“La invención de la naturaleza”

“La invención de la naturaleza”

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Cuando hace algo más de un año se estrenó, con retraso, la película alemana “Midiendo el mundo”, pasó inadvertida y, con ella, la posibilidad de hacer llegar a muchos la aventura de uno de los hombres más fascinantes de la historia de la ciencia, Humboldt. Para algunos era muy enciclopédica, para otros demasiado satírica y, en general, desequilibrada. Por suerte uno de los grandes libros de la temporada, premiado como mejor obra literaria y científica del año para los ingleses, acaba de llegar, y su protagonista es este Indiana Jones del periodo que va de la Revolución Francesa al estallido de la Revolución Industrial. Una biografía devorable.

Título: “La invención de la naturaleza”

Autor: Andrea Wulf

Editorial: Taurus

Humboldt era un aristócrata berlinés que desde muy joven se convirtió en geógrafo, geólogo, zoólogo, oceanógrafo, geofísico, astrónomo, anatomista, botánico y un gran pensador políglota, que llegó a hablar alemán, inglés, español y francés. Cuando murió a los 90 años, a mediados del siglo XIX, era el “científico” (el término no se difundía todavía) más venerado del mundo y la acumulación de conocimientos en cada especialidad a partir de entonces haría imposible en adelante que un solo hombre los pudiera aprender.

Andrea Wulf ha titulado “La invención de la naturaleza” al libro que acaba de publicarse en español sobre Humboldt. Una buena idea para definir su tarea por medio mundo, midiendo y anotando sobre todo lo que se exponía a sus ojos, arriesgando su vida en montañas heladas americanas o descendiendo al fondo del Támesis para ver la construcción del primer túnel que lo atravesó. La autora comienza recordando las decenas de miles de personas que celebraron por todo el mundo el centenario de su nacimiento el 14 de Septiembre de 1869. “En Berlín, su ciudad natal, a pesar de la lluvia torrencial, se reunieron 80.000 personas. En Melbourne y Adelaida la gente se reunió para escuchar discursos en honor del naturalista, igual que en Buenos Aires y Ciudad de México. Hubo festividades en Moscú, donde llamaron a Humboldt «el Shakespeare de las ciencias», y en Alejandría donde los invitados disfrutaron bajo un cielo iluminado por los fuegos artificiales. Las mayores celebraciones tuvieron lugar en Estados Unidos donde, de San Francisco a Filadelfia y de Chicago a Charleston, el país fue testigo de desfiles callejeros, cenas suntuosas y conciertos. El presidente Grant asistió en Pittsburgh, junto con otras 10.000 personas, a una fiesta que paralizó la ciudad. En Nueva York las calles adoquinadas estaban llenas de banderas. El Ayuntamiento se cubrió de pancartas, y desaparecieron casas enteras tras los enormes carteles con el rostro de Humboldt. Incluso los barcos que pasaban por el río Hudson iban adornados con banderines de colores. Por la mañana, miles de personas marcharon detrás de diez bandas de música desde el Bowery, por todo Broadway, hasta Central Park, para honrar a un hombre «cuya fama no pertenece a ninguna nación», según decía la primera página de The New York Times. A primera hora de la tarde, 25.000 espectadores se reunieron en Central Park para escuchar los discursos mientras se desvelaba un gran busto en bronce de Humboldt. Al caer la noche, partió una procesión de 15.000 personas con antorchas que desfilaron bajo los coloridos faroles chinos. Su fama, publicó el Daily News de Londres, estaba «en cierto modo ligada al propio universo»”.

España no consta entre los lugares de celebración multitudinaria; el brote liberal en el que se apoyó Humboldt para conseguir los permisos de Carlos IV se había desvanecido hacía mucho. Con él también el interés por las novedades de la filosofía de la naturaleza que se empezaba a conocer como ciencia.

Humboldt01Wulf ha hecho un trabajo de documentación e investigación que se refleja en la enorme cantidad de notas que ocupan una cuarta parte del volumen, y que respaldan el que le hayan dado el premio más importante de literatura científica que conceden los ingleses. Pero es una biografía donde se evitan los detalles científicos pormenorizados que reducirían las ventas a estudiantes y especialistas. Para mí ha sido el descubrimiento del pensamiento que conduce a Darwin, lector constante, y a menudo plagiador bienintencionado, de su admirado Humboldt.

El libro está lleno de detalles atractivos y reveladores sobre una de las vidas más apasionantes de su época, ya que Humboldt escaló los volcanes más altos, remó por el Orinoco, recorrió Siberia y previó las consecuencias del cambio climático provocado por el hombre más de 150 años antes de que se comenzaran a confirmar.

La vocación arrebatadora por la investigación de este hombre carente de cualquier otra, incluida la sexual, ofrece muchos momentos de lectura que casi obligan a su recomendación. Leed a Wulf. No os entretengo más y os dejo uno de esos momentos:

“Un cálido día de primavera, cuando estalló una tormenta, Humboldt salió corriendo a colocar sus instrumentos para medir la electricidad en la atmósfera. Mientras caía la lluvia y los truenos retumbaban por los campos, los rayos iluminaban el pueblo en un baile desenfrenado. Humboldt estaba en su elemento. Al día siguiente, cuando se enteró de que un rayo había matado a un granjero y su esposa, se abalanzó a obtener sus cuerpos. Los situó sobre la mesa en la torre circular de anatomía y analizó todo; los huesos de las piernas del hombre tenían un aspecto como si estuvieran «¡perforados por balas de fusil!», señaló emocionado, pero el peor daño lo habían sufrido los genitales. Al principio pensó que el vello púbico quizá se había prendido y causado las quemaduras, pero desechó la idea cuando vio que las axilas de la pareja estaban indemnes. A pesar del olor cada vez más pútrido a muerte y carne quemada, Humboldt disfrutó con cada minuto de su truculenta investigación. «No puedo vivir sin experimentos», decía.

Su experimento favorito fue uno que Goethe y él descubrieron juntos por casualidad. Una mañana, Humboldt colocó un anca de rana en una bandeja de cristal y conectó los nervios y los músculos a diferentes metales de forma consecutiva (plata, oro, hierro, zinc, etc…), pero no generó más que un ligero tic nada prometedor. Entonces se inclinó sobre la pata para comprobar los metales conectados, y se produjo una convulsión tan violenta que el anca dio un salto. Los dos científicos se quedaron asombrados, hasta que Humboldt se dio cuenta de que había sido su aliento húmedo lo que había desencadenado la reacción. Cuando las partículas de agua de su aliento habían tocado los metales, habían creado una corriente eléctrica que había movido la pata. Fue el experimento más mágico que había hecho jamás, decidió, porque, al exhalar sobre el anca de rana. era como si le hubiera «insuflado vida». Era la metáfora perfecta de la aparición de las nuevas ciencias de la vida”.

Carlos López-Tapia

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