Los cabarets de “Cabaret” (VI)

Los cabarets de “Cabaret” (VI)

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Querido Teo:

La ceremonia de los Oscar premió a “Cabaret” de una manera extraña. Se llevó 8, entre ellos uno para Bob Fosse y otro para Liza Minnelli, pero sin embargo no se llevó el de mejor película, alcanzando el récord de cinta más premiada sin ser la mejor película para los académicos. “El padrino” fue responsable de la curiosidad cinéfila, pero el impacto del musical fue enorm. Llevó incluso a que en Berlín exista desde hace unos años un Club Kit Kat que acoge a los fans de la película y de los locales que impregnaron la ciudad durante dos décadas bien estudiadas.

Los alemanes sobrevivieron durante tres años al caso de mayor inflación que recuerda la economía europea. Un diario del 28 de Julio de 1923 titulaba que, al cambio, un dólar estadounidense equivalía a un millón de marcos, y un huevo llegó a costar cuatro mil millones de marcos, tanto como antes el precio de todas las casas del gran Berlín. Cuando salieron de la situación, tenían los mayores deseos de diversión y el cine participó del entusiasmo. En esos años el mundo del cine pivotaba entre Hollywood y Berlín, todos pasaban por la fábrica del cine alemán, en particular fue el primer caladero de rusos de distinto signo, desde la familia Nabokov, símbolo de la disidencia, a Sergei Eisenstein, que visitó, con todo el respaldo oficial, la ciudad para conocer los avances cinematográficos de la UFA. Kandinsky, Chagall, Gorky, Mayakovsky y Pasternak fueron otros nombres de la colonia más populosa de extranjeros de una ciudad donde se escuchaba hablar ruso con naturalidad.

Berlín no es una ciudad muy fácil para integrarse. Los berlineses que se consideran auténticos practican el “berliner schnauze”, algo así como la «labia de Berlín», que describe el sarcasmo con el que los berlineses tratan con el mundo, una propensión natural al humor irónico hasta ser hiriente. Una práctica, habitual en la forma de “humor judío” de Billy Wilder, que desconcierta a muchos y en la que se basan los artistas de cabaret para sus números.

Sebastián Haffner, joven abogado alemán que se exilió a Inglaterra, recordó en sus memorias uno de los cabarets más valorados, La catacumba. “Llegamos al único lugar público de Alemania en el que se oponía una especie de resistencia, una resistencia valiente, ingeniosa y elegante. Por la mañana había presenciado cómo la institución del tribunal cameral prusiano, con muchos siglos de tradición a sus espaldas, sucumbía sin gloria ante los nazis. Por la noche fui testigo de cómo un puñado de humildes cabareteros berlineses sin la más mínima tradición salvaban su honor con gracia y gloria. El tribunal cameral había caído. La catacumba seguía en pie”.

El hombre que condujo a su pequeña tropa de artistas a la victoria, pues la más mínima muestra de firmeza y coherencia ante la amenaza asesina de un poder superior es una especie de victoria, fue Werner Finck, de modo que este humilde cabaretero y maestro de ceremonias merece sin lugar a dudas ocupar un sitio en la historia del Tercer Reich (uno de los pocos puestos de honor que pueden concederse). Finck no tenía aspecto de héroe, y si al final estuvo a punto de convertirse en uno, fue a su pesar. No fue un actor revolucionario, ni un burlón mordaz, ni un David con honda. En lo más profundo de su ser había inocencia y afecto. Su ingenio era benévolo, grácil y flotante; sus recursos principales, el doble sentido y el juego de palabras, con el que poco a poco alcanzó la categoría de virtuoso. Había inventado una cosa denominada «la gracia oculta», que lógicamente hacía tanto mejor cuanto que más ocultas permanecieran sus gracias. Sin embargo, no escondía sus convicciones. Él continuó dando refugio a la inocencia y al afecto en un país donde precisamente esas cualidades estaban en peligro de extinción. En ellas residía «la gracia oculta» como forma de valentía inquebrantable y verdadera. Finck osaba hablar de la realidad nazi en plena Alemania. En sus actuaciones mencionaba los campos de concentración, los registros domiciliarios, la mentira y el miedo generalizados; el tono de su burla era indeciblemente callado, melancólico, afligido al tiempo que ofrecía un consuelo extraordinario.

Aquel 31 de Marzo de 1933 bien pudo ser su gran noche. La sala estaba llena de gente con la mirada clavada en el día siguiente, como si se encontrasen ante un profundo abismo. Finck los hizo reír como jamás había oído reír a un público. Era una risa apasionada, una risa que renacía contumaz, dejando tras de sí un estado de aturdimiento y desesperación y que aumentaba a consecuencia del peligro. ¿No era casi milagroso que las SA no se hubiesen presentado aún para detener a todos los asistentes?. De haber sido así, lo más probable es que aquella noche hubiesen seguido riéndose en el coche patrulla. Se sentían por encima del miedo y del peligro de una forma inverosímil.

Muchos artistas de cabaret estaban entre las 50.000 personas que tuvieron la oportunidad, la decisión o la suerte de abandonar Alemania en 1933. Muchos otros actores y actrices, que habían entretenido y estimulado durante años a los berlineses, se esfumaron de la noche a la mañana. La encantadora Carola Neher se convirtió de repente en una traidora expatriada; el cuerpo del joven y fulgurante Hans Otto, cuya estrella acababa de brillar en la última temporada teatral, fue encontrado un día destrozado en el patio de un cuartel de las SS. Se dijo que tras ser detenido se había precipitado por la ventana de un cuarto piso «en un momento de descuido». El humorista gráfico más popular, cuyas viñetas hacían reír cada semana a todo Berlín, se suicidó. Lo mismo hizo Werner Finck, el maestro de ceremonias de La catacumba. Otros simplemente dejaron de estar sin que se supiera si habían muerto, si estaban detenidos o si habían emigrado: habían desaparecido.

Carlos López-Tapia

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