“La casa de Jack”

“La casa de Jack”

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La web oficial.

El argumento: Estados Unidos, década de 1970. Seguimos al brillante Jack durante un período de 12 años, descubriendo los asesinatos que marcarán su evolución como asesino en serie. La historia se vive desde el punto de vista de Jack, quien considera que cada uno de sus asesinatos es una obra de arte en sí misma.

Conviene ver: “La casa de Jack” no escatima en ser explícita y tener escenas sádicas pero más que explayarse en eso supone el descenso a los infiernos de una mente perturbada y asocial tirando incluso de filosofía y pensamiento de Dante o Goethe en 5 capítulos (o “incidentes”) y un epilogo. La propuesta no escatima en sangre, vísceras y ensañamiento a la hora de retratar esos crímenes que, por otro lado, no distan de las referencias al asesino de Jack el Destripador del que el personaje al que encarna Matt Dillon toma su nombre. El crimen presentado como perfeccionamiento del arte a través de un personaje narcisista y orgulloso de sus particulares obras; dirigiéndose en busca de la maestría y de su obra maestra criminal a pesar de que la policía le siga los pasos ante la alarma social que despierta. El asesino termina siendo un extremo alter-ego enfermizo, obsesivo y macabro del director en permanente conversación con un Verge al que dota de voz y presencia Bruno Ganz, una figura enigmática y filosófica que potencia la dualidad moral y artística del protagonista de la cinta llevándole incluso al mismísimo infierno. En cada capítulo de “La casa de Jack” se explaya en uno de los 60 crímenes de este sujeto casi como una sinfonía de una mente retorcida en forma de relatos cortos ambientándose en la década de los 60 y 70 y pasando por una autoestopista pudiente, una viuda de guerra, una madre y su hijo pequeño, una prostituta y una serie de ejecutivos en una ejecución masiva. El miedo, el riesgo y el exceso de confianza de cada una de sus víctimas se dan la mano en cada pieza con un Matt Dillon entregado con fiereza como un asesino en serie a lo Ted Bundy, con referencias musicales y estilísticas a genios de la música como David Bowie y Bob Dylan, respaldado por la labor entre terapéutica y mefistofélica de Bruno Ganz e intervenciones de actores como una Uma Thurman que más diva que nunca eleva el primer capítulo de la historia como perfecta carta de presentación de lo que vamos a ver sobre una fotografía opresiva y perturbadora que nos recluye casi en la mente de un ser desatado en su perturbación en una huida hacia adelante con el ego por bandera, el TOC como resorte mental y el asesinato que se ensaña como arte dinamitando la moral del espectador. Los títulos de crédito del final no son más que la última risotada de un Von Trier que incluso se permite colar una escena de su propia “Melancolía” como plasmación de arte puro junto a otros simbolismos culturales. Una nueva genialidad del autor definitivo sobre las perversiones de la mente humana que, aunque ha sido acusado de hacer un ejercicio más preocupado de crear polémica que de añadirle fondo, deja las señas de un autor imprescindible en permanente salto sin red hacia el averno como el propio viaje de su protagonista en el inolvidable epílogo de esta cinta con nada ocultas referencias a la pictórica “El purgatorio” de Delacroix en un ejercicio tan subyugante como vomitivo.

Conviene saber: Cinco años después de su díptico “Nymphomaniac” Lars Von Trier presentó fuera de concurso en el Festival de Cannes 2018 su nuevo y polémico trabajo.

La crítica le da un SEIS

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