. Parks nos sumerge en la vida de un hombre acuciado por demonios muy reales, en el corazón de una ciudad donde muchas esperanzas parecen abocadas a hundirse en las gélidas aguas del río Clyde.

Espero que la siguiente entrega no se haga esperar demasiado. Volveré a Glasgow.

Carlos López-Tapia

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