“Tiempos salvajes”

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¿Existe el cine mongol? Existe Genghis Khan, por supuesto, pero Mongolia ha quedado casi durante un siglo envuelta en la URSS, y la cultura nómada tradicional ha estado en segundo plano. La nación mongola ha visto reducirse la presión rusa y aumentar la china en los últimos años pero, al margen de la información periodística convencional, la ficción ofrece una manera de acercamiento interesante a través de la novela negra.

Título: “Tiempos salvajes”

Autor: Ian Manook

Editorial: Salamandra

Ulam Bator es una de esas capitales que, o quedó incrustada en la memoria más juvenil, o jamás se logran relacionar con el país correspondiente. Hay tan pocas probabilidades de que me vean físicamente por allí como seguridad de que volveré en cada ocasión que me invite literariamente Ian Manook. Manook estos días se pasea por España promocionando al policía detective llegado de donde vino Genghis Khan, de manos en este caso del francés Patrick Manoukian, periodista y escritor, camino de los 70 años, al que le gustan los seudónimos.

“Utaan Bator, la ciudad de los humos densos”, sigue siendo el mejor sobrenombre para un lugar donde las partículas en suspensión alcanzan los 280 miligramos por metro cúbico de media, cuando la concentración máxima aceptable según la Organización Mundial de la Salud es de ¡catorce veces menos! Os hablo de la ciudad porque, como ocurre con Olivier Truc con Laponia y con Laurent Guillaume con Mali, Manook no se conforma con una trama original y muy bien ordenada, situada en un lugar poco conocido y del que el lector puede aprender alguna cosa; Manook nos mete en la sociedad de la que escribe hasta el fondo, estrictamente hablando:

“…En lo que todo el mundo llamaba «las cloacas». La policía jamás iba allí para no tener que reconocer que el problema existía. La mejor respuesta era que en Ulan Bator no había cloacas. Sólo canalizaciones de agua caliente que corrían por debajo de toda la ciudad. Pero las televisiones occidentales, cuando levantaron la sustanciosa liebre del documental social, habían hablado explícitamente de «cloacas» para despertar de un modo más eficaz la compasión de su público, habituado al confort urbanita. Así que ahora todos hablaban de «cloacas», incluso los habitantes de Ulan Bator. Y las miles de personas sin hogar que allí vivían. La prensa extranjera hablaba de ello, las televisiones de otros países lo mostraban, pero la policía tenía la consigna de ignorarlo. Los mongoles, en general, suelen creer que aquello que se ignora no existe. Una ONG había cifrado recientemente en 5.000 personas los refugiados que pasaban el invierno en las canalizaciones, cuando la temperatura exterior descendía a menos 40 grados y la única manera de sobrevivir era arrimarse a los conductos de calefacción que recorren el subsuelo de la ciudad. Esa población estaba formada sobre todo por nómadas desarraigados que habían sido sacados de las estepas inmensas que los alimentaban y arrojados a los pudrideros de la ciudad, donde sobrevivían entre la inmundicia. Los rumores aseguraban que, en su miseria, habían conservado su código moral ancestral y que en aquella corte de los milagros se vivía respetando las tradiciones y a los ancianos. Ése era otro pretexto para que los gobernantes no hicieran intervenir a la policía. Oficialmente no había criminalidad subterránea. Ni siquiera delincuencia. Pero, desde hacía algunos años, una sucesión de crisis había ido empujando hacia la ciudad y lanzado a la calle a cada vez más desposeídos en su fuga de las estepas. Una población nueva, formada por granujas de medio pelo y bandas de huérfanos, había encontrado en las cloacas un refugio fácil y una escapatoria frente a sus perseguidores”.

El comisario Yeruldelgger es uno de los personajes más poderosos con los que podéis cruzaros en la novela negra reciente y sus historias una manera de viajar a Mongolia sin tener que beber te salado con mantequilla y espolvoreado con harina. El propio comisario piensa de su ciudad: “…del Parlamento y de la plaza, tan monumental que los turistas se sienten desamparados y minúsculos en medio de sus mármoles claros. Caminó entre efluvios de gasolina de calidad pésima y mal quemada hasta oír el zumbido desagradable de la Peace Avenue. Siguió por la acera izquierda de la avenida y pasó por delante de la gran vela de vidrio y acero de la Blue Sky Tower. El caos de la ciudad en construcción le sorprendía siempre, pero lo que le chocaba todavía más era la fealdad de las cosas del pasado. La monstruosidad de aquella arquitectura soviética, o mejor, de aquella no-arquitectura, se materializaba en esas moles de edificios altos y orgullosos que se construían en la actualidad. Una fealdad pretenciosa en los antiguos edificios oficiales, una fealdad cínica en los inmuebles de viviendas populares. Como si también la arquitectura hubiera participado en la anulación de la cultura mongola. En el aplastamiento de la lengua y de la escritura, en el aplastamiento de la tradición, de la fe y hasta de la simple noción de lo bello, bajo toneladas de hormigón, mediante la fealdad de las cosas cotidianas, de los bloques de edificios, de la negación del detalle y de la decoración. Cuando atravesaba la ciudad a pie, Yeruldelgger se preguntaba si no era por una sutil venganza por lo que no se destruían aquellos edificios. Una especie de revancha tácita que empujaba a dejarlos desmoronarse mientras alrededor de ellos surgía de la tierra una ciudad bella y luminosa”.

Se comprenden perfectamente las invasiones hacia Occidente porque, al margen del romanticismo más literario que otra cosa de la vida en las estepas, los momentos de introspección en la tundra desolada, yo también me habría vuelto invasor para salir de allí. ¿Qué te gustan los extremos? Pues Manchuria te espera. Están traducidos los dos primeros títulos, “Muertos en la estepa” y “Tiempos salvajes”, por la Editorial Salamandra y esperamos el tercero pronto.

Carlos López-Tapia

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