La BSO que acompaña a James Bond

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Querido Teo:

Toca ponerse un esmoquin blanco con pajarita negra y acudir a nuestro bar más cercano a pedir un Dry Martini, porque un estreno de la última entrega de James Bond siempre ha sido un acontecimiento y siempre lo será. La saga de 007 nacida de la pluma de Ian Fleming ya hace tiempo que trascendió el propio medio cinematográfico y alcanzó el estatus de mito popular inmortal. Y lo ha trascendido gracias a unas señas de identidad que, matizadas o cambiadas con el paso de las décadas y las modas, han seguido inmóviles.

El apartado musical es una de esas constantes inherentes a cualquier película Bond, no se podría entender una película de la saga sin su correspondiente canción, del mismo modo que no se podría entender sin títulos de crédito, sin coches, sin mujeres o sin bebidas. Pero canciones aparte, las bandas sonoras también han jugado un papel importante. Hoy es muy difícil evocar la imagen de James Bond y que no venga a la mente el irrepetible tema compuesto por Monty Norman, una de esas melodías universales que cualquiera, sea cinéfilo o no, pone cara y título. Un tema eternamente fresco como el mismo personaje, que tras cumplir los 50 años con el exitazo absoluto que fue “Skyfall”, regresa ahora a los cines con “Spectre”.

Sean Connery, de Monty Norman a la leyenda John Barry

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Ian Fleming, primero militar y luego escritor y periodista, publicó una serie de novelas de espionaje a comienzos de los años 50, en parte basadas en las experiencias que él mismo tuvo trabajando en el servicio de inteligencia. El éxito inmediato que tuvieron sólo las dos primeras hizo que enseguida surgieran planes de productoras para llevarlas a la gran pantalla. Curiosamente, el primer medio donde pudieron verse las aventuras de Bond fue en la televisión. La cadena norteamericana CBS compró la primera novela, “Casino Royale”, e hizo una adaptación corta de una hora para una serie de misterio. Pero el verdadero comienzo de la saga tuvo nombres y apellidos: Harry Saltzman, productor que se hizo con los derechos de las restantes novelas de Fleming, se asoció con Albert R. Broccoli, y juntos fundaron Eon Productions que, hasta el día de hoy, es la compañía que ha llevado a los cines todas las películas de James Bond (excepto una, como luego veremos).

Tras tantearse varias opciones para encarnar al protagonista, entre ellas Patrick McGoohan o Richard Johnson, el entonces desconocido Sean Connery fue el que se llevó el gato al agua. Al ser una película cuyo resultado ante el público era una incógnita y sus primeras intenciones eran más bien modestas, el apartado musical quedó en manos de alguien tan desconocido como el propio Bond: Monty Norman. Cantante reconvertido en compositor de musicales y espectáculos teatrales, Norman fue designado como el creador de la música de la primera aventura de Bond en los cines: “Agente 007 contra el Dr. No”. Pero aquella primera partitura, más ambiental y funcional que brillante o memorable, pasaría a la historia, como ya sabemos, por su tema principal. Un “tema de James Bond” grabado a ritmo de pop con guitarra eléctrica y percusión que ha quedado para la posteridad como el mejor resumen que puede hacerse del famoso espía; es tan juguetón, irreverente y picante como el mismo personaje (al menos en sus encarnaciones pasadas). La imagen de Bond apuntando y disparando a la pantalla, mientras ésta se cubre de sangre hizo el resto y lo demás es Historia.

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Tema que también tuvo su polémica, puesto que tras ser compuesto por Monty Norman, un tal John Barry fue quien se encargó de hacerle los arreglos musicales, por lo que en ocasiones se ha dicho que el verdadero creador del celebérrimo tema fue el mismo Barry. Norman ya ha tenido varios litigios judiciales con diversos medios para demostrar y dejar prueba fehaciente de que fue él, y nadie más, quien compuso la música.

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Polémicas aparte, Barry hizo su aparición en la primera película de Bond como mero arreglista, pero sería en la siguiente en la que se consolidaría como compositor a todos los efectos. “Desde Rusia con amor” marcaría el comienzo de una larguísima colaboración de John Barry con la saga. Nada menos que 11 películas (no consecutivas) componiendo la partitura en cada nueva aventura del agente británico, y demostrando en cada una de ellas la valía y el talento inmenso que siempre tuvo el compositor. En estas primeras películas de la etapa de Sean Connery, Barry se adaptó al propio tema del protagonista y creó una serie de partituras rítmicas, con abundantes referencias a los lugares exóticos que Bond visitaba, y trufándolo todo con temas de acción bien resueltos. Todo ello con aires jazzísticos propios de la época y con continuas referencias al tema principal.

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Partituras que contribuyeron a asentar las características y el estilo definitivo del Bond de Connery, especialmente después del bombazo que fue “James Bond contra Goldfinger”. Cierto es que, especialmente en aquella primera época, el apartado musical bondiano quedaba casi supeditado y oscurecido por la popularidad de las canciones. El éxito de Matt Munro con “Desde Rusia con amor” no fue sino un mero prólogo de lo que vino después con Shirley Bassey y su “Goldfinger”. Probablemente la canción Bond más popular de la historia, y una intérprete que luego repitió dos veces en la saga, algo completamente inédito y que posiblemente nunca más se vuelva a ver.

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La saga proseguía su periplo con Connery ya instalado en la élite, y con Barry componiendo las partituras de las siguientes películas: “Operación Trueno”, “Sólo se vive dos veces” y “Diamantes para la eternidad” (incluyendo el paréntesis de George Lazenby en “Al servicio secreto de Su Majestad”) fueron partituras que continuaban en la misma línea, poco a poco con mayor sofisticación y una mayor elaboración en los temas de acción, pero siempre referenciando de alguna forma el famoso tema. Barry iba ganando en experiencia, y se notaba en las partituras que iba componiendo, entre las cuales y en esta etapa cabe destacar especialmente la de la única aventura de Lazenby por su calidad y su toque romántico pocas veces escuchado en la saga. Beneficiándose, por supuesto, de la icónica canción de Louis Armstrong. Barry a estas alturas ya era incluso un compositor oscarizado tras su premiada y celebrada “El león en invierno”.

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Roger Moore y los vaivenes de los 70

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La década de los 70 supondría un cambio en la saga a todos los niveles. Los tiempos iban cambiando, Connery se hartó definitivamente del personaje y dio paso al otro Bond longevo de la saga: Roger Moore. 1973 vio el estreno de “Vive y deja morir”, primera película de Moore y primera película sin John Barry en el apartado musical. Así que la película supuso un cambio casi completo respecto a las anteriores, y se adaptaba a la época pop con más humor, más irreverencia y con Paul McCartney (y sus Wings) componiendo otro de los temas capitales de la saga.

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“Vive y deja morir” tuvo partitura de George Martin, compositor que es mucho más conocido por su faceta como productor musical que apadrinó a The Beatles durante toda su carrera. Martin tenía la papeleta complicada de sustituir a Barry y, a pesar de su escasa experiencia como compositor, se desenvolvió bastante bien creando los ya consabidos temas de acción y étnicos con toques modernos, todo de una manera sólida y compacta. El resto de la década y de la etapa de Moore fue una alternancia de compositores nuevos con John Barry, quien iba alternando entradas y salidas de la saga en función de su agenda, ya que por aquel entonces estaba plenamente consolidado como músico y compositor de referencia en el mundo del cine. La siguiente película, “El hombre de la pistola de oro”, contó con su participación y su solidez habitual, pero su sucesora tuvo como compositor a otro casi desconocido.

“La espía que me amó” vio cómo Marvin Hamlisch ocupaba el atril y la batuta, en una decisión bastante insólita ya que Hamlisch se había curtido especialmente como compositor de partituras románticas y musicales (especialmente exitosa fue su partitura para “Tal como éramos”), y su mayor éxito conocido eran los arreglos musicales que había hecho de los temas tipo ragtime de los años 20 de Scott Joplin para “El golpe”. Hamlisch sorprendió a todos componiendo una de las mejores partituras de toda la saga, a la altura del mismísimo Barry, jugando con cierto ritmo pop alegre y mezclándolo perfectamente con los típicos momentos adrenalíticos y exóticos de cualquier película Bond. Con una canción, esta vez de Carly Simon, también a la altura. Una partitura muy de aquella época, perfectamente setentera, y que hoy es deliciosa de escuchar.

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Tras este éxito, le tocaba, otra vez, volver a John Barry, y con “Moonraker” fue como volver de nuevo a las esencias, ya que no solamente volvía el gran maestro a la saga, sino que lo hacía también la gran Shirley Bassey. Desde “Diamantes para la eternidad” la cantante no se asomaba al mundo Bond y aquí, aunque su participación no se acercó a las inolvidables dos canciones precedentes, dio sobradas muestras de saber interpretar como nadie una auténtica canción bondiana… aunque fuera una balada más tranquila y menos atrayente que las anteriores. Barry, mientras, volvía a sacar oro con Bond y adornó las aventuras espaciales de Roger Moore con otra de sus partituras sinfónicas marca de la casa. Espectaculares temas para las secuencias en el espacio, acción bien dosificada y mezclada con la intriga y el suspense dieron como resultado uno de los mejores trabajos del músico para la saga.

Pero siguiendo el ritmo de esta década, la siguiente película estrenó nuevo compositor y Barry volvió al banquillo. “Sólo para tus ojos” daría la bienvenida de Bond a la década de los 80 y a Bill Conti, conocidísimo entonces por ser el compositor de las películas de la saga “Rocky”, y que unos años después ganaría el Oscar por “Elegidos para la gloria”. Esta década fue la década de Conti, y ello se reflejó en su participación en el mundo Bond. Para esta película Conti adoptó el tono y el estilo de Barry y lo llevó a su terreno, creando una partitura modélica y totalmente bondiana en cuanto a intenciones e instrumentación. Un buen trabajo que continuaba la línea más clásica de la saga.

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Los años pasaban y a Roger Moore se le iba a acercando cada vez más la fecha de caducidad como James Bond. En sus dos últimas películas, “Octopussy” y “Panorama para matar”, John Barry por fin cogió continuidad y acabó con esa alternancia que venía dándose hasta el momento. En ambas películas siguió en su misma línea inamovible de clasicismo y estilo típicamente bondiano, pero esta vez dando paso a las nuevas tecnologías y a los sintentizadores que empezaban a ejercer su reinado en la década. Dos bandas sonoras eficaces que aunque no fueron de lo mejor de su compositor, reflejaban sin problemas su talento y experiencia. Como curiosidad, y muestra de que cómo el estilo Bond había alcanzado plenamente los 80, nada mejor que la canción de Duran Duran para “Panorama para matar”.

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Como paréntesis curioso hay que señalar que en el mismo año que “Octopussy”, la MGM aprovechó un vacío legal respecto a la novela “Operación Trueno” y realizó su propia adaptación, al margen completamente de Eon y Broccoli. Caso único en toda la saga, “Nunca digas nunca jamás” tiene, al menos, el honor de ser la última película donde Sean Connery interpretó a James Bond. Un Bond maduro y entrado en años, donde al menos se codeaba con una selección de actores de una calidad no muchas veces vista en esta saga: Max Von Sydow, Klaus Maria Brandauer, Edward Fox y una jovencísima Kim Basinger acompañaron a Connery en su última película bondiana (aunque no del canon oficial), una adaptación entretenida y ligera que no daba para mucho más. La banda sonora corrió a cargo del francés Michel Legrand, compositor de calidad que triunfaba en Hollywood tras haber triunfado previamente trabajando con François Truffaut. La imposibilidad de contar con el famoso tema de Monty Norman lastró a la propia partitura, que se quedó en una selección solvente de temas jazzísticos y exóticos que acompañaban a la acción y al personaje. Una partitura rutinaria y anodina que ha quedado tan olvidada como la propia película.

Timothy Dalton o la despedida de Barry y la llegada de los 90

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Roger Moore se despidió del martini y de la Walther PPK tras su hilarante última aventura con Christopher Walken y Grace Jones, y le pasó el esmoquin a un Timothy Dalton que ya aspiraba al papel desde hacía años. Eon Productions y Broccoli querían volver a las esencias y al estilo del primer Bond para alejarse del humor y la ligereza de las últimas películas de Moore, así que para “Alta tensión” volvieron la intriga y la Guerra Fría en el estilo más clásico. Y cómo no, nadie mejor que John Barry para mantener vivo el espíritu del mejor Bond con su sonido. Una partitura, la de “Alta tensión”, que volvía a recoger los sonidos poderosos de la acción y la espectacularidad combinados con el misterio y la elegancia que el compositor siempre supo darles. Y como ya estábamos en 1987, la electrónica también tenía sus momentos en la composición, cuya canción corrió a cargo de un grupo tan unido a esa década y sus ritmos como A-ha.

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Pero para Barry ya era una época donde estaba trabajando a destajo, siendo como era un compositor de primera fila y de talento probado. Así que tras esta última aventura, dijo adiós para siempre a su unión con el espía británico, dejando una impronta siempre reverenciada, alabada y en ocasiones repetida o buscada, como veremos a continuación. El hombre que marcó musicalmente la saga desde el principio, que utilizó el famosísimo tema no como mera fanfarria inicial, sino que lo reinterpretó y lo introdujo en todas las bandas sonoras de 007 de mil maneras diferentes. Barry ya era todo un maestro legendario en esos años, más aun tras su Oscar por “Memorias de África”, y lo sería todavía más cuando consiguiera el tercero por “Bailando con lobos” sólo unos años después, pero el nombre de James Bond siempre irá codo con codo con el suyo propio. Dos años después teníamos nueva aventura con Dalton en acción.

“Licencia para matar” fue uno de los Bond más curiosos y, tal vez, infravalorados. Aquí el agente se movía únicamente por pura venganza, era más oscuro que nunca (hasta la llegada de Daniel Craig) y esta película no contaba con villanos megalómanos con planes de dominar el mundo con cohetes o gases letales, sino con algo tan de aquella época y tan a ras de tierra como narcotraficantes y sicarios. La película se parecía más a un capítulo alargado de “Corrupción en Miami” o “El equipo A” que a un Bond canónico, y quizá por esa falta de espectacularidad y humor la película no recaudó lo esperado. El elegido para recoger el testigo definitivo de Barry fue un nombre que todo aficionado a las bandas sonoras recuerda con cariño: Michael Kamen. Arreglista de famosos grupos musicales del momento, Kamen se hizo un nombre en los 80 poniendo música a varias películas de Terry Gilliam, como “Brazil” o “Las aventuras del Barón Münchausen”, así como títulos inolvidables de esa década, caso de “Los inmortales”. En los dos años anteriores a “Licencia para matar” estableció toda una forma de musicar la acción y la adrenalina en dos películas llamadas “Arma letal” y “La jungla de cristal” que fueron el bombazo total de las dos temporadas anteriores.

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Kamen elaboró una partitura correcta con los inevitables toques modernos, así como referencias étnicas para los lugares donde estaba ambientada la película. Hizo un trabajo solvente y correcto, pero que no es de lo mejor de su carrera y bastante lejos de sus partituras para otros títulos del género de acción, género en el que fue especialista consumado, como las tres “Junglas de cristal”, las cuatro “Armas letales”, “El último boy scout” o “El último gran héroe”.

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Pierce Brosnan, el heredero de Barry se llama David Arnold

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Las relativas bajas cifras que recaudó la última aventura de Timothy Dalton (relativas porque la película tuvo la mala fortuna de estrenarse en un verano con absolutos monstruos de la taquilla como “Indiana Jones y la última cruzada” o “Batman”) supusieron que en Eon decidieran hacer una pausa para reflexionar sobre la mejor manera de revitalizar la saga y agarrarse mejor al pulso del cine de aquellos años. Dalton fue un buen Bond, deudor del estilo de Connery, pero tuvo mala suerte en caer en la saga en unos años de indefinición, y esa pausa se lo llevó por delante a pesar de que se había planeado hacer una más con él de protagonista. Esos seis años que fueron del 89 al 95 han sido la pausa más larga en estos 53 años de vida de la saga, pero al menos sirvieron para adaptarse mejor al ritmo de los tiempos. Para empezar, escogieron como Bond a un aspirante que ya había estado en las quinielas tras la despedida de Roger Moore: Pierce Brosnan. Y el nuevo proyecto estaría en manos de un artesano competente como Martin Campbell, alguien que supo captar perfectamente el nuevo estilo de acción de los 90, testosterónico, explosivo y espectacular.

“Goldeneye” fue una descarga eléctrica que revivió a la saga y a los deprimidos fans de Bond. Una película en la que Brosnan demostró adaptarse sin problemas al personaje, con un villano de altura en la piel de Sean Bean, una M con la presencia de calidad de Judi Dench y una de las mejores chicas Bond (o villana Bond) de toda la saga: Famke Janssen (por no hablar de una de las mejores secuencias de acción, esa persecución en tanque por las calles de San Petersburgo). Sin embargo, en el apartado musical recibiríamos una de cal y otra de arena. Para terminar de modernizar del todo al personaje, el compositor elegido fue una apuesta arriesgadísima, puesto que no era alguien con una carrera demostrada a sus espaldas, como el caso de Kamen, sino un compositor venido de la cinematografía francesa. Éric Serra era conocido principalmente por ser el compositor de cabecera de Luc Besson, el Michael Bay francés, y ya tenía algunas películas donde demostraba eficacia y propensión a lo electrónico y lo moderno. Su desembarco en la saga Bond fue toda una sorpresa y una incógnita… que acabó saliendo por la culata.

Serra demostró que la herencia y el recuerdo de John Barry se la traía al pairo, él solo estaba allí para modernizar al personaje musicalmente, y eso para él equivalió a meter electrónica por todas partes, a hacer desaparecer casi por completo el famoso tema y crear una partitura caótica e imprecisa, donde no había un hilo argumental, ni temas para los personajes ni siquiera temas poderosos o enfáticos a los que agarrarse. Por supuesto, semejante despropósito es, de largo, la peor partitura jamás compuesta para toda la saga. Menos mal que la arena vino con la canción. Compuesta por Bono y The Edge e interpretada por la gran Tina Turner, “Goldeneye” se convirtió en todo un exitazo instantáneo desde el momento mismo en que cualquier la escuchara en los créditos de la película. Una canción moderna pero al mismo tiempo deudora del mejor estilo de Shirley Bassey, donde Tina Turner demostraba porqué ha sido de las mejores voces de siempre, y donde la esencia Bond, seductora, misteriosa y adrenalítica al mismo tiempo, estaba en cada línea y cada compás. Justo lo contrario a la insulsa música de Serra.

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El regreso triunfal de James Bond al panorama cinematográfico fue completo, y asentó de nuevo al agente británico en la liga de las grandes producciones. Para la siguiente aventura de Pierce Brosnan, y para reparar lo de Éric Serra, los productores de la saga volvieron a buscar a algún compositor adecuado para esta nueva etapa. Y encontraron a un joven músico inglés que había saltado a la fama y a Hollywood de la mano de Roland Emmerich. David Arnold era un desconocido cuando el cineasta alemán le eligió para que compusiera la música de “Stargate”, su película de ciencia ficción acerca de viajes interestelares y el antiguo Egipto. Arnold sorprendió a casi todo el mundo con una partitura sencillamente espectacular, con un dominio de lo sinfónico en las fanfarrias, los temas de acción y los temas íntimos como no se había visto desde el mismísimo John Williams. Su tema principal es ya Historia de las bandas sonoras, y cualquier aficionado a la música de cine lo conoce y lo aprecia. Emmerich le llevó a Hollywood de la mano de “Independence day”, y Arnold volvió a dar en la diana con una banda sonora también alabada casi unánimemente.

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Vista la combinación de calidad y juventud del compositor, los productores de Bond lo escogieron para la siguiente aventura del agente, “El mañana nunca muere”, confiando en que ese sinfonismo de la vieja escuela ahuyentara todos los excesos electrónicos con los que Éric Serra había trufado la anterior entrega. David Arnold aceptó el reto… y, como si de una partida de póker como las de las películas de la saga se tratara, la mano salió ganadora. Arnold sabía que la solución era acudir a las fuentes, a las mismas raíces de la saga y al camino que John Barry señaló y marcó en su día. El compositor recuperó las esencias bondianas en una partitura fresca, trepidante y claramente homenajeando al famoso tema y al sinfonismo con tintes jazzísticos de Barry; pero al mismo tiempo con la mejor adrenalina de las partituras para el género de acción de los 90. Con la electrónica justita y el mejor sonido orquestal para una saga que pedía a gritos un regreso musical como este.

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Arnold fue elogiado por todo el mundo en cuanto la película se estrenó. Los fans, tanto los de Bond como los de las bandas sonoras, respiraron y chocaron manos porque la saga había encontrado a su compositor perfecto. Tan perfecta fue la comunión que Arnold ha sido hasta el momento, y tras John Barry, el músico en el que más películas Bond ha estado. Cinco películas consecutivas, todas ellas con directores diferentes. Prueba de la calidad de David Arnold y su compromiso con el personaje. La siguiente aventura de Bond fue “El mundo nunca es suficiente”, y Arnold se encontró asentado firmemente en la saga y sin la presión que tenía con la anterior entrega. Aquí firmó de nuevo una partitura sólida y de calidad, tan llena de acción y espectáculo como la anterior, y esta vez arriesgaba un poco más al introducir más electrónica y sintetizadores, pero siempre en temas de acción y de forma medida, para dar lustre y lucimiento a momentos como éste…

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Nuevo éxito de la saga y nuevo éxito para Arnold, quien se confirmaba como compositor oficial de James Bond hasta que él (o los productores) quisiera. Pierce Brosnan continuaba sus aventuras aunque, como cualquiera de los actores que han dado vida al personaje, empezaba ya a acusar los años al servicio de Su Majestad y la jubilación del MI6 empezaba a verla próxima. “Muere otro día”, la película que daba la bienvenida al personaje a los 2000, se parecía más a una entrega de la etapa de Roger Moore que a cualquiera de las anteriores, ya que su argumento con coches que se volvían invisibles, persecuciones en un lago helado, villanos megalómanos y otras variedades rayaban en lo humorístico. Al menos allí estaba Halle Berry en la cumbre de su carrera para comerse con patatas a Bond cada vez que salían juntos en pantalla. David Arnold proseguía su carrera como compositor de la saga con otro ejercicio de estilo, apartándose aun más del clasicismo y sinfonismo que tan bien habían sido recibidos en su primera película.

La electrónica y las sonoridades modernas se dejaban oír más que nunca en esta nueva composición, aunque siempre bien equilibradas y combinadas con orquesta. Arnold seguía demostrando oficio y buenas maneras, tanto en la acción como en los momentos más íntimos o ambientales. Pero viendo en perspectiva sus cinco composiciones para Bond, ésta es sin duda la menos inspirada. Y la muy regular canción de Madonna para esta película tampoco ayudó a mejorarla.

Daniel Craig, de Arnold a Thomas Newman via Sam Mendes

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Tras el estreno de “Muere otro día” en 2002, Brosnan se despidió del personaje (aunque le tentaron con una quinta película) iniciando así el reinicio cíclico que sufre la saga cada vez que el traje y el arma de Bond cambian de actor. Esta vez Barbara Broccoli (hija del fundador de Eon) y Michael G. Wilson hicieron el mejor movimiento posible cuando se trata de refundar la saga; acudir siempre a los orígenes, a las primeras películas de Sean Connery y, por lo tanto, a las novelas de Ian Fleming. Esta vez de forma absolutamente literal. La última entrega de Brosnan había cosechado críticas tibias, a pesar de amasar una taquilla aceptable, y los productores supieron que había que romper con lo anterior y ofrecer algo completamente nuevo; un James Bond surgido casi intacto de las mismas líneas escritas por Fleming, con la misma dureza, contradicciones, ángulos oscuros y respuestas secas. Por eso mismo, el actor debía responder a esa descripción, y tras circular nombres como Clive Owen, Hugh Jackman o Ewan McGregor, la elección que causó sorpresa general fue la de Daniel Craig. Sorpresa porque Craig aportaba al personaje un aire de peligro, violencia y sequedad nunca antes vistos. Buen actor, con trabajos en películas como “Layer cake”, “Sylvia”, “Historia de un crimen”, “Munich” y especialmente “Camino a la perdición” (donde bordaba el papel de inestable y rastrero hijo de Paul Newman), Daniel Craig se iba a beneficiar de que la primera película de su etapa iba a ser una refundación del personaje tan literal que adaptaría nada menos que la primera novela de Fleming.

“Casino Royale” jamás se había adaptado en la saga, y debido a que el mismo Fleming vendió los derechos de esta novela antes que el resto de las demás, la única película más o menos basada en sus página fue la famosa parodia orquestada por varios directores de renombre en los 60, y con actores como David Niven, Woody Allen, Orson Welles o Peter Sellers haciendo básicamente el ganso en una comedia pop descacharrante. Así que por primera vez, en 2006, Le Chiffre, Vesper Lynd y Felix Leiter aparecerían en la gran pantalla tal y como los ideó Fleming. Convenientemente modernizados y adaptados a los nuevos tiempos, por supuesto. Para reiniciar todo se contrató a alguien que ya había reiniciado previamente la saga. Martin Campbell regresó al mundo Bond dispuesto a aportar su experiencia y su gusto por la acción bien rodada. Y entre tanto cambio, hubo un apartado que afortunadamente siguió en las mismas manos.

Gracias a lo demostrado en la etapa Brosnan, David Arnold siguió al frente de la composición musical de la saga, contra todo pronóstico ante lo vivido en anteriores reinicios. Y el músico lo agradeció de la mejor forma posible, volviendo a puntuar alto con una partitura que dejaba aparcada la electrónica y recuperando el pulso demostrado en “El mañana nunca muere”. Temas que respiran Bond por los cuatro costados, acertados momentos adrenalíticos que dejan sin respiración, cortes elegantes e íntimos y una solidez fuera de toda duda pusieron a “Casino Royale” entre lo mejor de Arnold para la saga. Para muestra, uno de los mejores temas de la película, el creado para Vesper, de una melancolía y tristeza soberbiamente interpretados con una sensibilidad poquísimas veces vista en la saga Bond.

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Mención aparte merece la canción, que terminaba de redondear el triunfo completo que fue esta película en todos sus apartados. Chris Cornell fue quien se encargó de interpretar la que fue la mejor canción para estas películas desde el Goldeneye de Tina Turner. Electrizante, bondiana hasta el tuétano, con unas letras magníficamente escritas dando pistas de los personajes de la película, You know my name fue un rotundo éxito redondeado, por si fuera poco, por unos créditos iniciales exquisitos y de los mejores nunca diseñados

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“Casino Royale” fue un triunfo absoluto y total, que disipaba todas las dudas que había en torno a Daniel Craig como intérprete de Bond, y en torno a la propia saga con una película memorable donde los personajes estaban tan estupendamente escritos y perfilados que siempre estaban por encima de la acción o la espectacularidad en cuanto a importancia dramática. James Bond se rejuvenecía y ofrecía su lado más duro, realista e impactante. La siguiente película se convirtió en otro reto… en este caso el de estar a la altura de las expectativas creadas con el éxito de la última entrega. 3 años después, y con Marc Forster en la silla de dirección, David Arnold regresaba puntual como siempre a su cita con el espía del MI6. “Quantum of solace” incidía en las pautas marcadas por la anterior película, mostraba a Bond como un espía duro e implacable y la acción hiperrealista estaba en consonancia con una nueva forma de entender las set pieces explosivas y de persecución, patentadas por otra saga de espionaje como era la de Jason Bourne. Forster también adoptó un estilo de rodar la acción alejada de la artesanía y simplicidad de Campbell, con planos cortos y montaje picado, muy en la línea moderna (y criticada) del género.

“Quantum of solace” fue también bien recibida en la taquilla, demostrando la buena salud de la saga, y Craig estaba más cómodo aun en el rol de Bond. Las críticas fueron menos entusiastas que con la anterior entrega, pero eso no alcanzó a David Arnold, quien siguió demostrando su eficacia y buen hacer con una banda sonora sólida y efectiva, mostrando sabiduría y tablas a la hora de alternar intimismo y espectacularidad, con sonoridades étnicas y momentos trepidantes. Buenas críticas que no llegaron a la canción de turno, compuesta por Jack White e interpretada por él mismo y Alicia Keys, que no gustó prácticamente a nadie y ha quedado en el cajón de las canciones más flojas de la saga. Los productores demostraron tener muy buen olfato y sentido común cuando les tocó hacer el fichaje para la silla de dirección de la siguiente película. Tras la cierta decepción que supuso Forster, Broccoli y Wilson apostaron fuerte con el fichaje de Sam Mendes, posiblemente el director de más calidad y prestigio que ha tenido nunca la saga. El 50 aniversario de Bond coincidía con la nueva entrega, y los productores sabían que tenían que confiar algo tan importante a un cineasta verdaderamente reconocido, no necesariamente en el género de acción.

Mendes apenas necesita presentación. Este director y dramaturgo inglés irrumpió en el panorama cinematográfico como un huracán a comienzos de los 2000 con “American beauty”, por la que ganó el Oscar al mejor director siendo su ópera prima. Su calidad quedó sobradamente demostrada con “Camino a la perdición” (primera vez que coincidió con Daniel Craig), “Jarhead” o “Revolutionary Road”, películas en las que siempre supo cómo dirigir a grandes estrellas de las que extrajo interpretaciones memorables. Mendes nunca había dirigido acción ni había entrado en ninguna saga de películas, así que su aportación al mundo Bond, “Skyfall”, era a la vez esperada con grandes expectativas y grandes incógnitas. El director inglés siempre ha trabajado con los mismos colaboradores en todas sus películas, en todos sus apartados, incluido el musical, donde su trayectoria con Thomas Newman ha producido siempre bandas sonoras magníficas. Esto significaba la despedida (¿temporal?) de David Arnold a la saga, el hombre que había revitalizado, y dos veces nada menos, musicalmente a James Bond, y que mejor había sabido recoger la tradición del legendario John Barry.

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El desembarco de Thomas Newman fue recibido de la misma manera que el de Sam Mendes. Newman apenas se había acercado nunca al género de la acción, siendo conocido por sus partituras para Mendes y por haber patentado un estilo minimalista, de pocos instrumentos, para crear atmósferas y ambientes concretos. Y por haber colaborado dos veces con Pixar en “Buscando a Nemo” y “Wall.E”. Por ello, y por el legado dejado por Arnold, Newman fue recibido con curiosidad y alguna que otra duda. “Skyfall” es la última película Bond que vimos antes del estreno que ahora ocupa estas semanas, de modo que tenemos bastante reciente el sonado éxito que cosechó. Mendes estuvo a la altura con la película más personal que se recuerda de la saga, una rareza donde las previsibles persecuciones y momentos de adrenalina no impedían ver que este Bond era muy distinto a todo lo que habíamos visto hasta el momento. Una caída y ascenso del mito, previa visita a sus mismos orígenes, al corazón mismo donde creció y nació en la nebulosa y enigmática Escocia. Se notaba en cada fotograma que detrás de aquello no estaba un mero artesano con buena mano, sino un auténtico cineasta y autor preocupado por indagar en el personaje y en sus pulsiones. Craig nunca estuvo mejor, Judi Dench por fin tuvo una M a la altura de su prestigio, y Javier Bardem creó a un villano tan memorable que enseguida se aupó al top de mejores antagonistas bondianos de siempre. Y respecto a la música, Thomas Newman realizó una jugada arriesgada pero que salió bien.

El músico puso por delante su propio estilo y su propia colaboración previa en tantas películas con Mendes, con la que consiguió cincelar un sonido propio y personal; antes que adaptarse al sonido sinfónico Bond de siempre, como David Arnold había hecho en su día. Es decir, huir de la sombra de John Barry y quedarse bajo el amparo que le proporcionaba estar en una “película de Sam Mendes”, más que en una “película de James Bond”. Esto no significó que rechazara el propio tema del personaje, sino que lo usó muy poco, apenas unas referencias sutiles de diferentes tracks de la banda sonora, mientras que en el resto navegó entre temas de acción bien resueltos y engarzados, ejecutados con precisión y energía; y secuencias íntimas y atmosféricas, resaltando el misterio y el suspense con el sello atmosférico tan típico suyo.

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De todas formas, el apartado musical quedó inevitablemente marcado por la canción, y Newman vio como su partitura pasaba a un segundo plano tras la fantástica interpretación de Adele de su Skyfall. Una canción a la altura de las mejores de Chris Cornell, Tina Turner y las clásicas de Shirley Bassey, de nuevo rindiendo tributo a la seducción, misterio y atracción del personaje. Triunfo completo, puesto que, críticas unánimes aparte, se llevó el Oscar de calle en una edición en la que la película además (teniendo en cuenta que estos premios casi nunca se han fijado en la saga Bond) se llevó el de mejor montaje de sonido.

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Imposible celebrar de mejor forma el 50 aniversario, con “Skyfall” logrando la mejor recaudación en taquilla de toda la saga, ganando premios y elogios a partes iguales. Sam Mendes obró el milagro, y por eso mismo los productores se apresuraron a ofrecerle la dirección de la siguiente película. Mendes se lo pensó mucho, teniendo en cuenta que “Skyfall” había sido claramente un punto y aparte, un viaje interior al personaje que había supuesto una catársis completa para la saga, que ahora iniciaba una nueva etapa en la que volverían los personajes de siempre, un nuevo M, un nuevo Q, una nueva Moneypenny y un nuevo nacimiento para 007. Finalmente, Mendes accedió al que probablemente sea su punto final como director de la saga (quién sabe), dirigiendo la siguiente película de forma consecutiva. Algo que no ocurría desde los tiempos de John Glen en la década de los 80.

BSOJamesBondSpectre

“Spectre” podría ser la última película de Mendes en la saga, lo que supondría, prácticamente, la última partitura de Thomas Newman para el personaje. Y si se confirma la dirección en la que sopla el viento, hasta Daniel Craig podría despedirse para siempre del personaje. Es el destino de James Bond desde su inicio; reciclarse, refundarse, renacer en bucle, una y otra vez cada década, con nuevos rostros, nuevos estilos y nuevas intenciones. Es muy difícil que “Spectre” supere e incluso iguale la calidad y éxito que tuvo “Skyfall”, pero lo que es innegable es que continúa perfectamente la senda iniciada. Si ya tenemos a los secundarios de toda la vida otra vez en acción, toca que regresen viejos enemigos como esa organización SPECTRA que tantos quebraderos de cabeza le ha dado a Bond. Y al frente un Ernst Stavro Blofeld aun en las sombras y en la interrogación, mientras Christoph Waltz juega al despiste con su villano. Al menos, una cosa es segura; la fidelidad de Thomas Newman a Mendes y al entendimiento que tienen después de tantos años.

Es su partitura para “Spectre” todavía más arriesgada que el anterior trabajo. Una apuesta casi suicida por desprenderse de cualquier sonido barryniano y utilizar su ya conocido estilo atmosférico para retratar tanto la acción como los momentos tensos de la película. Es posible que Newman, viendo que ésta puede ser su última partitura Bond, haya lanzado un órdago y haya aceptado gustoso el reto de crear la composición más experimental y extraña de toda la saga. El tema de Bond ha desaparecido casi por completo (algo que irritará a los fans más tradicionales), y Newman juega a penetrar en el alma de los personajes, algo que ya hizo en “Skyfall”, y en retratar sus estados de ánimo ante los acontecimientos. Una apuesta fuerte que no gustará a algunos y será apreciada por otros como una innovación a la tradición musical de la saga. Si funciona o no con las imágenes, lo dirán los espectadores al ver la película.

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Así que una vez más, como siempre, Bond ha vuelto y Bond se va, como es su destino cinematográfico. Quizás “Spectre” sea el último Bond de Craig, y de ser así el siguiente lo tiene muy complicado ante la altura estratosférica que ha alcanzado la saga en esta última etapa. Altura icónica y cinematográfica, ya que Mendes ha puesto el listón muy alto en la silla de director, y Barbara Broccoli y Michael G. Wilson van a tener que apostar de nuevo muy fuerte con su siguiente elección (¿alguien ha dicho Christopher Nolan?). Pero ese es el carácter de la propia saga; un reto continuo y constante, un desafío de superarse y de mejorar con cada nueva entrega, de buscar nuevos caminos. Una vez revisitados y sublimados los orígenes del personaje, tal vez toque reinventar la propia raza del mismo (¿James Bond negro?) o el mismo carácter, que podría volver a ser juguetón y sarcástico al mejor estilo Roger Moore tras tanta oscuridad y seriedad. La música también se verá alcanzada por la reinvención, y será el momento de escoger a un nuevo músico que continúe el legado de John Barry aunándolo con el estilo más moderno de crear música de acción y misterio. Personalmente me encantaría que David Arnold volviera a la saga, podría firmarlo ahora mismo y apetece un poco de sonido Bond de la vieja escuela, con el tema de Monty Norman sonando a toda potencia, tras los experimentos de Newman. O si no es él, alguien con apego al sinfonismo y a las orquestas grandes en la mejor tradición clásica.

En 2018 o 2019 saldremos de dudas respecto a todo esto, pero lo que es seguro es que la saga de James Bond sigue más viva que nunca y gozando de una salud y un prestigio como pocas veces ha tenido antes. Algo tendrá el personaje cuando ha sobrevivido a modas, estilos, fracasos y debilidades durante más de cinco décadas. Tal vez el Dry Martini lleve un ingrediente secreto del que nadie ha oído hablar jamás, y nosotros brindaremos con uno por la salud del mejor agente del MI6. Como siempre, por Inglaterra y por la Reina, James.

Isaac Duro

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